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Trabajadores y trabajadoras de la cultura, uníos

marzo 30, 2010

Sinde pide protección, reclama retribuciones “justas” y que “la cultura” adquiera el predominio que le corresponde. Grandes proclamas y nada de fundamento, porque desde el concepto “cultura” hasta la propuesta de premiar el “mérito” frente al valor, redundan en falacias bien conocidas, discutidas y refutadas hace tanto que sólo ingenuos y los imbéciles se atreven a blandirlas como si su vigencia se mantuviera intacta y fuera de toda duda.

Cultura puede serlo todo, como sucede en las sociedades antiguas, donde cabe identificar orden cultural con orden social, o, como es el caso de la sociedad extensa de occidente, una síntesis del resto de órdenes (económico, jurídico, religioso, estético, moral…), horizontales o trasversales, como bien explica Dalmacio Negro. La Cultura, en este sentido, expresa el estilo de cierto orden social, que en su forma libre se plasma en la creación en torno a dicho estilo, si bien, en virtud de la extensión del orden, sus formas serán más o menos variadas y dinámicas.

No se sabe muy bien de qué discuten en este Foro europeo de Industrias Culturales, celebrado estos días en Barcelona. Creación, arte, composición intelectual, aplicación de todo esto a la producción de bienes de consumo, ocio… Tiene un cacao que desalienta la apertura de cualquier debate serio sobre la cuestión. No creo que hayan entrado en la imposible objetivación del arte, dado que el arte, siendo como es una actitud frente a la creación, es subjetivo en su consideración, no sólo de dentro a fuera, sino de fuera a dentro, es decir, aquello que uno mismo crea con semejante vocación, puede no ser recibido por el resto, o por el suficiente número de terceros, como para que pase a formar parte del acerbo cultural de un orden social. Pero, ¿qué, dentro de nuestras creaciones diarias, más o menos originales, más o menos rutinarias, carece del estilo de nuestra civilización? Un diseñador industrial puede no considerar sus obras merecedoras de un sitio dentro de un museo, y sin embargo, acabar siendo objeto de culto por una minoría, o formar parte de la conciencia general de lo que es o no es Arte con mayúscula.

Lo cierto es que Sinde y sus amigos, los vampiros de la creatividad, con mayor o menor vocación artística, con mayor o menor voluntad de estafar y hacer pose posmoderna sin nada más que decir, no creen en la libertad del creador, sino en su derecho a imponer una arbitraria idea de mérito. En realidad van más allá, porque no se trata de premiar a quien trasgreda, o a quien represente ciertos patrones, sea cual sea el esquema intelectual que imponga el criterio imperante de lo que merece o no ser premiado. Quieren proteger a cualquier creador, con la objetividad que solo puede proporcionar una norma irresistible producida por los Estados. Legislación intelectual en sustitución de los legítimos derechos de autor. Me explico: cualquier creador posee la facultad de reivindicar su obra, en términos estrictamente morales. Para ello debe primero demostrar su originalidad compositiva y que tal cosa sea igualmente reconocida por terceros. Una vez calificado como autor de cierta obra, podrá también reivindicar una participación sobre el lucro que su comercialización pudiera generar, de forma efectiva. Esto no lo discute ningún jurista serio.

La irrupción del estatismo, del ánimo redistribuidor, del mercantilismo otorgador de privilegios, levanta barreras tales como el derecho de exclusión, concediendo al autor reconocido (mediante mecanismo de publicidad excesivamente burocratizados y cada vez más ajenos a la sana crítica judicial) no sólo el monopolio económico sobre su obra, pero incluso, sino la capacidad de imponer su criterio de reproducción de la misma (en los casos en que, por su naturaleza, la obra admitiera ser copiada y reproducida sin desvirtuarse en absoluto). La regulación vigente impone el privilegio descrito, si bien mantiene el espíritu de libertad que comporta la espontánea transmisión de las creaciones intelectuales, mediante la conocida como copia privada. Dada la complejidad y el estrago jurídico, por no hablar de la imposibilidad práctica, que representa la interdicción de esta conducta de copia para consumo privado de la obra protegida, la legislación remacha el privilegio a través de un impuesto: el canon por copia privada…

Sinde habla de trabajadores de la cultura, pero no se sabe muy si habla de teloneros, maquilladores o impresores, por ejemplo, o de pintores, escritores y compositores musicales. Los primeros sirven a una industria concreta: la reproducción y comunicación pública de ciertas creaciones artísticas e intelectuales. O los guías de un museo, de una ciudad monumental, o lo que se prefiera.

Si Sinde engloba a estos, con aquellos que son generadores de ideas, de composiciones de ideas, de ilustraciones o creaciones plásticas, se equivoca. Fundamentalmente porque quien trabaja lo hace de manera extroversiva, con ajenidad, aunque en su acción se encierre más o menos ánimo artístico. Sucede con los músicos de una orquesta, los bailarines de una compañía o los actores de cine y teatro. Claro, de acuerdo con esto, desde el momento en que un creador se somete a la producción de un tercero, a su financiación, y pretende vivir de ello, se transforma de inmediato en un trabajador cultural. El tipo ideal, trabajador cultural, es tan absurdo como genérico, porque yo mismo, al fundamentar una demanda, trato siempre de dejar mi huella, de ser creativo y original; hay hechos o fundamentos de Derecho que me quedan niquelados, preciosos, dignos de ser reunidos en un libro… quién sabe si alguien pensará como yo, y además de abogado me llegue a considerar algún día un brillante literato. ¿Soy un trabajador cultural, o mejor, un autónomo cultural?

Y llegamos, por fin, a la cuestión que más les cuesta comprender a quienes se creen poseedores de un genio excepcional, de un gusto estético sin parangón, de una creatividad fabulosa o un loable estilo creativo. La mayoría de los artistas, por sí mismos considerados de este modo, son de naturaleza osada y soberbia: todos se creen en el derecho de recabar la aceptación de un número suficiente de individuos, y que dicha aceptación se traduzca en rendimientos pecuniarios suficientes como para mantener su estela creativa. La clásica confusión entre mérito y valor.

Dentro de una sociedad no libre, tiende a establecerse un criterio particular sobre el mérito, y en base al mismo, se premian determinadas creaciones o aptitudes, frente a las que no son merecedoras de tal admiración. Para ello no basta con que quien imponga el criterio pague de su bolsillo los premios concedidos, sino que se exige una forzosa entrega general de todos los súbditos, a fin de conseguir financiación para aquellos que reproduzcan el criterio, más o menos amplio, que defina el Mérito.

Las sociedades libres retribuyen el valor, es decir, de la libre concurrencia entre creadores y consumidores de dichas creaciones, se establece, en cada caso, un acuerdo entre valoraciones subjetivas que concluye en forma de un precio de mercado. Dicho precio, en el que confluyen las mutuas valoraciones de creador y admirador, por así decirlo, resulta siempre mutuamente beneficioso por el mero hecho de alcanzarse de manera voluntaria. El valor, por tanto, determinará no ya quien es mejor o peor artista en una u otra especialidad, o quien merezca más o menos admiración por parte de quienes se digan expertos sobre el tema, sino quién debe recibir lo que alguien, libremente, está dispuesto a pagar a cambio de lo que éste ha creado. El producto final podrá ser de más o menos calidad, repito, bajo un criterio presuntamente experto, pero siempre podrá calificarse como resultado de la libre interacción de voluntades.

Pero es que Sinde incorpora a su esquema la falacia que más daño ha infringido no solo al estudio económico, sino también, y esto es mucho más grave, a aquellas sociedades sobre las que se han impuesto las conclusiones que de ella se derivan. Se trata de la teoría del valor objetivo y su versión del valor trabajo. Sinde apuesta por retribuir en base al esfuerzo, y proteger dicho esfuerzo frente a la libre concurrencia y la competencia cultural. Socialismo artístico, que cuantifica y traduce en unidades monetarias las horas entregadas a la creación, los sudores, los quebraderos de cabeza, las magulladuras o lo que sea. El resultado de la ecuación se traduce en un valor objetivo por unidad de trabajo, que debe a su vez traducirse en una tasa, que no precio, porque será abonada por la fuerza, compensado todo o completando mediante subvenciones, los precios libres que pudieran alcanzarse en un mercado libre de la cultura. De esto modo, “el esfuerzo será siempre recompensado”, bien a través de la redistribución directa, o, en su caso, de las barreras impuestas mediante legislación al efecto, como hemos explicado más arriba.

Un esquema, una mentalidad, tan burda como peligrosa, que ignora la realidad del funcionamiento de los órdenes espontáneos, más si cabe cuando se trata del orden cultural, que, por su propia naturaleza, ha de ser abierto, dinámico y libre. La creación, y la creación con ánimo artístico, quedan atenazadas en manos de monopolios. Quienes vivan de estos privilegios, aunque porten un genio, o un estilo ciertamente originales y valorados espontáneamente por terceros, acabaran corrompidos y ajenos a la importantísima función que tendrían en una sociedad libre.

Si algo ha demostrado internet, la reproducción indiscriminada de creaciones intelectuales y artísticas, el intercambio de copias privadas o la mera propagación de ideas, es su inmenso poder propagador de cultura, estilo, genialidad y desarrollo intelectual. Me quedo con las palabras de Punset, quien, en ese mismo Foro, que más que foro parece una internacional socialista, ha defendido la libertad de internet, condenado cualquier intento de domeñar a quienes a través de ella tratan de comunicarse y conocer.

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. JJ.Mercado permalink
    marzo 30, 2010 8:51 pm

    Valiente y claro, Punset, ha ampliado hoy un poco sus palabras en El País:

  2. JJ.Mercado permalink
    marzo 30, 2010 8:52 pm

    Oye, no sé qué ha pasado… bórralo si eso… jeje

  3. Esporádico permalink
    marzo 30, 2010 11:35 pm

    Ni ingénuos ni imbéciles. Muy listos, muy jetas y muy perversos.

    Saludos. E.

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