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Nudismo, pudor y libertad

abril 23, 2010

El decoro social establece, en la inmensa mayoría de las culturas, cierto pudor en la vestimenta, en público como en privado. La ropa, los atuendos, evolucionan y cambian con el devenir del tiempo, incorporando elementos, cubriendo zonas, desprotegiendo otras… Los hombres han llevado faldas y faldones hasta hace bien poco. Un caballero que no sea escocés pertrechado con una falda por las calles de Madrid cuanto menos suscitaría miradas indiscretas cuando no algún comentario (por lo bajini, seguro). Las faldas parecen patrimonio de las mujeres y su evolución estética ha servido de símbolo de ocultación pero también de esa liberación feminista de las últimas décadas. La minifalda, mostrar las piernas prácticamente hasta su unión, son hoy en día gestos vistos con tanta naturalidad como lucir el escote o enseñar el ombligo. Los pantalones cortos eran para los menores de 14 años, la guardia civil multaba a los hombres que en verano preferían lucir una camiseta interior e incluso ir a pecho descubierto en colonias o pequeñas poblaciones. El recato y el decoro varían.

En Barcelona no está prohibido el nudismo urbano. Muy de vez en cuando puede verse a algún atrevido luciendo sus “vergüenzas” en medio de la ciudad. La gente hace que no mira o pasa indiferente. Este exceso, minoritario hasta el extremo, no deja de ser una extravagancia propia de un ánimo contracultural. El nudismo urbano, el nudismo como modo de vida, pertenece a esa clase de alardes estéticos considerados como liberadores. Según los que practican estos hábitos la ropa es un estorbo, inhibe y reprime, nos oculta, nos cancela e impide expresarnos con libertad. Según estos militantes de la desnudez son ellos la vanguardia del cambio, los que portan el nuevo espíritu que niega por completo el pudor convirtiéndolo en fuente de males, anomalía contranatura, instrumento represivo en manos de represores contra los que debemos levantarnos exhibiendo nuestros genitales por doquier.

Sin embargo la naturaleza del ser humano sigue siendo púdica. Desde un pequeño cuerno adornando el pene de un indígena del Amazonas, al tinte cobrizo con el que no sé qué africanos adornan su cuerpo. Según el clima y el desarrollo de hábitos, serán unas u otras las costumbres de vestimenta. Por frío pero también por ese pudor íntimo, ese límite variable pero estrechamente unido al Hombre. Negarlo por completo es tan constructivista como absurdo. Practicarlo en libertad es parte de lo que una Sociedad competitiva y tolerante debe ser capaz de admitir sin violencia o escándalo.

En el Este las mujeres cubren su cabello con un pañuelo. La costumbre se deshace pero la mantienen durante ritos religiosos o momentos de respeto. Los turbantes de los árabes e indios o los pañuelos en otras culturas, son también prendas púdicas. Las mujeres, siendo reconocidas como humanas en todas las culturas, no gozan sin embargo de la misma consideración que sus congéneres masculinos. Esa situación de desigualdad civil contribuye a que el pudor se entremezcle con el dominio de unos sobre otros. El burka quizá sea una exceso, pero solo en manos de los fundamentalistas. A pesar de la sumisión de las mujeres en los pueblos donde es una prenda habitual, su tradición es larga y conecta más con el espontáneo y libre desarrollo del pudor que con el actual valor que le conceden los ideólogos del islamismo radical.

En una sociedad libre y competitiva no puede obligarse a nadie a descubrir su cabello, sus tobillos, sus rodillas, sus hombros, su escote, sus dedos del pie, sus orejas, sus ojos, sus genitales… Considerar que la ausencia de pudor o el límite de pudor generalizado en occidente es muestra de emancipación y total libertad es tan absurdo como ignorante de la realidad antropológica del ser humano. Merece nuestra crítica el proselitismo fundamentalista que practica el islamismo radical queriendo convertir hábitos y costumbres en señas de identidad y mecanismos de sumisión. Debemos hacer todo lo posible por mostrar a las mujeres musulmanas, pero también a sus maridos, que la libertad no pasa por destruir sus costumbres, sí por asumir valores y principios mínimos, esenciales, que en todo caso amparan la mayor parte de sus expresiones culturales, incluido el pañuelo.

Caemos en la trampa del islamismo, pero también en la del contraculturalismo nudista, cuando atribuimos de forma irreflexiva semejantes connotaciones a un velo o un burka. En libertad solo cabe el ofrecimiento, la competencia de costumbres, y por supuesto que cada uno de nosotros tomemos las decisiones que consideremos oportunas en nuestros ámbitos de control legítimo. A quien no le guste ver mujeres veladas que no emplee a sus maridos, que no les venda sus casas, que les impida la entrada en sus comercios, etc. Lo malo de esa actitud es que delata el miedo a lo desconocido, el miedo al diferente, terminando por construir prejuicios indiscriminados incapaces de ver qué se esconde detrás del velo.

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. abril 23, 2010 2:38 pm

    ¿”Lubertad”?

  2. abril 24, 2010 1:59 am

    Como siempre muy acertado tu análisis y esta vez coincido plenamente, aunque lo que dices sea una utopia para algunos y aberrante para otros.
    Ah y para hacerlo desde el iPhone eres un fenómeno porque mi erratas en yus comentarios es por lo mismo.

    • yosoyhayek permalink*
      abril 24, 2010 8:27 am

      Gracias! En realidad es un corta y pega de un post que escribí hace un año y que considero de actualidad. Lo único novedoso es el titulo, que es justo donde metí la pata, jeje.
      Saludos!

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