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Sistema Mayoritario Puro: Representatividad o Partidocracia

mayo 8, 2010

Unos resultados en las elecciones de RU que han dejado “colgado” al Parlamento, unidos a la propuesta del partido Liberal-demócrata de reforma del sistema electoral, han colocado en el centro del debate político la continuidad del sistema mayoritario puro que rige en aquel país.

Primero, lo que más llama la atención: ¿Cómo puede ser que un partido político (el Liberal-demócrata) con el 23% de los sufragios sólo haya logrado 58 parlamentarios de los más de 600 sometidos a elección? Parece una obviedad, pero siempre serán los partidos más perjudicados por el sistema electoral aquellos que propondrán una reforma que apueste por la “proporcionalidad”. De hecho, Clegg, líder liberal-demócrata, antepone esta cuestión como clave en las negociaciones con los otros dos partidos en pos de alcanzar un acuerdo de gobierno.

No obstante, la cuestión no está bien conducida ni se nos presenta desde los medios como realmente es. El sistema mayoritario puro, de por sí, el más representativo del voto ciudadano, es por el contrario el que peor fama tiene entre las distintas variantes electorales posibles. Todo se debe a una sencilla razón: existe una disociación entre lo que realmente hacen los electores cuando acuden a las urnas (elegir un único candidato por su circunscripción) y la imagen que a posteriori, en términos generales, nos presentan como resultados electorales. Es aquí donde radica la diferencia fundamental que existe entre un sistema representativo y un partidocrático.

Los liberal-demócratas lamentan que tantísimos votos cosechados por su formación, no se traduzcan en un peso más o menos proporcional en el parlamento. Es por ello que prefieren desechar el voto directo en circunscripciones unipersonales, para dar el paso hacia sistemas de corte continental, más europeos si se prefiere. Esto rompe por completo con la tradición política inglesa, o norteamericana, donde lo que prima es el voto directo y no la aritmética de los partidos. Se eligen representantes por cada circunscripción, no comisarios políticos a los que se les adjudica arbitrariamente una u otra región. Las listas cerradas, en circunscripciones pluripersonales, y con sistemas de reparto proporcionales, estén o no corregidos (como sería el caso español), en realidad no representan el voto ciudadano, sino la tendencia colectiva de otorgar respaldo impersonal a cierto partido.

La representatividad exige inmediación y mayoría. El actual sistema inglés, al margen de los resultados generales que pueda servir, es un sistema que conecta al votante con el candidato elegido, que vincula a éste con su propia circunscripción, comprometiéndole en sus acciones y propuestas en el parlamento. Crea así contrapoderes internos a las tendencias políticas generales, tomen o no tomen éstas forma de partido político.

La propuesta de Clegg rompe, como decía, con la tradición inglesa de primar la representatividad frente a la mera partidocracia. Lo cierto es que en el RU los partidos existen como grandes moles a cuyos intereses generalmente terminan plegándose los representantes particulares. Pero no siempre sucede, y es ahí donde radica la ventaja de estos sistemas frente a los proporcionales corregidos, como el español: el candidato electo goza de mayor independencia, puede representar mejor a sus electores directos (incluidos aquellos que no lo votaron), y supone un freno ante las aventuras y los excesos del “líder de partido”.

El mejor ejemplo lo tenemos en el mismísimo partido Liberal-demócrata: su líder, que no deja de ser el representante de una circunscripción concreta, tiene que reunirse y consensuar con el resto de parlamentarios electos pertenecientes a su partido, antes de decidir con quién casarse, gubernamentalmente hablando. Los 58 parlamentarios del partido que pide la reforma electoral, tienen voz, voto y autoridad suficiente en el seno de su formación. Si finalmente triunfarán las tesis que defienden en su programa electoral, es más que probable que tal realidad plural y de contrapoder interno que hoy existe dentro de los partidos desaparezca para siempre.

Los ingleses no sólo se juegan el color de su gobierno o la mejor receta para salir de la crisis. También se están jugando su futuro como sistema representativo o como régimen de libertades individuales. La reforma electoral, si al final está se decantará por un modelo más “continental”, sería el primera paso hacia la partidocracia que ya domina en el resto de Europa (y del mundo).

Saludos y Libertad!

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10 comentarios leave one →
  1. mayo 8, 2010 10:52 pm

    La verdad es que el sistema first past The post no es del todo mayoritario. Porque el UK esta dividido en tantos distritos como escaños, con lo que en cada distrito se presenta un candidato por partido. Claro que el que gana se lleva el puesto porque solo se presenta un candidato. Y falaz cuando los lib-dem dicen que se les sale mas caro el escaño, porque en cada circunscripción compiten en pie de igualdad, lo que pasa es que pierden en muchas circunscripciones.

  2. mayo 9, 2010 3:04 pm

    En mi opinión un sistema como éste presenta más inconvenientes que ventajas. Se supone que un sistema democrático debe reflejar la voluntad del pueblo, y más en un parlamento tan numeroso como el británico que casi duplica a nuestro Congreso en número de escaños. La cámara de los comunes más que ser un “popurrí” de parlamentarios que defienden sus respectivas circunscripciones tendría que velar por el interés general de la nación. Imaginemos que llegamos a importar éste modelo, los partidos nacionalistas-regionalistas-independentistas serían completamente claves en nuestro sistema político, cobrando de esta manera todavía más poder del que ya tienen. Las mayorías tendrían que someterse a las minorías que permitiesen gobernar.

    También existe el problema de que aunque el elector vota a un candidato, también lo está haciendo a un partido. Sabe que esa persona forma parte de un grupo político, al que para bien o para mal está apoyando a su vez. Quizá quiera respaldar a los conservadores pero no a su candidato en la circunscripción, o viceversa. El votante queda muy constreñido en su libertad de elegir, sería algo similar a lo que sucede aquí en las elecciones municipales. Yo quiero votar al PP, pero NO a Gallardón. ¿Qué hago? No puedo desligar mi voto al partido del candidato.

    Otra de las objecciones que se suelen formular a los sistemas mayoritarios es la de que tienden a deformar la voluntad de los votantes. Estas elecciones eran muy reñidas, todo el mundo lo sabía y los partidos mayoritarios no desaprovechan para pescar en río revuelto: apelan a la eficacia real del voto, a nuestro tan “querido” VOTO ÚTIL (para ellos) del afamado Pepiño Blanco para que la ciudadanía modifique sus preferencias no en base a sus programas, o a la valoración de su gestión, o a sus expectativas de gobierno, no… sino de acuerdo a un factor estructural como es el sistema electoral. Eso sucede aquí con partidos como IU o UPyD, muchos de cuyos potenciales votantes se ven desanimados no porque no confíen en ellos, sino para no desperdiciar su voto. Como liberales hemos de abrir las puertas a la gente, no cerrárselas.

    Pero es que además la democracia liberal significa control del gobierno, alternancia, rendición de cuentas, limitación del poder estatal, etc. Y eso lo consigue mucho mejor un sistema proporcional pues permite cambios más rápidos. En un sistema mayoritario las alternativas de gobierno lo tienen muy difícil, ya que es un modelo pensado para ofrecer estabilidad, continuismo y gobernabilidad (se puede gobernar en solitario con apenas el treinta y pico por ciento de votos).

    ¿Que los candidatos son independientes? Sí, hasta cierto punto, y en ello efectivamente reside la mayor ventaja de este modelo. Quizá podría hacerse de otro modo, por ejemplo con listas abiertas o mediante un funcionamiento interno de los partidos auténticamente democrático, como exige nuestra Constitución. Ya, hoy por hoy no es algo muy factible, no…

    Las opciones no se limitan a quedarse como están (mal) o a copiar nuestro sistema (peor). Con algunas modificaciones mínimas un sistema mayoritario podría ser mucho más representativo, por ejemplo haciéndolo a dos vueltas: en la segunda se presentarían sólo los dos candidatos con mayor respaldo, así quien fuese escogido gozaría al menos de la legitimidad de haber logrado al menos el 50.1% de los votos.

    Nada más y enhorabuena por el blog, seguiré pasándome por él.

    • mayo 9, 2010 8:11 pm

      Un comentario muy oportuno, has dado de lleno en las mejores críticas que pueden hacérsele al sistema mayoritario puro. Una forma de corregirlo, efectivamente, sería una segunda vuelta. En cuanto a lo demás, mostrar mis reticencias ante conceptos tan vacuos y peligrosos como “interés general de la nación”, “voluntad general”, o sus variantes. La democracia, en sentido estricto, no solo no es posible, sino que sirve como coartada del totalitarismo más peligroso de todos. Cuando se interviene, expolia y redistribuye, se necesitan buenos argumentos para no toparse con la oposición de muchos individuos: si se hace por el interés general, o se dice que tales decisiones encarnan la voluntad popular, su repulsión se convertirá, cuanto menos, en algo mucho más complicado.
      Mi post trataba de ubicar la disputa entre sistemas electorales en torno a dos ideas: representatividad y partidocracia. Cuando el sistema gira en torno a los partidos políticos, y son sus siglas las que condicionan los resultados electorales, y no los candidatos que se postulan frente a la ciudadanía, es obvio que se pierde en representatividad mientras crece la partidocracia. Las listas abiertas, dentro de nuestro tipo de sistema, puede ser, sin duda, un gran avance, pero, ¿en qué sentido? Si te fijas esta reforma lograría el efecto contrario: los partidos perderían poder merced del ascenso de los candidatos, que se enfrentarían directamente a sus electores, forzándose a procurar más autoridad y mejor representatividad de sus intereses. La circunscripción unipersonal es la culminación de este proceso, la mejor garantía frente a la partidocracia. El bipartidismo no es una causa limitativa, sino una simple tendencia de orden institucional. Al final candidatos y electores, en sistemas políticos estables, acaban por decantarse entre grupos amplios, pero relativamente definidos. No necesariamente dos, pero sí pocos. Esto no limita las opciones del elector, ni siquiera debería condicionar su voto. El juego de competencia política, en sentido electoral, hará que los individuos con aspiraciones de llegar a ser cargo público, se postulen como candidatos abrazando, con mayor o menor ímpetu, ciertas ideas de partido, pero, al mismo tiempo, tratando de encandilar a sus votantes potenciales.
      Lo importante es definir los ámbitos de elección, o la amplitud de la circunscripción. Si el Parlamento se dedica a legislar en lo general, a imponer tributos y a controlar al gobierno, es mucho más razonable que cada diputado se enfrente a una circunscripción. El gobierno, que de alguna forma necesitará el apoyo del parlamento (no hablo de un sistema parlamentario puro), deberá proceder de otro tipo de ámbito de elección, y puesto que todo se basa en liderazgos personales, lo normal es que su presidente salga elegido de una votación general. Representará a la mayoría, al igual que los diputados particulares, pero con vocación de servir a toda su electorado, y gozar así de autoridad en sus decisiones, que en realidad es lo más importante para que un mandato sea estable.
      Saludos!

  3. ATR permalink
    mayo 9, 2010 9:10 pm

    La explicación no puede ser más clara pero sigue olvidándosenos que pese al hecho de que supuestamente los electores voten a la persona directamente no sucede así de un modo necesario. Me explico, no se vota necesariamente al candidato de tu circunscripción porque te convenza sino que se tiene (y mucho) en cuenta la agenda política del partido al que pertenece. Es decir, se entiende que haya peticiones de reforma puesto que el sistema no plasma la voluntad popular pese a que existan los candidatos.
    Las repercusiones que pueda tener la susodicha reforma pueden ser importantes. De hecho, creo que el gran perjudicado va a ser el partido laborista.
    Un saludo

    • mayo 9, 2010 10:24 pm

      Hablas del voto cautivo, y es cierto que ni siquiera el filtro del voto directo por un candidato evita que los partidos acaben superponiéndose y dominando el ánimo político y electoral de la ciudadanía. Espero con interés tus crónicas londinenses, porque se avecina un periodo muy interesante.
      ¿Por qué crees que el gran perjudicado sería el partido laborista?
      Saludos!

      • mayo 9, 2010 11:11 pm

        Porque su voto esta mas concentrado en circunscripciones mas pequeñas, por eso saca tantos escaños. Eso se diluiría en el mar de la proporcionalidad.

      • ATR permalink
        mayo 10, 2010 10:16 am

        Gracias David,

        exactamente por eso. El Partido Laborista siempre se benefició del reparto de votos.
        Un saludo y a ver si se me ocurre escribir sobre los avatares londinenses o sobre los ibéricos, que en el fondo me importan más.

      • mayo 10, 2010 3:34 pm

        Interpreto entonces que no todas las circunscripciones tienen el mismo número de electores inscritos. Durante el siglo XIX y principios del XX hubo reformas en el sentido de quitar peso al campo, creando más circunscripciones urbanas, pero desconocía que el desequilibrio siguiera siendo tan significativo.
        Saludos!

  4. Espectador permalink
    mayo 10, 2010 8:26 am

    Nadie está contento con lo que tiene. El sistema mayoritario no es perfecto, y en la elección no cuentan solo las cualidades de cada candidato sino también el programa general del partido por el que se presenta. Pero antes de proponer ningún cambio de su sistema electoral, los ingleses deberían echar una ojeada a lo que ocurre con otros, por ejemplo en España, donde se ha creado una burocracia partidista fuertemente jerarquizada que impone los candidatos que desean el líder o los barones del partido sin tener en cuenta en absoluto los deseos de los votantes.

    La opción del votante español es votar la lista cerrada que le propone el partido con el que mejor se identifica, o no votarla, con el riesgo de que salga la de otro partido aun peor. La cosa puede llegar a extremos tan ridículos como los de la alcaldía de Madrid, en la que el candidato por el PP, Gallardón, tiene políticas opuestas a las de su teórico partido, y lo que es peor, a las de sus votantes (déficit municipal, aumento de impuestos, carantoñas con PRISA, halagos a los artistas de la ceja, desprecio a las víctimas del terrorismo, apoyo a la versión gubernamental en todos los casos, …). Un político así jamás saldría elegido con el sistema mayoritario inglés, por los menos en las listas del PP (podría salir en las del PSOE, que es su lugar natural).

    La generalización de fenómenos de este tipo lleva al desapego mutuo entre representantes y representados; los representantes no responden ante sus votantes sino ante sus jefes de partido, que son los que tienen en su mano ponerlos o quitarlos de las listas, y que incluyen en ellas a muchos a los que no se atreverían a proponer con un sistema mayoritario; se prima así la partitocracia en contra de la verdadera representatividad. Por su parte, los electores se sienten cada vez más distantes de una casta endogámica y cerrada de políticos profesionales que no se preocupan de sus opiniones porque los consideran un voto cautivo.

    Y el sistema proporcional ni siquiera es una garantía contra localismos y nacionalismos; basta ver lo que ocurre con los dos partidos mayoritarios en las autonomías españolas, llegando al extremo grotesco de un PSC que amenaza a sus compañeros del ¿resto? del PSOE. Aunque esto es debido a otra siniestra peculiaridad española adicional; el estado de las autonomías, con todos los inconvenientes y ninguna de las ventajas de un estado federal.

    En resumen, que ojalá tuviésemos aquí un sistema mayoritario como el inglés. Como dice un anuncio actual de cervezas, les cambiamos su sistema por el nuestro.

    • mayo 10, 2010 3:36 pm

      Comparto lo que dices. También prefiero “lo malo” del sistema inglés a “lo bueno” del nuestro.
      Saludos!

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