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El Estado y la Riqueza

mayo 19, 2010

Tres son las opciones que se le plantean a ZP, como a cualquier dirigente, en virtud de la que es la característica fundamental del Estado: no crea riqueza, sino que la expolia y reasigna, al tiempo que la despilfarra (no solo en términos estáticos, sino dinámicos, apagando o impidiendo el ejercicio de la función empresarial allí donde extiende su imperio):

1. Políticas que se fundan, efectivamente, en la captación de riqueza, y su ulterior reasignación en forma de gasto público. Dicho gasto genera estructuras y dependientes que indefectiblemente demandan más y más gasto. El Estado tiene dos opciones: provocar un crecimiento económico insostenible, basado en la expansión artificial del crédito, y aprovecharse del aumento de recaudación sin tocar la carga fiscal; o, directamente, subir los impuestos sin más. Esto último acontece cuando lo primero resulta imposible, y esa es la actual situación. El gasto público se traduce en consumo directo del Estado, inversión y transferencias (pensiones, becas…).

2. Políticas que dirigen o imponen hacía donde tiene que ir el gasto y la inversión privadas. Normalmente, a la par de las políticas resumidas en el punto primero. En este caso, basta con regular mercados y traducir dichas preferencias en la estructura fiscal: deducciones para la compra de vivienda, por ejemplo, bajando tipos, relajando condiciones para la concesión de hipotecas, centrando la financiación de los ayuntamientos en su política urbanística, y un largo etcétera. Entre el primer punto y este segundo caminan las subvenciones, que siendo transferencias, también son estímulos, apuestas políticas por determinados sectores, y gasto público en los mismos. Son el instrumento perfecto merced de la intervención del Estado, porque creando la apariencia de que existe iniciativa privada en un determinado ámbito, en realidad se trata de un mercado profundamente dirigido y marcado por el imperio del Estado.

3. Políticas de laissez faire, o dejar hacer, generalmente con una intención clara: crear una ventaja comparativa entre unas actividades o sectores y otros. Si se liberan sectores mientras que otros se regulan, dependiendo de hacia dónde se dirija el gasto público o la subvención y el estímulo, podrá considerarse privilegiado a quien camina libre, o por el contrario, a quien deambula al cobijo del Estado. Muchas veces se da libertad para que sea uno mismo quien se cabe su propia tumba. Lo cierto es que por lo general, se libera para ser competitivo a nivel internacional, salvo que el mercado en cuestión esté profundamente intervenido en el resto de países. Debe haber relativa homogeneidad internacional para que un mercado libre resista los envites del intervencionismo competitivo, por así decirlo.

Me temo que, en un mundo como el nuestro, donde lo que realmente tiene trascendencia son las relaciones entre Estado y mercado, y no lo que unos y otros creamos posible en un panorama donde uno u otro desaparezca, la combinación de los tres tipos de políticas explicadas proveerán una recuperación más o menos rápida y sostenible. Más mercado, eso siempre, pero también políticas públicas que no nos conduzcan a una nueva crisis. Más mercado, por supuesto, pero no cuando es desde el Estado desde donde se decide qué mercados y con qué intensidad.

Saludos y Libertad!

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