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Entre los tirantes y el burka

mayo 27, 2010

Es comprensible que en países como Francia, Bélgica u Holanda, donde “abundan” las mujeres con burka, consideren esta situación como un problema sobre el que debatir. La política tiene una doble faceta: regir los destinos de lo común, y restringir (restringiendo) la libertad indvidual. Parece inevitable, pero lo cierto es que cabe distinguir con cierta nitidez lo que pertenece a una u otra manifestación del mismo hecho práctico.

Prohibir los burkas, o cierto tipo de pañuelos, no se debe a un motivo de mera seguridad: recortar las capas si lo era, por aquello de ver las espadas atadas a la cintura. El burka es, en este sentido, una posibilidad más de ocultación, bien del rostro y el cuerpo humanos, bien de otros utensilios más o menos peligrosos. En un país donde los camicaces son habituales, una prenda como el Burka podría resultar un elemento peligroso, digno de control, incluso de prohibición.

Lo cierto es que las mujeres veladas o emburkadas no portan estas prendas como seña de distinción religiosa, sino como una muestra de pudor de la misma especie que casi cualquier otra, propia del mundo occidental contemporáneo. Lo que confunde y conmociona es el aparente extremo en que se sitúan este tipo de pautas de decoro, sirviendo de contraste más que evidente entre quienes pertenecen a sociedades libres y civilizadas, y aquellos que aún viven en un mundo oscuro y antiguo, donde señas como aquellas encajan perfectamente con otras muchas ideas y valores de su haber cultural. El contraste, decía, es lo impactante. Que en Arabia las mujeres marchen veladas resulta irrelevante para la turista occidental, es más, pertenece a lo pintoresco, o a un atractivo meramente turístico. Importa mucho más cuando en nuestras calles, de improviso, nos topamos con una mujer más o menos cubierta. Pero, ¿qué sucedería si en vez de cruzarnos con una mancha negra lo hiciéramos con un cuerpo desnudo? Que el pudor existe lo certifica la existencia de límites, queden donde sea, bien en los tobillos, los hombros, las rodillas o las mismas ingles.

La anomalía de nuestro tiempo es que en la misma estructura urbana llegan a convivir personas que, cultural y moralmente hablando, pueden estar en la antigüedad, el Medievo o la más extrema posmodernidad. El Estado, lejos de velar por el mantenimiento de la forma de vida propia del pueblo que gobierna, se centra en homogeneizar a los individuos en base a unos criterios presumiblemente racionales. Lo que varía es la composición de esa mujer liberada, o de la idea de toma de conciencia individual que se presuma. Los constructivistas adoptan patrones variados que pueden conducirles desde el aplauso del multiculturalismo, a la obsesión laicista. Cuando en realidad no se trata de un problema de coexistencia pacífica, sino de convivencia sostenible: por muy pintoresco que nos parezca, o por mucho rechazo que nos genere, una sociedad no sobrevive gracias al relativismo, sino que manifiesta, de manera espontánea, cierta tendencia a la formación de certidumbres y reglas comunes. Los extremos se diluyen por sí mismos, o son expulsados. En el peor de los cosas, acaban dominando e imponiendo su criterio estático. Este último es el miedo que empuja a los estatistas a la repentina prohibición. Digamos que la pulsión es comprensible, pero nunca idónea. Por ejemplo, en Ceuta y en Melilla nunca se ha cuestionado que una niña vaya cubierta a la escuela. Esas cosas suceden donde lo puntual y singular es tomado por los autóctonos como una agresión, un primer paso que, indefectiblemente, conduzca al cambio radical de todas las costumbres y valores que ellos asumen. Hay casos donde se acierta, pero en general la sensación es fruto del temor, la ignorancia y el recelo. Una niña con velo en una escuela no es sino una oportunidad sincera de que esa niña asimile espontáneamente las ideas que algún día le hagan ver innecesario dicho velo, al menos en términos de mero pudor (puede gustarle siempre como prenda, por qué no). Sin embargo, los cobardes y extremistas, tienden a complicar las cosas, lanzando la endeble controversia hasta la primera plana de los medios informativos.

Cuando son muchas, es inevitable y la prohibición inútil. Cuando son pocas, prohibirlo es contraproducente, aunque aparente relativa efectividad. El pañuelo no es solo un símbolo religioso, es cultural y moral. Una sociedad que no esté dispuesta a convivir con mujeres con burka, o veladas, debe ser capaz de articular los mecanismos de repulsión pacífica de este tipo de prácticas. Sólo así los que lleguen lo harán para convivir, y no solo para coexistir. Pero, repito, lo puntual, lo minoritario, es preferible mantenerlo con cuidadosa tolerancia, antes que convertirlo en objeto del prohibicionismo más histérico e ignorante. No hablo aquí de aquellos lugares donde ya hay un problema grave de integración social, dada la concentración o el número de personas que, culturalmente, viven a milenios de nosotros. Tristemente, en tales panoramas, tampoco el prohibicionismo servirá para nada. En España hemos tenido ejemplos históricos de cuál es la única solución viable para conseguir esa sociedad homogénea que algunos anhelan.

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. Marta permalink
    mayo 31, 2010 12:05 pm

    Al tema del pañuelo creo que no habría que darle tanta publicidad ya que los medios de comunicación lo han sobredimensionado. Tampoco lo veo un problema. En la calle cada cual puede ir como quiera, habrá gente que se sienta ofendida con el pañuelo, otros si ven un escote muy pronunciado, otros al ver un gafapasta y otros si ven una camiseta con una esvástica. Pero es la calle y allí no manda nadie, por mucho que Fraga se empeñara.
    Otra cosa son recintos públicos o privados que, nos guste o no, se rigen por unas normas de convivencia. Si en el colegio al que asistía la niña del pañuelo no se permite llevar nada en el pelo, pues no se lleva y se acabó la historia. Y si no gusta, pues se elige otro colegio con normas más abiertas. Pero no hay debate. Seguro que en casa de esta chica las normas no permiten llevar minifalda o hacer topless. Y esta niña no las discutirá. Fin de la historia.
    Distinto sería, si como dices yosoyhayek, la prohibición fuera en la calle, donde cada cual, afortunadamente todavía, puede ir como quiera y reivindicar lo que le plazca.

  2. mayo 31, 2010 5:41 pm

    La calle no es tierra de nadie, discrepo. En todos lados el individuo se comporta en base a unas reglas tácitas de conducta, pero también se halla vinculado por reglas mucho más explícitas, incluso articuladas con cierto grado de plenitud. En los ámbitos privados estas reglas explícitas, por llamarlas de algún modo, son las que dispone el dueño. En los espacios públicos hay dos opciones: la individualista, donde las reglas fundamentales son las tácitas, dejando las expresas para aspectos relativamente conflictivos, o la constructivista, por la que se pretende reglar por completo toda posibilidad de conducta, generando relaciones tasadas de conductas prohibidas, semiprohibidas o directamente amparadas y promovidas. Lo que sucede en nuestras calles está entre un mundo y otro de lo público, y muy pocas veces en lo privado.
    Sigo creyendo que es mucho peor llevar una esvástica en la camiseta que un burka. En la calle no se puede ir como a uno le plazca: existe el decoro, que sin ser irresistible en su sanción, si hace incómodo el alarde del infractor; también existe la ordenanza, o el decreto de buenas maneras, que lejos de ser propio de dictaduras o Estados totalitarios, siempre ha existido y existe, y solo hay que revisar la cantidad de normas del siglo XVIII, por ejemplo, que siguen aun vigentes en ciudades como Madrid.
    Bueno, el caso es que lo del burka o el pañuelo es una obsesión estatista y poco más. Lo que sí es cierto es que conlleva problemas, es anómalo y genera conflictos. Lo suyo sería que éstos se solventaran al margen de la intervención del Estado, dejando que fueran los jueces o los propios individuos quienes pusieran límites y los discutieran.
    Saludos!

  3. flordelis permalink
    julio 26, 2010 2:31 pm

    Debajo de una burka, puede haber una menor secustrada, un asesino, una mujer con sg¡ignos de violencia … no se puede permitir que exista una prenda que oculte el rostro. Qué poda “memoria histórica” existe en este pís cada vez más analfabeto: ¿Nadie se acuerda del motín de Esquilache?

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