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Santiago Navajas no ha visto Lost

mayo 29, 2010

El crítico cinematográfico, filósofo y economista, Santiago Navajas, llama “tontos” (le ha faltado “de los cojones”) a todos los seguidores de la serie de televisión recientemente concluida, Lost. Su parte de razón tiene, por supuesto: millones de adictos han creído ver en la trama de esta historia dividida en seis temporadas, una trama predefinida que, desde el primer capítulo hasta el último, guardaría su propia lógica dramática, resolviendo por completo todos los enigmas y misterios que se fueran sucediendo a lo largo de los 121 capítulos de la serie. Además de esto, también han creído ver mucha más calidad y altura intelectual de la que realmente tenían los creadores y guionistas. Han confiado ciegamente en la resolución de todas sus dudas. Han elucubrado, fantaseado y planteado teorías de lo más sorprendentes. Pero todo ello, a pesar del frikismo de muchos, no se ha debido a la estulticia de la mayoría de los fans, sino a su mera y simple condición humana. Si pretende Navajas que este tipo de fenómenos de masas no sucedan, que empiece por rendirse ante la evidencia: suceden, siempre y cada vez con mucha más intensidad.

Empecé a ver la serie hace poco más de un año, concentrando las cuatro primeras temporadas en apenas dos meses, si no recuerdo mal. La quinta la visioné de estreno en estreno, al igual que la sexta. Al principio me dio pereza: la temática no me atraía nada. A mí alrededor, entre alguno de mis amigos, se empezaba a formar esa expectativa suicida que ha caracterizado al frikismo lostiano: acontecimientos inexplicables o ilógicos de los que se espera, en algún momento, una comprensión plena de la mano del propio relato. Debe ser que no soy un tipo apasionado, o que mi frikismo evade este tipo de entregas pasionales al culto de un misterio al que otros rinden pleitesía y devoción. Lost es una serie, sólo eso. Desde el principio comprendí que no era una serie tan inteligente como quería verse, y aunque ciertamente, como composición creativa, fuera un hito televisivo sin parangón, no dejaba de ser una suerte de droga ociosa dosificada de la que algún día tocaría desengancharse, o de la que, irremediablemente, se acaba uno olvidando sin más.

La primera temporada es buena, como la segunda y la tercera. La cuarta introduce nuevos alicientes volviendo a encender la pasión del seguidor incondicional. Tristemente, en la quinta y la sexta temporada, aquello empezó a parecerse más a StarGate, Xena la Princesa Guerrera o cosas por el estilo. Aun con todo, los personajes, la intriga acumulada, y el desdoblamiento de la realidad en dos mundos paralelos, conectados pero distintos, hizo que la temporada final, a pesar de Jacob, el Humno Negro y el cartonpiedrismo de los decorados casi hicieran trizas mi lealtad, fuera soportable.

Santiago Navajas ha patinado en su crítica de la serie, que más que una reflexión sobre la calidad o desaciertos de sus creadores, se parece más a un insulto incontenido cargado de sibaritismo y arrogancia intelectual. Ya sabemos que la realidad o la belleza e ven de manera distinta cuando se tienen más y mejores teorías que al contrario, pero detrás de una crítica como la publicada por Navajas en LD se esconde mucha más rabia que cordura. No digo que sea un fan decepcionado, porque de sus palabras se nota que no ha visto la serie, o no la ha visionado con suficiente atención. Las chorradas de los osos polares (resuelto en la tercera temporada), o decir que el Humo Negro poseyó el cuerpo de Locke, cuando lo cierto es dicho cuerpo regresó inerte a la isla y fue enterrado en la misma, mientras que el vaporoso personaje ya se presentaba ante los mortales con su aspecto (como lo hiciera en otros capítulos tomando la apariencia de otros personajes previamente fallecidos), demuestran la falta de rigor de una crítica que, pasando muy por encima de la serie, no es sino, como decía, un insulto típico de quien desprecia a la masa pretendiendo sentar las directrices comprensivas desde las que todos deberíamos asimilar el séptimo arte.

Dejo a Liberand un comentario mucho más formado y desarrollado sobre el final de Lost, porque la verdad es que ha sido él, de entre todos mis amigos, quien mejor ha llegado a comprender la serie. Se trata del típico caso del creyente que supera con su fe el objeto mismo de su devoción, es decir, aquel que espera muchísimo más, o algo distinto, de aquello en lo que confía su suerte emocional. Ni el final de Lost es el de los Serrano, por mucho que la gracia parezca encajar y se haya convertido en la tonta pero útil salida de algunos, ni es el final que mejor encaja con los inicios de la serie. Es, sencilla y llanamente, el final más acorde con el esperpento generado desde que la serie echó mano del muyinteresante para intrigar y dar giros de guión. Viajes en el tiempo, filosofía barata, mitología de cartón piedra y mucha religiosidad. Quizá sea esto último lo que más ha defraudado al espíritu dominante de nuestro tiempo: el inmanentismo de la ciencia ficción. En realidad, tan religioso como el culto trascendente, pero por futurista mucho más atractivo de acuerdo con los valores progresistas y hedonistas que hoy imperan. Pero es que el final de Lost da para mucho, incluso para contentar a los que recelan de la idea de un orden supremo, ininteligible y trascendente: la realidad paralela donde los personajes conviven sin ser conscientes de su experiencia común en la otra realidad, se genera gracias a la bomba que Juliet hizo explotar. Lo que sucede es que gracias a Desmond, que por alguna razón hace las veces de médium entre los dos mundos, los personajes, en la realidad paralela que surgió de las teorías de Faraday y la determinación de Jack, comienzan a “recordar”, a despertar y conectar con su otro yo, en esa realidad “original”. De ahí que se diga que todos están muertos, porque lo cierto es que en ese universo paralelo, al tomar conciencia de su vida en el otro mundo (el de la isla y sus historias), se toma conciencia plena, es decir, desde el nacimiento hasta la muerte. No existe el cuándo ni el dónde, no rigen esas reglas espacio temporales en lo que al paralelismo de realidades se refiere. El caso es que todos se reencuentran, se recuerdan y se juntan para ir a no se sabe dónde. Todo se llana de luz y se acaba la serie… Podemos entenderlo como el purgatorio, un paso previo al más allá, lleno de amor, paz y felicidad. Podemos entenderlo como un universo paralelo que cambia (de ahí la luz) hacia no se sabe qué,  en el momento en que estos personajes funden sus conciencias de uno y otro mundo.

Navajas no ha visto la serie, o no la ha visto con atención, o no la ha visto con la inteligencia que cree, porque se le ha escapado el único fleco realmente importante, el más relevante, el que pulula desde el principio y remata el final mismo de Lost: Christian Shephard, el muerto cuyo cuerpo no vuelve a aparecer desde que es cargado en el vuelo 815 de Oceanic, y que bien como mascarada del Humo Negro, o bien al final, como resucitado que calma la desesperación de su hijo, Jack, y lo guía hacia la luz (también se le aparece en estando fuera de la isla, cuando alguno de los personajes consiguen escapar) tiene una intervención fundamental en el desarrollo y conclusión de la trama. Pero Navajas prefiere fijarse en algo mucho más mundano, como osos polares y cosas por el estilo…

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. Liberand permalink
    mayo 30, 2010 7:30 pm

    El que se siga hablando de la serie tras una semana de su final, ya significa que no estamos ante una serie al uso.

    Por otra parte, he visto muchos artículos en periódicos haciendo alusión al misterio de los osos polares, que a parte de no ser ni de lejos lo más intrigante de la serie, es de lo primero que se resolvió.

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