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El poder adquisitivo

junio 2, 2010

No es la primera vez que me refiero a este asunto. Ante la anunciada, y en algunos casos aprobada, subida de impuestos a nivel autonómico y nacional, no cabe otra que denunciar los destructivos efectos que tiene el escamoteo de hacer creer a la gente que su dinero está mejor en manos del Estado que en las suyas propias. Esta ficción tiene asiento en variadas teorías ad hoc, profundamente acientíficas, elaboradas para satisfacción de la vigorexia estatista. Krugman vive alarmado el recorte de gasto en las cuentas públicas de las grandes potencias occidentales. No entiende a qué se debe tanto miedo, su margen es tan amplio que promueve el endeudamiento masivo, a expensas de una constante y presuntamente inocua monetización del déficit. El mercado, quienes especulan con títulos públicos, están, según el premio Nobel, perturbando gravemente la capacidad real de endeudamiento de los Estados. Semejante conspiración compromete la única política que puede sacarnos de esta crisis: el estímulo público, la inversión y el gasto dirigido por el Estado.

Rotos los esquemas neokeynesianos que han venido dominando la acción estatal de los últimos dos años, toca ajustar las cuentas públicas y tratar de impedir que el barco termine de hundirse. Resulta que no es solo la abultada deuda pública sobrevenida lo que lastra la recuperación impidiendo el saneamiento de todas las malas decisiones acumuladas durante la burbuja, sino la deuda contraída por empresarios y familias en aquellos años de bonanza, propiciando nefastas inversiones, inflación del precio de determinados bienes y activos, o el sobredimensionamiento de sectores productivos que ahora deben contraerse brutalmente. Mucha deuda que convierte el mercado de fondos prestables en una difícil contienda entre unos y otros, con la sombra, admitámoslo, de ciertas conspiraciones anti-euro.

El poder adquisitivo de los españoles, la renta disponible sobre la que, finalmente, podrán adoptar decisiones, previendo su futuro, aprovisionando, saneando su propia situación de fuerte endeudamiento, contrayendo su consumo y demás maniobras de responsabilidad individual, es el objetivo del Estado en su conjunto, ávido de recursos con los que tapar sus propias vergüenzas. Subir los impuestos o contraer el salario neto de los ciudadanos, no es la mejor decisión que puede adoptarse hoy en día. Por ejemplo, si lo que se pretende es reducir los gastos corrientes de la administración, entiendo que lo fácil sea bajarles el sueldo a todos los funcionarios. Lo inteligente, consecuente y responsable, es reestructurar la administración de arriba abajo, no convocar nuevas plazas, ejecutar los expedientes sancionadores, vigilar los estado de baja de los funcionarios, eliminar departamentos… Pero nunca atacar la renta disponible de quienes, efectivamente, desempeñan una función que, nos guste o no, tiene su demanda en el mercado (aun cuando se proveída en régimen de monopolio por el Estado).

Una de las razones del paro, más allá de la rigidez de nuestro mercado, es la baja productividad de nuestros trabajadores. Esto exige una reestructuración de las retribuciones percibidas en la mayoría de los sectores. Ya comenté en otro lugar que no sería justo en absoluto que fueran los trabajadores quienes sufrieran directamente este necesario ajuste. ¿Cómo evitarlo? Muy sencillo, dejando intacta la parte de su salario que terminan percibiendo. Para que una bajada del salario bruto no redunde en una bajada del salario neto, para entendernos, forzosamente deberá verse reducida la diferencia entre ambos, es decir, la caída del salario tendría que ser compensada con una bajada de impuestos, cotizaciones al régimen de seguridad social o el coste del despido. De este modo los trabajadores no sentirían tan gravemente el ajuste, manteniendo su renta disponible a unos niveles similares a los previos a la bajada de sus salarios. Y todo ello por dos razones: porque es justo que sea el Estado, y no los ciudadanos, quien sufra directamente la recesión en forma de una merma de la recaudación fiscal, y además, porque la deuda que realmente debe preocuparnos es la privada, aquella que acumulan familias y empresarios y que en cada caso debe ser afrontada en virtud de todos los ajustes personales que sean necesarios.

Todo esto conlleva un Estado más reducido, pero con más capacidad de endeudamiento, puesto que en la medida que no suba el paro (gracias a la bajada de impuestos, cotizaciones y coste del despido, entre otros factores), no subirá la morosidad, afrontándose mejor el fuerte endeudamiento privado, y en consecuencia, mejorando también la calificación de la deuda pública (en España tenemos un 260% del PIB de deuda, del que “sólo” el 60% pertenece al Estado, es decir, es el riesgo del otro 200% lo que perjudica la capacidad de endeudamiento público, y no al revés). Los ciudadanos tendrían más oportunidades de encontrar un empleo y percibir ingresos regulares, con los que recomponer su particular situación económica. Los empresarios no quebrados, sanearían sus malas inversiones y buscarían nuevas oportunidades.

Subiendo los impuestos y realizando ajustes del gasto como los que nos presentan, el Estado no está mejorando la situación, sino simplemente parcheándola. Debemos huir de las política keynesianas para comenzar a favorecer que se liquiden los errores cometidos a fin de que sea el mercado, que es donde se asignan con mayor eficiencia los recursos, quien nos saque de la depresión económica, y no un Estado que, como se está comprobando en los últimos acontecimientos y decisiones, ha fracasado una vez y lo volverá a hacer en el futuro. La única salida que no se ha seguido es la que se apoya en las mejores y más explicativas teorías económicas: aquellas que apuestan por reducir el Estado y dejar a los agentes particulares que sean quienes ajusten y nos saquen, lo más rápido posible, de esta crisis provocada por el intervencionismo.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. amartinoro permalink
    junio 2, 2010 11:37 pm

    Muy bueno el post. Interesante tu opinión sobre el recorte a los funcionarios. La verdad es que solemos simplificar y generalizar bastante sobre los funcionarios, diciendo que trabajan poco y son muy comodones. Hay de todo. También los hay que trabajan mucho y con bajos salarios. (No muy distinto de lo que también pasa en el sector privado…)

    “Rotos los esquemas neokeynesianos que han venido dominando la acción estatal de los últimos dos años”

    ¿Por qué lo de NEO? Las políticas aplicadas y recomendadas de sostener e incrementar la demanda agregada son keynesianas de toda la vida, creo que no es necesario el NEO, no? Que luego a nosotros nos dicen NEOliberales y nos pica un poco, jeje.

    Sobre el recorte de los salarios, necesario según él (matizando en que distinguía entre salarios, cotizaciones y costes por despido), ha escrito Rallo: http://www.libertaddigital.com/opinion/juan-ramon-rallo/una-reforma-laboral-para-que-55074/

    Es cierto lo de que no debería tocarse la renta disponible, pero a su vez está la necesidad de que nuestros productos sean competitivos, y eso en un primer momento podría hacerse vía reducción de salarios… Por supuesto, así no se arreglaría nada a fondo, haría falta aumentar muchísimo nuestra productividad… Pero a saber cómo nos ponemos a intentar hacer eso, una tarea de la que ya se viene hablando años, y de momento hemos tenido burbujas, muchos pisos, muchos coches y no mucho más…

    Saludos!

    • junio 3, 2010 10:14 am

      Buenas Ángel. Tienes razón en lo de NEO, quería hacer referencia al nuevo renacer de la versión más dura de este tipo de teorías, pero aciertas en que no es del todo riguroso denominarlas neokeynesianas, dado que son keynesianas a secas, o 100%.
      Saludos!

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