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Por fin!

junio 28, 2010

Los preámbulos no tienen eficacia jurídica, pero sí política. El Tribunal Constitucional ha optado por la vía estricta: reitero que el contenido del preámbulo no deja de ser papel jurídico mojado, y me meto en lo que realmente tiene repercusión en el ordenamiento. Veremos qué apuntan los votos particulares, y si se embarran en esta cuestión. La Sentencia debe cuidar mucho las formas y apelar a una objetividad imposible. Los tribunales constitucionales no sólo se crearon como control a los poderes públicos y garantes del vigor constitucional, sino también como símbolos de plenitud, de continuidad, artefactos capaces de perpetuar una Constitución a pesar de los cambios sociales y políticos. Esto sólo es posible cuando la Constitución es escueta y estrictamente política, en el sentido de definir poderes y atribuir competencias tasadas. No es el caso de las constituciones totalitarias de cariz continental. Aquí, con el tiempo, se ha pasado a regular hasta el último aspecto de la vida humana, a través de principios rectores y derechos sociales y económicos. Es más, como es el caso de CE´78, su carácter constructivista se ha plasmado en rotundas reformas del Estado y su estructura administrativa y política: la España de las autonomías es tan artificial que se ha demostrado incapaz de apaciguar el ímpetu regionalista y nacionalista de unos pocos.

Guste o no, la idea de unidad política y social, la concepción de Estado como su plasmación positiva, y demás pamplinas racionalistas, pivotan en torno a dos conceptos: Nación y soberanía. Atacarlos, cuestionarlos, discutirlos en esa esencia que ha servido para fundar el tipo de orden político que hoy tenemos, es tan necio como grave y peligroso. Si un órgano estatutario, como el Parlamento de Cataluña, amparado en su existencia por una previsión expresa de la Constitución de la Nación española, proclama, no a través de una moción, sino nada menos que en el preámbulo del Estatuto que instituye la autonomía política, jurídica y administrativa de dicha región, que considera inexistente la fuente misma del orden teórico y práctico al que debe su legitimidad, no considero procedente que el TC haya pasado de puntillas aferrándose a la más sencilla y vulgar interpretación jurídica del texto estatutario. ¿Esto qué quiere decir? Muy sencillo: puesto que el TC se ha mostrado durante estos cuatro últimos años, como el órgano político que es (a pesar de su virtual máscara jurídica: en realidad no es poder judicial, siendo su jurisdicción excepcional, ajena e imperativa respecto del sistema general sobre el que sentencia), no podría haber habido otra sentencia esta. Su continuidad, su mera existencia, dependía de ello. Devolverle la pelota a los políticos es lo que ha hecho la señora Casas, no sin el apoyo de la mayoría de sus compañeros.

España no se rompe, pero sí ha entrado en crisis su modelo constitucional vigente. Todos se agarrarán a las cuatro instituciones que ahora forman esa Constitución histórica de la que Cánovas hablara en su día: Trono, Partidos y los coches oficiales. A ellos nos aferraremos mientras dure la turbulencia política. CiU no lo va a dejar pasar, tampoco el PNV en sus esfuerzos por rescatar Euskadi de manos maketas. En el resto de las autonomías cundirá el “yo más”, y España volverá a los taifas. Y será entonces cuando llegará otro de los fetiches patrios por excelencia: la pugna civil. No sé si con rifles, un PSOE guerrillero y menos de la mitad del ejército alzado contra el gobierno civil de turno, pero sí en forma de lucha cainita y ruin entre facciones, entregada a las masas como se suelen entregar estas cosas: con curiosidad y ganas de reconocer debilidades morales, políticas y emocionales, entre esos mismos que en su momento serán potenciales votantes.

La Constitución de 1978 ha muerto. Murió cuando Zapatero dijo que Cataluña sería lo que decidiera el Parlamento de Cataluña, o cuando en medio del proceso de rendición frente a ETA, reconoció soberanía nacional al “pueblo vasco”. Así acabó todo. Un Constitución, la del 78, que como otras anteriores, se hizo para no ser cumplida. Un trámite, una excusa, una bandera no de encuentro, sino todo lo contrario. Todo depende de qué suceda en las próximas elecciones, cómo encare el gobierno quien las gane, y la forma de comportarse del partido que quede en la oposición. Si ganara el PSOE sin Zapatero, es probable que, aunque artificialmente, el régimen resistiera algunos años más. Si finalmente gana el PP, con o sin Rajoy, más pronto que tarde saldrían las hordas criadas y amantadas por Zapatero y los suyos, deseando aprovechar la oportunidad para volver a los 30 y ver qué pasa (confiados en que al final no pase nada, y se salgan con la suya, como púberes hambrientos).

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. ATR permalink
    junio 28, 2010 9:52 pm

    Fantástico artículo, Yosoyhayek. Deberías haber dicho: “España no se rompe…., de momento” . Sé de gente a la que le causa risa esta frase, pero me parece de lo más apropiada. El fallo del TC es ridículo.

    Un saludo

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