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La normalidad es sólo aparente, o sinónimo de vulgaridad

julio 20, 2010

Al hilo de la polémica originada por Pío Moa…

Caminando por la calle de una bulliciosa ciudad como Madrid es fácil percatarse de que son más los rasgos que nos diferencian que aquellos capaces de clasificarnos en un grupo exclusivo o su antagónico. Habitualmente esa es la distinción preferida por el Hombre, deseoso de trazar con facilidad una línea que divida al resto entre propios y extraños, buenos y malos, normales y anormales. La pretensión es ingenua, pero también reflejo de un principio del que difícilmente podemos huir los seres humanos. Son nuestros propios miedos e inseguridades los que nos hacen concentrarnos en aquellos rasgos que unidos o aislados, más certeza proporcionan sobre cierta condición de un individuo. Existen rasgos sencillos, como los que diferencian a los individuos en dos sexos, o aquellos que son propios de la división en razas, mestizajes o sub-razas a la humanidad. Pero hay ocasiones en las que determinado rasgo, aunque posea una fuerza innegable, nos pasa totalmente desapercibido: el orden mental no se corresponde con el físico, y por ejemplo, alguien moreno, de aspecto moruno, pero que creemos español “de toda la vida”, nunca despertará los mismas cautelas o certidumbres que ese mismo rasgo unido a otro u otros, capaces en conjunción de activar el mecanismo perceptivo de que se trate. Los negros quizá nos caigan simpáticos de día y en el centro de la ciudad, pero pueden despertar todo tipo de temores a media luz y una calle solitaria. Cuando entramos en una tienda de chinos confiamos en que no seremos engañados, pero solos en el centro de un mercadillo de Pekín, quizá tengamos cierta sospecha sobre la fiabilidad de los comerciantes que nos acechan. Estos prejuicios son de lo más habitual entre la gente “normal” (en los términos utilizados por Rajoy, Intereconomía o Pío Moa).

Nuestra mente discrimina, y nunca considera todos los rasgos, ni siquiera aquellos que en otros contextos sí serían determinantes en nuestro personal diseño de la situación. ¿Por qué en Madrid nos parece tan sencillo discriminar entre homosexuales y heterosexuales? Es cierto que la tribu gay posee rasgos muy específicos que a nadie se le escapan. También es cierto que muchos homosexuales se comportan de una manera fácilmente reconocible, pero, ¿por qué nos fijamos más en los rasgos que nos dividen en lo que a tendencia sexual se refiere y no en aquellos que distinguen a personas cultas de personas menos cultas, personas educadas de personas menos educadas, personas con estilo de personas carentes de él…? Puede ser curiosidad, o simplemente que nuestra estructura mental aún no considera del todo previsible, regular o “normal” que alguien no aparente ser parte del, por otro lado mayoritario, “grupo” heterosexual. Pero resulta que entre los heterosexuales existen también todo tipo de peculiaridades, muchas de ellas perceptibles en rasgos externos de los individuos. Y sin embargo estos rasgos suelen pasar desapercibidos y no llegan a provocar en nosotros tantos prejuicios “para bien” o “para mal” (según se mire).

La normalidad no debe confundirse con la discreción, aunque los individuos discretos son aquellos que mayor beneficio obtienen de la sensación de “normalidad” en la conducta. Quien no despierta inquietud, quien no hace sospechar sobre determinados aspectos de su personalidad, puede conseguir que los otros centren su atención exclusivamente en aquello que no cause ni curiosidad, ni sorpresa, o lo peor de todo, rechazo. El rechazo procede del prejuicio, y el prejuicio tiene su origen en una mezcla de desconocimiento y temor. La ignorancia genera resortes mentales que saltan a la luz de determinados rasgos personales. No todos los prejuicios son estrictamente lesivos respecto de quien es objeto de los mismos. Hay prejuicios “para bien”, como decíamos, que estigmatizan a las personas sin aparente ánimo lesivo. “Anormalidad” que se asume como algo simpático y respetable, pero que siempre conservará esa definición incluso en quienes más complacencia pública y notoria practiquen respecto de la caracterización de lo “anormal”, o fuera de lo común: esto es lo que sucede con “lo gay”, que no es “lo homosexual”, pero que fácilmente resulta asimilable dentro del esquema simplificador que impulsa a la mente humana a generar pocas clasificaciones de rasgos fenotípicos, a fin de aminorar la dificultad de saber cómo reaccionar ante individuos en los que se intuyen, o creen intuirse, determinados rasgos.

La normalidad es aparente, decía, porque en realidad todos los individuos son “normales” en más del 90% de sus rasgos, hábitos y conductas (vulgares, en realidad). Que nos fijemos más o menos en aquellos rasgos más minoritarios, o que les concedamos toda la relevancia del mundo, como para hacer de ellos el elemento fundamental dentro de la clasificación entre lo que nuestro esquema moral y perceptivo considera normal o anormal, depende de condicionantes culturales y psicológicos. Los primeros se diluyen con el tiempo siempre y cuando no se consoliden prejuicios “para bien”, es decir, que por ejemplo, “lo homosexual” acabe siendo asimilado en “lo gay”, como conjunto de rasgos definitorios de una manera estanca de ser, comportarse y sentir. Los segundos, aquellos que derivan de condicionantes psicológicos, son personales, y dependen más de los propios miedos, complejos, carencias y manías, que de la realidad social en que nos desenvolvamos: es decir, es tan común la existencia del homófobo cultural dentro de comunidades relativamente aisladas y cerradas, como son los pequeños pueblos o provincias, como la existencia del homófobo psicológico dentro de grandes ciudades, como Madrid o Barcelona.

Lo que sucede es que en la sociedad profundamente atomizada que vivimos, los individuos se reúnen en virtud de rasgos comunes que los distinguen de lo común unas veces, de lo vulgar en otras ocasiones (lo “normal”, como vulgaridad, y en este sentido, fuente de rechazo o contraria a la “modernidad”). Hay personas que conceden una especial trascendencia a aquellos rasgos que lo diferencian de la mayoría, y en base a los mismos construye armazones completos que sirvan de reflejo y proyección de dichas maneras, conductas o aficiones. Las tribus urbanas pretenden ser esto, y “lo gay” representa en la actualidad la tribu urbana más definida e internamente plural que hoy existe en las sociedades occidentales. Esto implica que muchos homosexuales concedan a dicho rasgo una consideración determinante, y a sabiendas de que la mayoría heterosexual también lo hace, prefiera el contraataque a la resistencia. Esta postura, que es consecuente y legítima, exagera rasgos, inventa nuevos, para finalmente conseguir la certidumbre que todos necesitan. El heterosexual se autoreafirma en su “normalidad”, y el gay hace lo propio en su “anormalidad” relativa, la cual utiliza como escudo, bandera o mecanismo mediante el cual no tener que dar más explicaciones sobre su tendencia sexual, ni dentro ni fuera del grupo (vulgaridad frente a modernidad, lo común enfrentado a lo extravagante). Las ventajas son evidentes, aunque no todas deseables en términos de libertad individual y ausencia de prejuicios dañinos. Pero el individuo tiende a simplificar su estructura de clasificación, y esa fuerza resulta irrefrenable a fin de cuentas.

La normalidad es aparente, se circunscribe a rasgos concretos, y aunque se haya convertido en un concepto comúnmente utilizado tanto por unos como por otros, continua siendo relativo e irrelevante en lo que a la clasificación general de los seres humanos se refiere. La sexualidad no marca por sí misma una línea nítida e infranqueable que diferencie meridianamente entre “normales” y “anormales” (vulgares y modernos, comunes y singulares). Son otros los rasgos y otras las causas que hacen a una persona o al común de las personas que pertenecen a una cultura determinada, fijarse, concentrarse, o considerar determinante a la tendencia sexual de cada uno a fin de destacar lo normal respecto de lo anormal.

Que se siga manejando semejante dicotomía, o que el término “normalidad” se haya convertido en un recurso en manos de unos y otros, no se debe tanto a que continúen vivos los prejuicios reaccionarios que marcaron antaño la discriminación por motivos de tendencia sexual, como a que la idea misma de “lo normal” se haya convertido en sinónimo de “vulgar”, “simple”, “antiguo”, contradictorio a fin de cuentas con la fe en el mito de un Hombre renovado, liberado de prejuicios y obsesionado con la sensualidad. Quienes se mantienen en la lucha por la conquista de “la normalidad”, son esos mismos liberticidas de siempre, incapaces de comprender que el Hombre es, además de un ser apegado a la certidumbre que trata de reconocer en los demás patrones simples de rasgos y conductas, una fuente de innovación, singularidad y cambio. Hablar de gente normal, criminalizando aquello que no encaje en los simples y caprichosos rasgos elegidos como determinantes de dicha normalidad, es un ejemplo más de incomprensión de la naturaleza humana, colocando el lenguaje y las ideas al servicio de la segregación capciosa y la colectivización violencia de los individuos: lo hacen los promotores de “lo gay”, y lo hacen, por supuesto, los reaccionarios ultramontanos igualmente obsesionados por la sexualidad del individuo, que toman ingenuamente como rasgo determinante de su personalidad y conducta.

Saludos y Libertad!

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9 comentarios leave one →
  1. cilantro permalink
    julio 20, 2010 7:41 pm

    Saludos y gracias por el blog y por el post

    Para mí una discusión se pone interesante cuando se llega a este punto: ¿qué estamos queriendo decir con la(s) palabra(s) XYZ? ¿Hablamos el mismo idioma?

    Aclaro que estoy más próximo a la postura tuya y de Jiménez Losantos que a la de Moa e Intereconomía, pero ello es indiferente para lo que me sugiere el post y toda la discusión. El concepto de normalidad es peludo y tiene más vueltas que un laberinto babilónico. Por un lado está la norma como promedio estadístico, y ya sabemos que a las estadísticas se les puede hacer decir cualquier cosa. Por otra parte está la norma en el sentido legal como reglamento.

    Me pregunto por un tercer significado de lo “normal”: el psicoanalítico freudiano. Lo normal entendido como la condición propia del individuo sano y contrapuesto a lo (psico)patológico, condición del individuo neurótico. La normalidad en el psicoanálisis no es ni mucho menos algo dado sino el resultado de un proceso de maduración personal, a lo largo del cual se han superado los complejos infantiles y las emergencias del inconsciente que lastran nuestra integración en la sociedad. El individuo sano o normal se distingue, según Freud, por su capacidad de trabajar y de amar. Y una parte de la capacidad de amar consiste en la empatía, y tanto más cuanto más diferencias entre sujeto y objeto.

    Está claro que en nuestra sociedad faltan todavía mínimos de respeto y civilidad hacia el homosexual, y también que dentro del ghetto homosexual hay comportamientos excluyentes y petardeo; cada uno puede calibrar el peso de los dos platillos de la balanza, y desde el liberalismo político y filosófico la anécdota que cuenta FJL, sobre el panadero que se tiene que mudar de su pueblo, debería pesar mucho más que el acoso nocturno a un heterosexual en un local de Chueca. En el fondo la hostilidad de ambos grupos tiene un componente defensivo: pero la del homosexual tiene un mayor componente de defensa propia en tanto que supervivencia, y la defensa del heterosexual acérrimo es frente a la aceptación de su propia condición de objeto y sujeto de deseo en relación con los de su sexo. La conservación de la integridad física sin tener que irse del propio pueblo merece como asunto político, a mi entender, un rango superior a la conservación de las nociones adquiridas sobre las relaciones entre los sexos.

    Otra cosa es, claro, que lo antedicho justifique la munificencia de Gallardón dándole a Zerolo nuestro dinero, y la estética de la carrera con tacones para alcanzar el premio del dinero público. Pero hablar de ello ya es más cansino.

    Salud y buenos alimentos.

  2. agustin permalink
    julio 20, 2010 11:27 pm

    Ojo con lo del dinero público, porque el Orgullo LGTB genera decenas de millones de euros para la ciudad de que otra forma no se gastarían. Sobrepasa con creces los gastos de las Administraciones Públicas, que no llegan a los 100.00 euros. El Orgullo Gay se ha convertido en un buen negocio para la ciudad de Madrid y en un evento bienvenido por los hosteleros de la ciudad. Posee beneficios difusos para todos, lo cual, en la ortodoxia del Estado intervencionista, justifica la subvención, porque es una actividad lucrativa, no un dinero a fondo perdido, como ocurre por ejemplo con la mayoría de las películas que reciben ayuda del Ministerio de Cultura. Que alguna organización se apropie de la fiesta y saque partido de ella realizando prácticas próximas a la extorsión consentidas por el Estado es otra historia. Chueca debería autodeterminarse tanto del Ayuntamiento como de las organizaciones LGTB y sus habitantes y comerciantes gestionar el Orgullo como más les plazcan. COGAM sería un participante más, porque no nos engañemos, a estas alturas el Orgullo es un Love Parade a la española.

  3. Espectador permalink
    julio 21, 2010 7:14 am

    Coincido totalmente con Cilantro. La “normalidad” es esencialmente un criterio estadístico, no ético o moral.

    El respeto a las minorías, esencial en toda sociedad libre o que aspira a serlo, no debe confundirse con que representen la “normalidad”, que en si misma no es ni buena ni mala: simplemente es. Casi (insisto en el casi) tan malo como estigmatizar al que se aparta de la norma es pretender que su comportamiento sea el normal.

    Por ejemplo: lo “normal” en España es ver los programas de telebasura, lo cual no significa que sea lo deseable. En el otro extremo, los genios tampoco son normales, por definición, lo mismo que en una clase no todos los alumnos pueden ser “sobresalientes”; pueden ser todos excelentes, pero para sobresalir hace falta un contraste.

    Hemos llegado a la paradoja de que sea políticamente correcto sentir orgullo por ser gay, y en cambio sea un crimen nefando sentir orgullo por no serlo, aunque ello no signifique excluir o perseguir a los que lo son, y de que la persecución de los homosexuales empiece a ser reemplazada por la persecución de los que declaran públicamente no serlo. Las opiniones de todo el mundo, mientras no traten de imponerse por la fuerza, merecen respeto, sean minoritarias o mayoritarias. Otra cosa es que de acuerdo con los diversos sistemas de valores éticos o morales no todos los criterios sean igualmente válidos, como dice el relativismo moral. Pero esa es otra historia.

  4. cilantro permalink
    julio 21, 2010 10:31 am

    Agustín: Sí, ojo con lo del dinero público. La idea que defiendes es que el gestor público conoce los intríngulis de los flujos económicos, y con su intervención, sacando la varita mágica, hocus-pocus, abracadabra, ahorrando aquí gastando allá (casi siempre gastando), sabe cómo mejorar el bienestar colectivo. Lo siento, pero la idea me merece muy poco respeto. En principio el dinero que se han gastado en Madrid los asistentes a la fiesta lo han dejado de gastar en sus provincias de origen, así que va lo uno por lo otro sólo que en contabilidades diferentes. Zerolo y los suyos quedan con el bolso caliente, el Faraón confirmado en su cargo y las arcas un poco más vacías. Desde que el hombre es hombre la fiesta es la celebración, loor y gloria del que manda.

  5. Josualdo permalink
    julio 21, 2010 10:39 am

    Por lo que veo, Moa no plantea la cuestión en términos de “normalidad”, sino en la pretensión de que todas las formas de sexualidad son iguales y valen igual. Verdaderamente es de los pocos que conozco en este país que saben argumentar con lógica, y no enredarse en expresiones emocionales.

    • yosoyhayek permalink*
      julio 21, 2010 9:00 pm

      Esa idea de “valor” referida a la sexualidad suena extremadamente liberticida. La sexualidad en libertad supone que cada uno haga lo que quiera con quien quiera de mutuo acuerdo, y nadie pueda impedirlo aunque lo pretendiera en base a un cálculo de utilidad tan discutible, por ejemplo, como el critero reproductivo: ya lo dijo Esplugas, la homosexualidad no es una barrera para el crecimiento demográfico.
      Saludos!

  6. atroma permalink
    julio 21, 2010 6:41 pm

    Creo que no he entendido bien a pio moa en este debate interesantísimo. Pero lo que yo he deducido no es tan sustancial como lo disgregáis. Y está bien porque se mezclan criterios de profunda reflexión que hacen vivo al debate, y sobre todo imparciales. En un primer punto, pio habla de normal en alusión a la concepción moral del entorno de cada uno. Y no del homosexual como individuo. Bajo ese contenido cuando les comunica a sus padres su condición sexual, la salida del armario vulgarmente, suele producir reacciones variopintas precisamente por no ser lo común. Casi lo normal. Ningún padre se alegra en principio de que su hijo sea homosexual. Y así en su entorno, en sus amistades, y en otros que se acercan queriendo ser comprometidos o complacientes. Por lo que cada reacción de su entorno será distinta, lo cual lo hace no normal.

    El segundo punto es un poquitín más escabroso. Pio no entiende como la selección natural no ha eliminado a los homosexuales. No pueden procrear entre ellos, y su relevo generacional, así como sus postulados, no son inherentes al homosexual. Entonces el sufrimiento por homosexualidad de tiempos pasado no se les puede atribuir. Es decir, no es justo que puedan pedir una compensación por su condición. Y eso es lo que venden.

    es lo que yo he entendido al leer a moa.

    • julio 21, 2010 7:03 pm

      La homosexualidad no es genética, me temo. No desapareció merced de la “selección” cultural, o moral, como tampoco a manos del “constructivismo” social. Me temo también que tampoco llegará a ser la norma en un mundo entregado al sensualismo, y no creo que se convierta en un problema para la supervivencia de la especie humana, si es que quisiera verse en ese sentido.
      La homosexualidad, dices bien, es “poco” común, y “extraña”, y cuando es comúnmente aceptada, puede hacerse como muestra de la tolerancia moral de un grupo humano, o bien como resultado de su espíritu posmoderno. En el primer caso, el homosexual acaba siendo libre y su rasgo singular no termina dominando su carácter (el rasgo “tendencia sexual”, se convierte en uno más de la personalidad del individuo, y el criterio vulgar de “normalidad”, no depara tanto en él como sí en otros rasgos diferentes). En el segundo de los casos, que es el que hoy prevalece, el homosexual acaba recurriendo a la etiqueta, la construcción de un ego distinguido, parapetado tras su “orgullo” y el complejo de los que no son como él. Esta última es la opción más inestable y discontinua.
      Saludos!

  7. cilantro permalink
    julio 21, 2010 10:41 pm

    Josualdo, príncipe de Venosa: El desapasionamiento en su forma de razonar y su ausencia de concesiones a lo sentimental llevó a Pío Moa a coger la pistola en su juventud y matar a un policía durante el atraco a un banco. Y que conste que tiene mi aprecio el hombre, e incluso mi gratitud, y que me perdonen los familiares del policía.

    Si te preguntas por la validez de una idea, consulta primero a tus tripas, C. G. Jung dixit et pixit.

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