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La trampa de los servicios mínimos

septiembre 23, 2010

Asistimos a las pugnas y declaraciones sobre la fijación de “servicios mínimos” para la inminente Huelga General convocada por los sindicatos sin que nos demos cuenta de las implicaciones que tiene esta por todos asumida capacidad sindical de anticipar, vía decreto, el impacto directo del paro en medios de transporte esenciales para la ciudadanía. Sin trenes de cercanías, metro o autobuses, millones de españoles preferirán quedarse en casa y no ir a trabajar, aunque en principio su deseo hubiera sido el contrario. A día de hoy, mucha gente está haciendo planes alternativos de transporte o mentalizándose para no asistir a sus puestos de trabajo, por la simple razón de que los sindicatos tienen reconocida la facultad de imponer a priori cómo su Huelga afectará a un determinado sector. Es decir, vayan o no vayan los trabajadores de metro, renfe y empresas de autobuses a trabajar, UGT y CCOO ya han conseguido paralizar estos servicios. Porque en realidad, aunque dichas empresas pudieran rendir al 100%, entre piquetes y advertencias como la fijación de servicios mínimos, anuncian que les será prácticamente imposible poner en marcha sus instalaciones. Las reuniones de estos días o las cesiones de Fomento, son ya un éxito sindical que debería indignar a esa mayoría de españoles que no quiere hacer huelga (según apuntan las últimas encuestas).

El corporativismo se ha adueñado del Estado, que sin ser corporativo en sí mismo, reproduce hasta niveles terroríficos el modelo estatista de fascistas y nacionalsocialistas. Partidos y Sindicatos copan instituciones políticas desvirtuadas, crean propias y obtienen vía mandato una representatividad artificial. Hay libertad, de eso no hay duda, pero lo cierto es que los cauces son tan rígidos que del multipartidismo al partido único dista poco en consecuencias prácticas. El ciudadano vive atenazado por una mordaza institucional que acaba tolerando, con la que se termina conformando y que, tristemente, es la causa de todo el descrédito y corrupción de las autoridades y representantes públicos. El Estado de hoy posee los rasgos más viles y despreciables de todas las formas de Estado anteriores. Su incentivo, el caramelo con el que nos entretienen, es una mezcla entre libertad del cuerpo y bronca política, traducida en consumismo, ociosidad irresponsable y una libertad de expresión embrutecida, chabacana e ignorante.

Los sindicatos son intocables, imponen su santa voluntad y se garantizan resultados a pesar de la voluntad de la mayoría de los españoles. De este modo todos ganan, ninguno ve comprometida ni su continuidad ni las bases de su poder, y el día 30 de septiembre, aquí paz y después gloria. Ni el gobierno pretende salir victorioso de esta huelga, ni los sindicatos aspiran a ganarla. Es un paso que saben necesario, por aquello de entretener o dar a entender, pero poco más. Está pactada, atada y bien atada.

Saludos y Libertad!

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