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Millonarios piadosos

octubre 1, 2010

El proyecto “Giving Pledge” desembarca en China a la caza de las grandes fortunas que brotan como setas en el gigante asiático. Gates y Buffet t promueven la filantropía entre estos nuevos ricos, tratando de expandir el clásico espíritu altruista y fundacional del millonario norteamericano tipo. Los EEUU son, posiblemente, el país del mundo donde sus habitantes más donan a la caridad y la promoción de proyectos sanitarios, educativos y culturales, sin que el Estado ponga un revolver en sus sienes. Lo obvio es que a todos interesa, y al Estado más que a ninguno, que los ricos inviertan o distribuyan su fortuna en iniciativas presuntamente situadas al margen del interés particular. Lo cierto es estas donaciones no mueven el mundo, ni levantan hospitales completos, universidades o museos. Los adornan, nutren y prestigian, si bien hay contadas pero poderosas excepciones que demuestran el gran acierto demostrado por algunos mecenas.

Pero hay algo que no me termina de gustar en este asunto, y quizá sea la constatación de que para triunfar en el mercado, no hace falta comulgar con todos o con ninguno de los valores y fundamentos que lo sostienen. Muchos de estos millonarios, y me refiero sólo a aquellos cuyas fortunas proceden del intercambio libre y voluntario y el éxito empresarial (*), adolecen de un evidente complejo de culpa por tener tanto mientras otros tienen tan poco. Culpa por vivir, por respirar, por actuar, por acertar, por crecer, prosperar, competir, y lo que es más importante, proporcionar al resto de ciudadanos bienes y servicios que estos desean, necesitan y anhelan, haciéndoles la vida mucho más cómoda, sencilla, productiva y añosa.

Los millonarios son doblemente benefactores. Primero porque sus fortunas proceden del éxito empresarial, y esto es quizá la mejor y mayor contribución que pueden hacer a sus congéneres (*). Y en segundo lugar porque dichas fortunas son gastadas e invertidas en otros bienes servicios o empresas ajenas que igualmente revierten en beneficios para el común de los mortales. Gracias a los millonarios, incluso a su talante caprichoso y derrochón, prosperan las tecnologías hasta hacerse fácilmente accesibles al gran público. Sin sus dispendios todo sería mucho más lento, más caro y menos atractivo. El Estado no puede suplir la capacidad que poseen cientos de miles, millones de ricachones gastanto en barcos, coches, artilugios, tratamientos médicos, etcétera, cuya producción termina por abaratarse hasta extremos bien conocidos. Y lo que es más importante, esta apuesta descentralizada y plural, genera un inmenso volumen de conocimiento relevante que no podría surgir de otro modo.

Si Gates y Buffett necesitan montar esta campaña para pasear por el mundo lo buenos que son y lo concienciados que están, es porque no comprenden demasiado bien el funcionamiento del proceso social y su ya de por sí magnífica contribución al bienestar de todos nosotros. Pero cada uno hace lo que quiere, lo que puede o lo que le apetece, y nunca está de más que el dinero llueva sobre proyectos olvidados. Ojalá así fuera, y con todos esos millones dedicados a la caridad acabasen de una vez con el hambre extremo, el sida o ciertos tipos de cáncer (propósitos que están perfectamente a nuestro alcance). Tantísimos miles de millones invertidos en cualquiera de estos objetivos harían irrelevantes las actuales políticas públicas emprendidas por los Estados, logrando resultados en poco tiempo y de manera mucho más satisfactoria. O bien se está haciendo, o en realidad de lo que se trata por parte de estos millonetis es de vendernos la moto. Porque prometer que en un futuro donarán la mitad de sus fortunas para obras benéficas no quiere decir nada, ni siquiera augura que su impacto vaya a ser positivo para el común de los mortales, o como parecen defender, paliativo de las carencias propias del orden de mercado libre o el intervencionismo estatal. Cada uno tiene sus preferencias, dicho sea de paso, incluso en materia de filantropía y caridad, siendo esta la razón que hace mucho más conveniente que cada millonario decida por sí mismo a qué dedicar parte de su fortuna, más allá de una supuesta e indeseable concentración de las mismas en cuatro o cinco proyectos estrella, con toda seguridad influenciados por ese pensamiento único que decide las prioridades o lo acuciante para la humanidad.

Resumiendo: los ricos decentes, los que son propietarios de riquezas que no proceden del expolio y la esclavitud (los Estados son las estructuras netamente esclavizantes y expoliadoras), por el mero hecho de serlo son ya una muestra viviente del éxito de sus acciones así como de los efectos beneficiosos que éstas han tenido y tienen para todos nosotros; los ricos decentes que además, con independencia de las razones que les muevan, se dedican a ayudar al desafortunado o a promocionar ciertas campañas e intereses, son doblemente loables, pero no por hacer esto último logran expiar, si así fuera, ese sentimiento de culpa tan perjudicial y retorcido que nos acompaña desde el origen de los tiempos recordándonos cada día nuestro pasado más asilvestrado y precario. El triunfador debe ser orgulloso, y su generosidad debe provenir de ese mismo orgullo que lo impulsa a seguir creando y actuando. Quien obra en virtud de la condescendencia o la conmiseración, se disuelve en el miedo y la decadencia del espíritu.

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. Ashigaru permalink
    octubre 5, 2010 5:33 pm

    ¿Perdón?

    Las estructuras más esclavizantes son aquellos estados y aquellas empresas exentos de dar cuentas de sus obligaciones sociales. Una empresa modélica debería cotizar a la baja si maltrata a sus empleados, o contamina más de lo debido. Una empresa sin control se convierte fácilmente en una dictadura. De eso saben bastante en el tercer mundo, y nosotros somos en parte beneficiarios de ello. Puedo asumir la libertad de mercado como estímulo para la producción de bienes y servicios. Pero de ninguna manera creo en la bondad innata de hombre, observen en cualquier documental las relaciones en un grupo de primates y se darán cuenta de que el ser humano no es muy diferente. De manera que en bastantes ocasiones estos empresarios tienen mala conciencia con razón.

    Las inversiones especulativas que no producen nada más que réditos a quién posee como privilegios dinero e información, la suciedad ética del mercado de piedras preciosas y algunos metales estratégicos, la connivencia de transnacionales con gobiernos dictatoriales burlando leyes que las aten, el intoxicador mercado de armas que magnifica contiendas fratricidas… la lista es larga y tenebrosa. Estamos muy lejos de tener un sistema modélico, y pienso que al menos en este caso se hace algo necesario a todas luces.

    Como decía, entiendo la importancia de poder aspirar a más. ¿Pero alguien se ha planteado la necesidad de limitar la propiedad privada? Y no estoy hablando de comunismo. Estoy hablando de que la concentración de riqueza en unas pocas manos está llevando a la paradoja de que muchos dependen de la buena voluntad de unos pocos. Sin posibilidad ya de valerse por si mismos, sin poder por tanto aspirar a más. Eso es una vergüenza y un insulto a la dignidad para cualquiera.

    Por desgracia, mucho ha de andarse para que llegue el día en que ya no sea necesario que estos ilustres muestren su cara amable.

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