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Oh, Milagro!

octubre 24, 2010

El suplemento dominical de El País dedicado a negocios y economía celebra con un más que discutible buen criterio lo que desde hace más de dos décadas lleva sucediendo: los países emergentes crecen más que los ricos. Esto se traduce en individuos con más poder adquisitivo y mejor calidad de vida. En China, por poner un ejemplo, la clase media crece sin freno y representa ya una población superior a la de los EE.UU. Y no se trata de algo excepcional porque la mayoría de los países asiáticos, sudamericanos y africanos crecen ya muy por encima de las potencias económicas tradicionales, haciendo de sus poblaciones sustancialmente más ricas y prósperas cada año.

Lo que duele es comprobar el pasmo, o peor, un asombro cuasi revanchista de mera pose y sin teoría con la que fundamentar un discurso riguroso y coherente, con el que se relatan los hechos por el periódico progresista de la mañana. Nada se dice de las terribles campañas contra ese chivo expiatorio llamado “globalización”, ni la constante referencia a la necesidad de subvencionar, de cooperar, de trasladar a los países en vías de desarrollo un pedacito de nuestro Estado de Bienestar. Cuando el mercado ha hecho infinitamente más por los pobres del mundo que el fetiche redundante y propagandístico del 0,7%, conviene desviar la atención recurriendo a lo accesorio, echando mano de los filones demagógicos que mejor pueden adornar un discurso progre sobre los éxitos de la libertad individual.

Lo cierto es que en todo este proceso de crecimiento económico mundial, concentrado especialmente en los países tradicionalmente más pobres, abundan muchas cuestiones que en apariencia, sólo en apariencia, podrían distorsionar ligeramente una explicación estrictamente liberal sobre las causas del “milagro”. No ha sido un movimiento moral lo que ha traído estas magníficas consecuencias. Y quizá sea eso lo que más descoloque a quien pretende verlo todo desde el típico complejo izquierdista y limitado. Son los impulsos humanos, el irrefrenable deseo de conseguir ganancias, de crecer, conocer más, descubrir oportunidades, y todo ello para satisfacer fines estrictamente personales (sean estos más o menos egoístas, más o menos altruistas) lo que ha movido y mueve la economía mundial. Materias primas, nuevos mercados, mano de obra más barata, ventajas comparativas en términos de barreras comerciales o regulación administrativa, todo ello son los mimbres del crecimiento espectacular del que la humanidad entera nos hemos beneficiado en los últimos veinte años. Porque si algo debemos aclarar en nuestras mentes es que no se trata tanto de que China crezca más que los EE.UU, sino de que una economía global se expanda, genere conocimiento y se aproveche de la perspicacia empresarial de todos nosotros, lejos de la idea de guerra comercial o comprensión en bloques o ámbitos. Poco a poco el ímpetu comercial de los seres humanos de cualquier parte del planeta tenderá distribuir la riqueza de la única manera justa concebible: la que tiene como origen exclusivo la libertad en los intercambios.

El reportaje de El País habla con regocijo de un futuro donde los EEUU dejarán de ser primera potencia, donde “los viejos imperios” dejarán pasos a nuevos focos de poderío y dominación. Como si esto fuera posible, como si el desarrollo económico no fuera absolutamente incompatible con poner al mercado a los pies del Estado, el redactor deja vislumbrar sus manías y obsesiones, pero ante todo, su falta de teoría. Cuando nos centramos en lo anecdótico y en torno a ello tratamos de construir explicaciones que reafirman nuestros prejuicios, no estamos haciendo favor alguno a quien nos lee. En vez de criticar la más que evidente guerra de divisas con la que los diferentes Estados pretenden conseguir ventajas los unos frente a los otros, en su esfuerzo por superar esta crisis, o sacar un mayor beneficio de la crisis que otros padecen, se comenta sin más. Y es que siguen siendo barreras como esta, o como la que se apunta en el comienzo del reportaje, aludiendo a la inmigración y las políticas que tratan de contenerla y restringirla, los mayores obstáculos para que los seres humanos que habitamos y habitaremos este planeta seamos cada vez más y más ricos (sin excepciones). El libre mercado no es un mito, porque su consistencia práctica se resume en una simple consigna: ausencia de intervención y función empresarial. A pesar de los obstáculos, aun cuando entre los Estados continua vivo el proteccionismo, la hostilidad y la redistribución interna de la riqueza, la globalización está siendo todo un éxito del que cada vez más individuos nos beneficiamos. Sé que esto es difícil de asumir por quien lleva otros 20 años reinterpretando la realidad y adaptándola a su cerrazón socialista, pero lo curioso es que sea ahora, cuando los hechos no dejan lugar a contradicciones, cuando pasen del negacionismo al cómodo comentario desde una calculada indiferencia que sólo deja paso al furor cuando se entrevé un motivo de mofa o crítica a alguno de los tradicionales fetiches del anticapitalismo. Así de triste y de ridículo es el reportaje de hoy en el especial dominguero de El País.

Saludos y Libertad!

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