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Ciencia y opinión

octubre 27, 2010

No es muy común, aunque a veces sucede, que un opinador profesional, un lego en la materia con vagas nociones y poca profundidad en los conceptos, se aventure a comunicar una impresión, un mero juicio de valor sobre conclusiones propias de las ciencias naturales. Cuando esto sucede saltan todas las alarmas y el opinador, generalmente, es tachado de ignorante y poco riguroso. Esto, que es una consigna en el mundo de lo “natural”, no es ni siquiera una regla de cortesía para con los doctos del mundo “social”. De hecho, y dada la terrible confusión en la que se encuentra desde siempre el Hombre en su esfuerzo por comprender e interpretar los fenómenos sociales, pocos de los llamados científicos en este campo evitan confundir ciencia con opinión, distrayendo así la atención del que debería ser su único empeño.

El científico natural presume porque sus hipótesis falsadas, normalmente, tienen una aplicación práctica demostrativa. Sin embargo, el científico social que conjetura sobre determinadas cuestiones, rara vez logra controlar sus conclusiones fundamentales. Es más, aún en el caso de que consiguiera llevarlas a la práctica, la demostración en sus justos términos se hace imposible o infructífera, resolviéndose sin remedio que el suyo es un campo tan incierto que no merece la calificación de ciencia. El mito de la exactitud de las ciencias naturales, es eso, una simple apariencia. Fenómenos que son menos complejos permiten engañar a nuestra mente con resultados prácticos objetivamente notables, pero que en realidad esconden la evidencia de un conocimiento imperfecto, inexacto, del que surgen nuevos problemas, y en cuya profundización siempre crece la complejidad de los fenómenos, requiriendo por tanto un tratamiento mucho más amplio y cuidadoso. En este sentido, la física, la química o la biología, se preocupan del estudio de fenómenos cuya complejidad sólo acaba convirtiéndose en un verdadero obstáculo para la confianza del investigador en sus propios aparatos metodológicos y epistemológicos, cuando ha dejado tras de sí la aparente confirmación de innumerables teorías capaces de proporcionar aplicaciones espectaculares que todos disfrutamos.

Las ciencias sociales, sin embargo, tienen un objeto de estudio mucho más complejo, y no sólo eso, al tratarse de asuntos sobre los que política y moral tienen tanto que ver, resulta dificilísimo deshacerse o evitar los juicios de valor, las opiniones y el dogmatismo.

Uno de los mitos que todavía muchos creen favorable al dominio de las ciencias naturales es el método inductivo. De acuerdo con esta opinión las teorías surgen tras la observación de unos hechos de los que llega a inferirse cierta regularidad de la que nace una hipótesis. A continuación, tras comprobar las dificultades que surgen al aplicar este proceso al ámbito de lo social y la conducta humana, optan por negar la categoría científica a este tipo de estudios, considerándolos tan discutibles como opinables, y así, sometidos a los juicios de valor y las ideas políticas. Pero la realidad es bien distinta, porque ni las ciencias naturales avanzan o se caracterizan por ser inductivas, ni lo social o la conducta humana impiden un conocimiento de tipo científico, es decir, riguroso, controlable y verificable. El método científico, en cualquier caso, es de tipo deductivo. La hipótesis, fruto de la imaginación compositiva, de teorías previas, o del a priori consciente, es anterior a su la contrastación con los hechos. Es más, la misma elección de hechos y circunstancias, o su relevancia en el proceso de falsación, responden a un criterio predeterminado por la visión previa de las cosas que tengamos. Nuestra mente no puede operar de una manera distinta, ni siquiera cuando los hechos se nos presentan con aparente claridad, o las regularidades son externas, naturales, y creemos entreverlas con sencillez. La ciencia es ante todo una actitud, una manera de conjeturar, de criticar nuestros propios prejuicios, de mantener abierta la posibilidad de falsar incluso los principios que nos resultan inamovibles. Así avanzamos tanto en el estudio de los fenómenos físicos como en el de los fenómenos sociales. La diferencia entre unos y otros radica en su complejidad, en la profundidad de ésta y el punto en el que, en cada ámbito, los problemas van exigiendo un tipo de investigación mucho más abierta e hipotética. Fantasía e imaginación en la dosis y en los cauces oportunos, así es como crece el conocimiento científico (Einstein dijo algo parecido, y es el mejor ejemplo de cómo un científico natural, con la actitud correcta y el rigor deseable, pecó de constructivista en lo social apoyando al socialismo).

Tristemente, las ciencias sociales han ganado para sí una mala fama bien merecida. La mayoría de los que dicen cultivarlas o bien las niegan construyendo teorías imposibles de someter a controles, ajenas a la explicación de los fenómenos reales, o caen en el complejo que les provoca el éxito técnico de las ciencias naturales, tratando de aplicar erróneamente una idea distorsionada del método que les atribuyen, como coartada que justifique su propia contaminación ideológica en los resultados pretendidos (cientismo). Es por ello que la opinión domina en estos ámbitos, y que no exista opinador que no esté dispuesto a departir con vehemencia sobre cuestiones “técnicas”, prácticas, derivadas de las conclusiones “científicas” del estudio de lo social. Cualquiera tiene una opinión al respecto (y esto no es malo, siempre que se someta al proceso científico de falsación, posea controladores o no preste un servicio ideológico); todo el mundo se enzarza en peregrinas discusiones que ignoran por completo el estado real del avance científico en la materia. Sirviéndose de las teorías más acordes con sus ideas y valores morales o políticos, defienden así la incontestabilidad de sus posiciones, e incluso el relativismo absoluto, eso sí, desde la arrogancia del nihilista. Ignoran por completo la entidad de los fenómenos que dicen comprender, concluyendo auténticas barbaridades indemostrables. No se trata de batallar en el campo de lo científico con armas estrictamente ideológicas, porque al hacerlo lo normal es que el prestigio de las ciencias sociales acabe por los suelos. A esto es a lo que nos hemos acostumbrado durante los dos últimos siglos, donde sin embargo, multitud de pensadores han demostrado un ímprobo esfuerzo por conocer, por profundizar, por demostrar sus hipótesis y avanzar dentro de programas de investigación solventes y rigurosos. Lo triste, como decía, es que la política y la opinión hayan despojado de su merecido reconocimiento a las ciencias sociales, centrando la atención prácticamente en exclusiva en quienes han sido y son capaces de justificar casi cualquier cosa apelando a una categoría epistemológica que le es impropia. De esta manera, al servicio de las ideas, de los movimientos políticos, de los valores y la moral, han quedado relegadas las ciencias sociales, volviéndose cada vez más superficiales, víctimas del complejo, el desprestigio y la manipulación.

No deberían mis palabras ser tachadas de precisamente lo contrario de lo que defienden. Este comentario no trata sobre teorías, sino sobre método y actitud, sobre la imperfección del conocimiento y la corrupción de la ciencia, los errores y los requisitos ineludibles que toda hipótesis ha de cumplir para dejar de ser mera ilusión, simple fantasía.

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. Iván Moreno permalink
    octubre 28, 2010 9:32 pm

    Me gusta tu definición de ciencia. Renuncia a la existencia de criterios de demarcación ciencia – fe objetivos, pero es la única razón de dar un valor real al carácter científico.

    La ciencia tiene valor en el momento que es crítica y se convierte en rechazable cuando renuncia a escuchar las posibles refutaciones.

    Eso sí, hay que darse cuenta, de que esto abre la puerta a la existencia de una fe de carácter científico. Aquella que se plantea la fe desde un punto de vista crítico (y científico por tanto), sin dejar ni un momento, de valorar las posibilidades de que la fe sea errónea.

    Un saludo

    • octubre 28, 2010 10:06 pm

      No lo digo yo, lo dijo Popper, y otros muchos antes y después de él. Lo importante es la consistencia de la hipótesis y su falsificabilidad, que el enunciado posea controladores, elementos que permitan someterla a ser refutada, como bien dices. El conocimiento nace siempre de la confrontación con ciertos hechos de teorías, conjeturas, que son previas, a priori, y que se incorporan al resto de conocimiento anteriormente falsado, resistente siempre de manera provisional. Es un proceso, no existe la perfección, y lo importante es tener presente cierta actitud, un método efectivo, y exigir en las hipótesis unos requisitos que permitan incluirlas aunque sólo sea en un mundo de lo pre científico. La fe es otra cosa, y su distinción del conocimiento científico resulta cada vez más evidente a medida que avanzamos en la comprensión de los fenómenos seculares, que son los preocupan a la ciencia.
      Saludos!

      • Iván Moreno permalink
        diciembre 17, 2010 9:46 am

        Llego muy tarde y de casualidad a tu respuesta ;). Pero bueno, dejo un comentario por si acaso:

        Popper sí propone un mecanismo de demarcación. Su definición de proposición científica no depende de la actitud del que propone, sino de la propia proposición.

        Me encanta el criterio de demarcación popperiano. Desde mi punto de vista el único válido.

        Tu definición de ciencia como actitud sin embargo permite evaluar la ciencia desde un posición moral. Es otro enfoque, muy útil para evaluar teóricamente proposiciones, e incluso para incluir dentro del carácter de espíritu científico a consideraciones que quedan fuera del ámbito Popperiano… pero no permite trazar ninguna frontera definitiva entre ciencia y fe. Para eso o Popper o nada.

      • diciembre 17, 2010 3:04 pm

        Bueno, quizá me haya dejado llevar por la parte de mera actitud, pero se entiende que comparto lo que dices de la demarcación popperiana. Aunque no creo que él estuviera muy de acuerdo con tu “o Popper o nada”, no crees? 😉

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