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El Alfabeto revisado

noviembre 5, 2010

Por el poco cuidado que ha habido en evitar la coincidencia de noticias, me temo que no hay conspiración alguna, que los apellidos y el alfabeto no están siendo objeto de revisión víctimas de una perversa conspiración femi-progre-yeyé. El caso es que nos cambian muchas cosas en un tipo de reglas no son sino esfuerzos por organizar, articular y sistematizar instituciones tan espontáneas como el lenguaje y la familia.

Porque en el fondo se trata de eso, de organizar muchas veces por el mero hecho de creerse artífice de una realidad institucional práctica. Resulta que si los niños aprenden en la escuela que la i griega es ahora , o que “solo” se queda sin tilde para diferenciar sus posibles usos, o que cuórum dejará para siempre de escribirse con “q”, no serán por ello víctimas de una agresión de tipo constructivista orquestada por arrogantes e ingenuos filólogos. La ortografía y la gramática son representaciones inteligentes de lo que se intuyen como reglas propias del lenguaje. Son alternativas y contingentes, van siempre por detrás de los usos prácticos y pocas veces se convierten en medios eficaces para la introducción de novedades. Lo que hace la RAE es tan defendible como discutible, debe estar sometido a crítica y no creo que merezca un ataque proveniente en exclusiva desde el lado de la mera opinión. Aprovecho la ocasión para emplazar a ATR, que es una meticulosa filóloga, para que evalúe los cambios propuestos.

Pero qué curiosas son las cosas, que justo cuando arrecia la polémica sobre la propuesta reforma de la ley del registro civil, en lo que respecta al orden de los apellidos y la regla supletoria que impera, se anuncia la alteración de esa regla que iba a servir como referente objetivo y “justo” con el que fulminar el remanente patriarcal que aun nos queda. Llevamos 10 años con la libertad de decidir sobre el orden de los apellidos de toda la prole que tengamos en común con otro progenitor: una vez se opta por uno como primero, y otro como segundo, en los hijos comunes la regla no puede alterarse. De lo que se trata es de cuestionar la regla supletoria, aquella que impera en ausencia de pacto entre las partes. Una cuestión de orden público, u orden civil si se prefiere, con la que todo sistema de Derecho debe contar. La cuestión es si la regla que ahora existe es o no compatible con la actual cota de libertad y consideración individuales. La igualdad civil entre sexos está fuera de toda duda, y dado que hasta el momento todos tenemos un padre y una madre, puede interpretarse que conservar, por mera tradición, una regla supletoria de carácter que prima el apellido del padre, resulta improcedente. Y en eso creo que está gran parte de la opinión pública, que más por el hecho de promover su reforma, ha caído en la vacuidad de una frívola polémica, por la elección de la regla alternativa, que venga a sustituir la ya existente. El alfabeto es en sí mismo una regla ajena al hecho particular de apellidar a un recién nacido. Pero su elección compromete a priori las posibilidades de muchos individuos de que la norma premie a sus apellidos. Si se sigue en orden descendente, acabarían dominando los Alonso, Álvarez y García, sobre los Zumalacárregui, Zapatero o López. Si todas las parejas fuesen desavenientes en cuanto al apellido de sus vástagos, unas letras acabarían por desbancar a otras, en una tendencia hacia la “a” que en pocas generaciones provocaría una grave confusión de nombres entre los españoles.

Y es aquí cuando nos topamos con una de esas “consecuencias no queridas” de toda intervención. En realidad, la acción humana, siempre orientada a la persecución de un fin, genera consecuencias deseadas, pero también no intencionales, entre ellas, todas aquellas que acaban conformando las instituciones sociales. La regla de los apellidos no es tan sencilla como pensamos, y aunque podamos intuirle un sesgo patriarcal (o matriarcal, como sucede en Portugal, por ejemplo), el conocimiento que arrastra, las pruebas superadas a lo largo de innumerables generaciones, afirman que la actual regla no es tan irrelevante como nos pareces. Se trata de una pugna entre abuelos (o de abuelas, en el caso portugués), que consiguen propagar su apellido solo si uno de sus hijos varones (o hijas) tienen a su vez descendencia masculina (o femenina). Esto permite que exista variedad de apellidos, que necesariamente no se extinga ninguna línea, que no dependa tanto de una regla inerte como es el alfabeto y su orden (ascendente o decreciente), como de una cuestión de auténtica aleatoriedad. Si se piensa con detenimiento veremos que esta intervención, este cambio, adopte una nueva regla de un tipo u otro, generará consecuencias manifiestamente contrarias al sentido institucional del orden de los apellidos: no sólo ligar estirpes y hacerlas reconocibles, sino también mantener cierta variedad de apellidos que impida que todos acabemos siendo Alonsos, o Zapateros, es decir, que sean muchos los españoles con el mismo nombre seguido del mismo apellido.

Saludos y libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. noviembre 5, 2010 6:38 pm

    Un apunte. Si os dais cuenta, hasta fecha la inmensa mayoría de la gente cumple la norma supletoria (apellido paterno en primer lugar), mientras que sólo el 2% se acoge a la libre elección, colocando delante el de la madre. Esto sucede porque todos consideramos no problemático o no conflictivo el orden de los apellidos. Su carácter tradicional nos hace verlo con “normalidad”, casi con inevitabilidad, se cumple y punto. Sin embargo, desde el momento en que nace la polémica y se introduce una mala regla (por las razones que he explicado antes; las hay mejores, como un simple sorteo entre los dos primeros apellidos de ambos progenitores), y brotan los conflictos en este sentido: quien tenga un apellido que alfabéticamente esté por delante del primero del otro progenitor se verá muy tentado a imponer su propio apellido, porque en cualquier caso, bien por acuerdo o sin él, su apellido triunfará. Es decir, surgirán más conflictos de los que ahora hay y tenderán a dominar los apellidos con inicial más próxima a la A. Resultado, el que alertaba en el post, y además, tensión añadida para algo que, hasta ahora, estaba perfectamente resuelto. Y no digo que la regla actual sea la mejor, pero sí la que menos problemas trae y la más razonable de entre las muchas que se nos pudieran ocurrir. Si quieren cambiarla, que impongan el matriarcado, o el patriarcado en años impares, y el matriarcado en años pares, no sé…
    Saludos!

  2. inxs5000 permalink
    noviembre 5, 2010 8:08 pm

    El problema con los apellidos es que realmente no hay apellidos maternos, son todos paternos, el apellido de la madre es el apellido de su padre, y así en regresión hasta el primero.
    Ello es así porque la función del apellido es dejar clara la filiación paterna, dar el apellido era reconocer la paternidad, a falta de análisis de sangre o de adn que no existían. Yo no sé si esto lo han tenido en cuenta los perpetradores de la “reforma” legal, aunque no me extrañaría, y que estuviera en consonancia con los propósitos de marginación de la influencia paterna sobre los hijos de los grupos pogres y feministas.
    Realmente en la costumbre de los dos apellidos española no hay un cierto feminismo, mas bien se trata de dar satisfacción a las líneas familiares que se unen, es decir, a los abuelos (hombres), pues son sus apellidos.

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