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La bancarrota total

noviembre 11, 2010

Lula dice que “si todo el mundo vende, ¿quién va a comprar”, para después introducirse en un torrente de elucubraciones, algunas con sentido, otras sin él, pero todas coincidentes en un lamentable aspecto: son el reflejo de un error de diagnóstico, la falta de una buena teoría que ayude en la comprensión de los fenómenos relacionados con la crisis económica. Está bien que se denuncie la conocida como “guerra de divisas”, incluso que se rechace el proteccionismo y se pidan soluciones globales para un mercado cada vez más global. Al margen de todo esto, qué más podemos esperar de Lula (o del resto de los asistentes a la cumbre del g-20).

La actual crisis económica se debe, básicamente, al efecto masivo de redistribución de la riqueza que conlleva la mera existencia del dinero fiduciario y la consiguiente manipulación de tipos de interés y cambio. La expansión del crédito moviliza recursos, incluso en contra de la voluntad de sus legítimos propietarios, cuyas preferencias son obviadas merced del inflacionismo voraz y el crecimiento constante de la oferta monetaria. Se produce un sobredimensionamiento de determinados sectores, una afluencia masiva de recursos hacia ámbitos muy concretos, y los precios de algunos activos se disparan en términos relativos provocando desajustes que, inevitablemente, terminan revirtiendo en forma de crisis económica. La clave de todo esto radica en el poder de distorsión y manipulación de señales libres de mercado que tienen en su mano los distintos Estados. No se trata de evaluar en términos agregados qué “economía”, qué país, es responsable en mayor o menor medida de la puesta a disposición de infinidad de recursos en forma de ahorro, o qué país se dedica a consumir por encima de su propia capacidad como productor (pasada, presente o futura). La relación global entre ahorro y consumo, o el destino que tenga la oferta (y la demanda) de inversión a nivel mundial, no son por sí mismas variables que, en un mercado libre, conduzcan a situaciones de grave distorsión o anomalía. Lo que es determinante es el efecto redistribuidor y distorsionador de las señales espontáneas del mercado que tienen las intervenciones sobre la oferta monetaria, los tipos de interés o el cambio entre divisas nacionales.

Por todo lo dicho, la bancarrota de la economía mundial, cuanto más globalizado esté el mercado común, y menos barreras existan a modo de fronteras nacionales o regionales, dependerá en todo caso de la capacidad de los agentes localizados en cualquier parte del planeta, de sanear su particular situación, sacrificar lo que tengan que sacrificar, y regresar con ingenio y perspicacia a un mercado donde todos ofertamos bienes y servicios como medio para poder consumir en el presente o en el futuro (lo que pide Lula es que se concierte quiénes deben consumir hoy -intercambiando su producción pasada, presente o futura por bienes presentes producidos en países emergentes- y quiénes mañana -generando ahorro con el que soportar proyectos de producción de bienes futuros, con la consiguiente generación de demanda de factores productivos, incluidos trabajadores-, interpreto). Toda manipulación que trate de atajar el necesario ajuste a través de devaluaciones, agónicas expansiones crediticias, o la mera intervención de los Estados como todopoderosos agentes de gasto e inversión arbitraria previo expolio de sus ciudadanos y saqueo de las fuentes de ahorro a nivel mundial, supondrán obstáculos para la recuperación, y al mismo tiempo, sentarán las bases de la siguiente crisis.

Repito, el problema de Lula, como el del resto de asistentes a la cumbre del G-20, es que no entienden que por fin la magnitud de una crisis ha dejado negro sobre blanco la incapacidad que tienen los Estados, pese a toda su maquinaria de regulación y redistribución de la riqueza, utilice la política monetaria o la fiscal, devaluaciones, monetizaciones de deuda o el hundimiento artificial del tipo de intervención de sus bancos centrales, nunca logrará su objetivo de recuperación al margen de la libertad de un mercado poco o nada intervenido. Es por ello que las únicas recetas válidas para todos, emergentes o no, son idénticas y no admiten matices: equilibrio presupuestario, liberalización de mercados, estabilidad monetaria y apertura comercial. Sólo así podremos los hombres y mujeres que habitamos este pequeño planeta evitar que se sigan cometiendo errores, que se siga invirtiendo mal, dilapidando riqueza o impidiendo los cursos de acción que pudieran demostrarse como más exitosos y eficientes. No hace falta reunirse tanto ni hablar sobre lo que ignoran: más mercado y más libertad, esa es y será siempre la receta que más se ajuste al conocimiento científico que hasta ahora se tiene sobre los fenómenos sociales y económicos.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. kokoliso permalink
    noviembre 11, 2010 9:08 pm

    Muy buena exposición, pero pedirles a los jefes de gobierno que dejen de manipular las divisas y los mercados, es como pedir a un yonki que deje la droga. Sólo lo harán si les obligan, desde fuera, y para entonces estaremos todos muy mal ya que ellos son los últimos en sentir las consecuencias de las crisis.

    Lo único bueno que he visto últimamente en este sentido es el intento británico de prohibir la banca con reserva fraccionaria. Y ciertos rumores de vuelta al patrón oro. Quizá hagan falta 10 años de crisis antes de que den su brazo a torcer.

    • noviembre 11, 2010 9:18 pm

      Pero si te fijas gracias al EURO hemos conseguido cierta disciplina, y como dice Huerta de Soto, ya no podemos devaluar cada uno por nuestra cuenta. Ya, ya sé que también el EURO ha provocado muchas de las distorsiones que han generado esta crisis, sobre todo en España, pero me alegro de que, dentro de lo que cabe, las manos de gobernantes como ZP y otros no estén del todo libres para cometer errores gravísimos que todos pagaríamos. Si Alemania resiste y aquí hacemos el ajuste y las reformas necesarias, puede que sea esta la última oportunidad que tenga la vieja Europa. Por soñar, que no quede.
      Saludos!

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