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La “Inflación” universitaria

noviembre 12, 2010

El mito del “joven” resurge con fuerza gracias a nuevas causas que lo impulsan a convertirse en el vándalo del siglo XXI. Movimiento que en Francia y Reino Unido ha empezado a tomar forma y lleva el camino de transformarse en sacudida continental. En el centro de la cuestión, la insostenibilidad de un Estado hipertrófico. Pero como causa subyacente, que muy pocos se atreven a señalar, las profundidades de una crisis moral e ideológica de gran complejidad. Ideológica porque las bases de la metafísica socialista se han demostrado, más allá de su falsación abstracta, terriblemente fallidas. Moral, porque quizá la consecuencia más alarmante generada tras largas décadas de dirigismo y socialdemocracia, sea la asfixia moral de los individuos que la padecen, condenados a una doble modalidad: la del posmodernismo subversivo, por un lado, y la del conformismo intransigente o idealista, por otro.

El mito socialdemócrata justifica el expolio o la intromisión en las decisiones libres de sus ciudadanos, en una sacrosanta consigna de bienestar universal. Bienestar convertido en un banco con tres patas: la seguridad, la impunidad y la igualdad. El acceso a una educación sin precio aparente, destinada al común de los ciudadanos de un Estado, sobre la ingenua aspiración de corregir los desequilibrios materiales, incluidos muchos de los que son materialmente ingobernables, se ha demostrado como la empresa socialista más decepcionante y de peores consecuencias. En primaria la pedagogía dominante, bajo el halo de la teoría del psicoanálisis, opta porque los niños crezcan sin sentir el peso institucional, o se descarta casi por completo el método de inculcación del conocimiento, por considerarlo opresivo y excesivamente “cultural” (hoy reina la educación contracultural). La secundaria se concibe como un tránsito entre la niñez y la postadolescencia, que tendrá lugar durante la veintena, que es donde el individuo debe “realizarse”, incluso a costa de su propio porvenir. Siguiendo este esquema, la universidad es el nicho ecológico de la juventud. Quienes no alcanzan el limbo del estudiante modelo, son considerados representantes del fetiche llamado “fracaso escolar”. Pese a los intentos por recuperar la dignidad de la formación profesional, los efectos de la ideología descrita no hacen sino estigmatizarla por completo, siendo uno de los motivos que ha llevado a infiltrar determinadas titulaciones dentro del seno universitario. Resultan perfectamente identificables evaluando su carácter accesorio, práctico o acientífico.

La juventud perpetua se reafirma en la universidad, y más allá de sus confines, en la conservación de alguna parte del “estilo de vida” universitario. Para conseguir que cada vez más individuos tengan acceso a esta factoría de “jóvenes”, resulta indispensable afrontar tres contundentes decisiones: primero, derruir el espíritu de elitismo intelectual que venía caracterizando a la Universidad, segundo, ampliar la casta profesoral e impermeabilizarla o, al menos, jerarquizarla, y tercero, inflamar la cantidad de recursos y expandir el espacio disponible para que la masa universitaria rebose incluso sus propios confines materiales.

El Estado redistribuye masivamente la riqueza de sus súbditos creando la sensación de que de otro modo sería imposible proveer con carácter universal y garantizar unos mínimos de calidad al acceso de cualquiera. Que la educación o la sanidad se hayan convertido en los ámbitos más intervenidos y sometidos al gasto público, no tiene nada que ver con se trata de bienes o servicios que tengan atributos singulares. Los bienes públicos son un conjunto político, no económico. Existen porque son creados, no porque resulten inevitables. Los bienes públicos son, por tanto, un conjunto vacío, o vaciable. Esto implica algo fundamental: estos mismos bienes y servicios pueden ser proveídos de manera mucho más eficiente en un mercado libre que bajo el dominio de una organización dedicada al dominio irresistible en esas parcelas del proceso social. El argumento socialista solo resiste en cuanto a su vocación universalista y de calidad garantizada. Pues bien, los hechos son tozudos, ninguna de las dos consignas ideológicas que legitiman la intervención del Estado, resisten el contraste empírico. La realidad de hoy es que, a pesar de la puesta a disposición de “la sociedad” de una cantidad suficiente de producto (en forma de decenas de universidades, cientos de titulaciones, miles de profesores e innumerables instalaciones) no logra evitar que las listas del grupo de “los fracasados” (voluntarios o no) no parece crecer, pero es que además, la mera introducción en el mundo universitario no garantiza nada, y sigue siendo una minoría, la más brillante o la más acaudalada, la que consigue aprovechar las oportunidades del sistema. Es por ello que carece de rigor argumentar que un mercado libre educativo no lograría integrar a tantos alumnos permitiéndoles tantas oportunidades.

Por lo que protestan en Reino Unido es por la subida de tasas. Con ello se pretende ahorrar. Si, además de esto, se mejorasen las becas y el rigor en sus procesos de selección, parece razonable que muchos ciudadanos crean que el sistema mejoraría en todos los sentidos: presupuestariamente, y en la excelencia de los titulados. Otros piensan, también con su fondo de verdad, que subir las tasas, sin que cambie nada más, acabaría llenando las universidades de ricos, contribuyendo así a que la sociedad se dividiera aún más en clases compartimentadas. Este último argumento, de tintes marxistas, no introduce en su juicio más elementos que los que convienen a la conclusión que pretenden, y por lo tanto, no permite ser falsado con la experiencia, ni controlado a partir de otras teorías. Como todo lo que suena a marxismo, adolece por completo de carácter científico.

Un mercado libre no es un mercado “privatizado”, y menos aún un no-mercado, o diseño inteligente, definido a partir de principios que, aun siendo distintos a los que concluyen el actual modelo de educación socialdemócrata, son igualmente limitados, no competitivos y, por tanto, estáticos e incapaces de promover el descubrimiento de nuevo conocimiento relevante como impulso dinámico eficiente. En resumidas cuentas, estas alternativas, suban tasas o exigencia, son igualmente sinópticas y inadecuadas para los fines que ellas mismas pretenden.

Saludos y libertad!

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3 comentarios leave one →
  1. atroma permalink
    noviembre 12, 2010 8:01 pm

    No es exactamente así. Las tasas no se pagan cuando accedes a la universidad, sino cuando finalizas tus estudios, encuentras trabajo en tu especialización, y ganas más de 21000 libras al año. Eso, por supuesto, no lo dice el país. Que por cierto, esa tasa la coloco el partido laborista. Y quien ha pedido la subida de la tasa no es el partido conservador, sino el partido liberal de Nick clegg. ¿Y dónde van los vándalos a manifestarse? La misma historia de siempre.

    Lo que sí que ha hecho camerón es bajar las becas a las universidades, y subir los ingresos al año para la pagar las tasas. Estaban en 15 mil y camerón los puso en 21 mil.

  2. etrusk permalink
    noviembre 14, 2010 10:21 pm

    Nunca entendi porque la educacion universitaria gratis es justa.

    La educacion universitaria pagan con sus impuestos los millones de obreros, fontaneros, dependietes, mujeres de limpieza, albaniles, etc.etc.etc es decir la mayoria son de las clases bajas. De la universidad salen unos ingenieros, abogados, medicos que van a ganar durante su vida mucho mas que los que les han pagado la universidad.

    Asi que no entiendo ¿porque es justo?

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  1. Pío Moa y la Universidad « LA LIBERTAD Y LA LEY

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