Skip to content

Eutanasia

noviembre 20, 2010

Un nuevo globo sonda del gobierno, especialista en desviar la atención de los asuntos que de su gestión realmente interesan a la opinión pública. Aun así, al lío:

Eutanasia, pero ¿según quién? La idea de “buena muerte”, o “muerte digna”, está tan expuesta al relativismo moral que sólo cabe una respuesta: la consideración sobre la oportunidad y los medios de la muerte misma pertenece en primer lugar al afectado, o moribundo, o simple suicida. Y si aquel se halla en las profundidades y no puede emitir un juicio discernible sobre el deseo, la oportunidad o los medios de su propia muerte, ¿quién decide y con qué garantías? Es aquí, y sólo aquí, donde debe estallar el conflicto y la contradicción entre opiniones, juicios y valores opuestos.

El suicidio asistido trata, fundamentalmente, de la justificación que tiene un tercero en cuento a la acción de dar muerte a quien así se lo está pidiendo. En un orden ético donde la vida es el principio fundamental sobre el que se edifica todo lo demás, deben garantizarse condiciones razonables donde quepa una pública y racional supervisión de tales acontecimientos. Tenemos tres elementos a tener en cuenta: primero, la autonomía de la voluntad de quien quiere morir, y bien por necesidad o por mero deseo, pretende involucrar a terceros; segundo, esos terceros que, voluntariamente, participan con mayor o menor intensidad en dar muerte a quien lo pide; y por último, la supervisión y el protocolo de mínimos, que haga público el suceso y lo someta al refrendo de cierta autoridad imparcial.

La eutanasia va más allá, y su definición excede la simple descripción de los cuidados paliativos y el suicidio asistido. Siempre que rija la voluntad del afectado, serán sus deseos los que servirán como límite o mandato (siempre que existan terceros dispuestos, libremente, a darle muerte), cualquier otra consideración sobre los medios o la oportunidad quedará fuera del debate estrictamente ético, moral o jurídico (se trata de aspectos técnicos, información idónea y ajustada sobre el trance, los efectos y demás del medio elegido para morir). Pero cuando no existe tal posibilidad, cuando el afectado no puede emitir un juicio suficiente, o el que emitiera en forma con anterioridad al percance o la entrada en coma, por ejemplo, sea tan genérico o inidóneo que suscite dudas sobre la justificación que tendrían sus potenciales homicidas, cabe la posibilidad de que sea una idea particular sobre “lo bueno” o “lo digno” la que rija y dirima tales conflictos. Y es aquí donde está la duda, el debate público en términos éticos, morales y jurídicos.

Unos creen que la vida digna es la vida plena en facultades, consciente y sin una condena física inminente (un estado terminal de salud). En estos casos la eutanasia puede convertirse, incluso, en un derecho ejercido por quienes se consideran “plenamente vivos”, y por tanto, “plenamente humanos”, sobre el destino de quienes, a su vez, aquellos consideren “no tan vivos”, “no tan humanos”, o los crean en un estado indigno y tan lamentable, que la “mejor” opción, sea la de una “buena” muerte. En un extremo, subnormales, deformes, tetrapléjicos, que aun pudiendo manifestar una voluntad contraria a la de morir, son llevados “por su bien” al matadero. En una versión más moderada, enfermos terminales y ancianos, que sin tener en cuenta su voluntad o la de sus familiares, son tratados “por su bien”, y sin preguntar, con medios que aceleran el inevitable desenlace. Y en la zona más asumible, los enfermos en coma irreversible, o presumiblemente irreversible, que viven gracias a una asistencia continua, de mayor o menor intensidad. 

Otros creen que la vida es siempre digna, porque a pesar del infortunio o sus penurias, es siempre humana, y por tanto indisponible para el propio Hombre. Una versión extrema de esta idea de dignidad, aunque esté en claro retroceso, es la que rechaza el suicidio, provocado por uno mismo, o asistido, consista en actos definitivos, o aceleradores de tipo paliativo.

Será este último ámbito de debate donde, con toda seguridad, trate de entrar a regular la nueva ley del gobierno. Porque lo cierto es que la cuestión del suicidio asistido, o los cuidados paliativos del enfermos consciente, no son demasiado problemáticos, y en cierta medida, al menos en los casos más graves, son tan comunes que, incluso siendo punibles, terminan no siendo perseguidos como la ley dispone.

La zona conflictiva es esa, cuando no existe voluntad en el afectado, y entran en juego otras voluntades, ya sean de facultativos o familiares más o menos próximos. La Ley se definirá en la idea de “dignidad” por la que opte, y en las implicaciones que ésta tenga en la medida que se limite a la zona conflictiva, o directamente se lance a regular y perturbar el resto de ámbitos comentados.

Saludos y Libertad!

Anuncios
4 comentarios leave one →
  1. Espectador permalink
    noviembre 22, 2010 7:29 am

    Soy partidario de la Libertad, incluso de la de acabar con la propia vida siempre que con ello no se haga daño a otros (no apoyo por ejemplo la libertad de arrojarse desde un décimo piso estando a punto de aplastar a un viandante, como le pasó a un conocido mío, que estuvo a punto de ser “suicidado” por el que caía). O como el del chiste, que decía: “quiero morir dulcemente en medio de un sueño, no chillando y tratando de escapar como los pasajeros de mi coche”.

    Lo malo es cuando la decisión la toma otro. Conociendo al PSOE, y su convicción de saber lo que le conviene a cada cual mejor que el propio interesado, no hay duda de quien tomaría la decisión sobre la muerte digna: el Dr Montes de turno, o el comité de bioética del Partido y los Sindicatos. Si el que lo propone es Rubalcaba, la cosa no puede estar más ominosamente clara.

    ¡Bastante me están fastidiando en vida para dejar también mi muerte en sus manos!

  2. atroma permalink
    noviembre 22, 2010 7:43 am

    Que la empresa que este destinada a pagarte las pensiones sea la misma que quiere legalizar la muerte asistida, como poco es sospechoso.

  3. noviembre 22, 2010 12:11 pm

    Efectivamente, @yosoyhayek, el debate debe centrarse en la regulación de la eutanasia cuando no participa la voluntad del “interesado”. No obstante, habría que observar que en todos los hospitales del mundo se practica la eutanasia de forma oficiosa y que rara vez alguien pone reparos a ello. Porque, ¿acaso no son familiares y médicos los que deciden cuándo dejar de alimentar o medicar a un enfermo cuando se le *supone* en fase terminal? ¿Y no es esa *suposición*, a menudo, un tanto difusa?

    Por otro lado, es muy interesante la afirmación de @atroma. La tecnología sanitaria y la mejor alimentación ha permitido, en los países desarrollados, el aumento de la esperanza de vida. Sin embargo, esto no se corresponde con un aumento de igual magnitud en la buena salud general de los ancianos y, precisamente, la frecuencia y gravedad de los achaques en la llamada tercera edad es origen de grandes gastos en materia sanitaria. Poniéndonos *apocalípticos*, ¿llegaremos a una situación en la que el estado ponga límite a la edad máxima permitida para vivir?

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: