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“La maldición de pagar pocos impuestos”

noviembre 21, 2010
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Leo en Público un titular que me llama fuertemente la atención. Pincho, y para mi sorpresa el titular cambia: ya no es solo “la maldición”, sino también “el milagro de pagar pocos impuestos”. Cuenta, más o menos, el ascenso y caída de Irlanda: desde la autarquía de sus tres primeras décadas de independencia, a la clara apuesta por una economía más libre y competitiva. El “milagro” es corroborado por unos hechos que son tozudos: gracias a la mayor libertad los irlandeses son hoy algo más que pobres recogedores de patatas.

La “maldición” hace referencia a una de las condiciones de rescate financiero contra las que más resistencia está demostrando el gobierno irlandés: subir el impuesto de sociedades. A un 12,5%, Irlanda ha conseguido que su fiscalidad sobre los beneficios empresariales representara una clara ventaja comparativa frente a otras economías mucho más desarrolladas y competitivas. Atraer empresas, inversión, capital con el que mejorar la vida de los irlandeses ha sido el destino de esta baja fiscalidad, unida a una regulación mucho más flexible. El problema es que esta situación parece insostenible cuando la quiebra del Estado, incapaz de refinanciar su deuda, agotado tras afrontar multimillonarias ayudas a su banca, resulta inminente. Pero no se trata tanto de que suban los impuestos, como de que se contengan los gastos. Claro que el interés del resto de Estados, esos rescatadores tan desprendidos, va más en la dirección de capar al Tigre celta de cara a una futura recuperación. El expolio fiscal lleva implícita la existencia de paraísos donde favorecer cierto desahogo a las grandes fortunas y empresas. Sin embargo, pese a que son los propios Estados con impuestos más altos los que permiten y amparan su existencia, públicamente responden con la misma indignación del trabajador o empresario medio, privados del “privilegio” de refugiar su riqueza en dichos paraísos. Pero la hipocresía llega todavía a mucho más: la medida y oportunidad de tales micro reinos de exoneración fiscal, también se dimensiona y cuestiona por los mismos Estados que mantienen el doble juego comentado. Irlanda no es ni una cosa, ni la otra, sino un punto intermedio que puede ser más o menos molesto en función de las circunstancias. La “maldición” de los bajos impuestos es para los que mantienen una fiscalidad abusiva sin ofrecer otras condiciones más favorables.

La crisis irlandesa es evidente, pero no se debe en absoluto a su laxitud impositiva, sino a los errores de inversión inducidos por una expansión crediticia que supera incluso la responsabilidad de su propio gobierno (que también es responsable, pero estando como está en el EURO, no es sino una pieza más del desastre monetario que el BCE ha orquestado estos últimos años). Hacer hincapié en “maldición”, omitiendo el reconocimiento que se hace en el artículo del carácter “milagroso” de una menor fiscalidad, es tan pueril como de escaso recorrido: su lectura completa, lejos de desanimar a quien apuesta por impuestos más bajos, contribuye a reafirmar la voluntad de conducir todos sus esfuerzos en recortar el gasto. Dicho de otro modo, si Irlanda, en su objetivo de atacar el déficit, opta por subir los impuestos y no por bajar el gasto, estará sentando las bases de un más que probable estancamiento. En la medida que sepa resistir y conservar sus particulares ventajas, tras el ajuste y un periodo relativamente breve de contención, volverá, con mejores condiciones que antes, a disfrutar de los beneficios que trae la libertad.

España no tiene impuestos bajos, y sus ventajas están de capa caída. Atajar el déficit reduciendo considerablemente el gasto, recomponer nuestra estructura fiscal, abordar la liberalización profunda de sectores clave como el energético, la ordenación del territorio y el urbanismo, entre otros, y racionalizar nuestra organización administrativa autonómica, son las políticas que ha de seguir el gobierno, sea cual sea su color político. La “maldición” del intervencionismo sí es una realidad práctica que nos deja numerosos ejemplos de fracaso económico, estancamiento y penuria social en todos los órdenes, incluido el moral y el cultural. Sería un “milagro” sólo aparente (por cuanto ocultaría otros muchos perjuicios y descoordinación social) que una medida de intervención consiguiera superar sus propios resultados indeseados, dejando tras de sí cierta sensación satisfactoria respecto del fin inicialmente propuesto. Si el gobierno de España sigue en sus trece, creyéndose capacitado para accionar por sí mismo las teclas de la recuperación desde el dominio de las decisiones prácticas, no sólo ésta no llegará, sino que nos veremos abocados a un larguísimo periodo de depresión económica en el que varias generaciones de españoles verán sus vidas rotas y condenadas, en el mejor de los casos, a un anodino conformismo.

http://www.publico.es/347763/el-milagro-y-la-maldicion-de-pagar-pocos-impuestos (Este es el enlace del artículo. Por alguna razón me ha sido imposible linkearlo)

Saludos y Libertad!

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