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El acoso de los mercados

noviembre 26, 2010

El mercado como enemigo, de nuevo manejando como cosas ciertas (cosas dotadas de voluntad independiente, agentes) lo que en realidad no son más que un constructo teórico, una mera abstracción, con la que el Hombre trata de explicar el complejo orden de intercambios de bienes a través de reglas estables de conducta. “El acoso de los mercados”, como chivo expiatorio que, unido al antipatriotismo de los que critican desde dentro, hacen peligrar gravemente la estabilidad del Estado español. Bonita forma de centrar la atención en inexistentes e intencionalidades que se aprecian desde un malsano gusto por la crispación política.

España tiene un problema llamado deuda privada. El Estado no está tan mal, pese al descontrol autonómico y local, o el disparate que han supuestos los últimos 6 años de gobierno socialista. Si los inversores desconfían es porque nuestra economía, más allá del Estado mismo (por mucho que represente su peso respecto del total), está paralizada, entumecida, amodorrada y sin visos de reiniciar la marcha por sendas prometedoras. Se desconfía de la deuda pública no porque el déficit del Estado sea especialmente elevado, sino porque se conoce y se sabe que el gobierno de España no va a ser capaz de hacer las reformas necesarias para que el resto de españoles asuman su deuda, consigan afrontarla, y con todo, crezca la producción y la riqueza. Por suerte para todos, durante los años de bonanza, Zapatero no tenía dónde gastarse la creciente recaudación. Por mucho despilfarro que cometiese, había superávit y la deuda pública menguaba. En plena burbuja, el Estado saneo sus cuentas pero cometió el error de redimensionarse hasta un tamaño acorde con la hinchazón generalizada del resto de sectores. Al pinchar tamaña estructura se quedó hueca. Aún así, no fue tanto el descalabro como en otros países donde nadie cuestiona ahora la solvencia de su deuda, a pesar de tener niveles mucho más altos que el español. Lo que aquí nos lastra y compromete es, fundamentalmente, la confianza en nuestro futuro. Sin futuro los vencimientos que vayan llegando, contra empresas quebradas y particulares arruinados, corren el riesgo de caer en saco roto, darse por fallidos. Y mientras tanto, en esta espiral de descrédito y recesión, el Estado no ajusta lo suficiente no ya para adaptarse a la actual situación, sino para afrontar el mañana, o el pasado mañana, cuando nos encontremos en un escenario de mayor gasto público derivado de prestaciones y ayudas sociales, y una recaudación menguante, por culpa del estancamiento de nuestra economía. Eso es lo que provoca desconfianza en los inversores internacionales.

No se trata por tanto de una conspiración de cuatro archipoderosos y archimalvados inversores que quieren ver como se hunde el Euro y con él, el sueño Alemán de ser algo en un mundo globalizado e híperpolarizado. España tiene futuro, pero no con estas políticas, no sin afrontar una profunda transformación de sus instituciones, del Estado y la idea intervencionismo que hoy impera. Nuestro modelo de crecimiento depende de los estímulos públicos, de la manipulación en política monetaria, de las subvenciones, ayudas, licencias, planificación de mercados, pelotazo, burbuja… Eso tiene que terminar, y sólo puede hacerse cortando de raíz la fuerza que lo ha hecho posible hasta ahora.

España puede hoy reducir su previsión de gasto en más del 6% del PIB, lo que nos dejaría, junto con otras reformas, sin necesidad de contraer nuevos créditos, olvidándose así del “acoso” de los mercados. Bastaría con refinanciar la deuda ya existente, y punto. El Estado dejaría de ser un problema, y tocaría entonces acometer las reformas necesarias para que fuera posible liquidar las malas inversiones cometidas en el periodo de auge, y dejar hacer a los individuos en mercados mucho más libres y con impuestos mucho más bajos, a fin de que se adviertan aquellos sectores capaces de tirar del resto. Un estado menguante pero sólido. Mercados abiertos, dinámicos y actores motivados e emprendedores iniciando nuevas sendas o retomando con mejores ideas otras ya avanzadas. La mejor política que puede hacer un gobierno es dejar hacer, contraer el gasto, aminorar y racionalizar la presión fiscal, y dejar que caigan hoy los que más errores cometieron en el pasado, sin que todos los demás asumamos sus pérdidas en forma de salvamentos u otro tipo de paliativos.

No es el acoso de los mercados, sino la obcecación de un gobierno acabado, unido a la falta de ideas y voluntad de una oposición obsesionada con alcanzar el poder al precio que sea. Se trata de dar nuevos aires, pero también de que las propuestas vayan en la buena dirección. No es tan complicado, hoy mismo podrían tomarse las decisiones que nos harían rectificar la penosa situación en la que nos encontramos. Hoy mismo, así que no hay excusa que valga.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. noviembre 26, 2010 9:17 pm

    Sí, señor, impresionante y bien trabado y documentado artículo. Yo me considero también liberal, contrario a la asfixia progresiva de la maquinaria burocrática. Saludos bloggeros

  2. atroma permalink
    noviembre 27, 2010 9:28 am

    El problema es el que dices, desde luego. No es que deba mucho el estado, es que no se sabe si se va a poder pagar. No con crecimiento, porque de eso nos espera una larga travesía. Se podrá pagar si el estado vende parte de sus activos; televisiones, infraestructuras… sin aumentar la deuda, y con el crecimiento actual, se necesitaría 17 años para pagarla.

    La realidad es que el estado salvo a los bancos para que no quebraran, y ahora quiebran los estados.

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