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El fin del cigarrillo

diciembre 29, 2010

Fumar tiene su encanto, es placentero y aviva con su humo todo tipo de cónclaves y contubernios sin gravedad. Lo que ha venido sucediendo en los últimos decenios es que el tabaco y su aroma han cedido frente al cigarrillo y su peste. Siempre existieron dos tipos de lugares donde el humo del tabaco definía el ambiente: las salas de fumar de clubes y casinos, y las tascas y tabernas llenas de ruido y tosquedad. En el primer tipo de recintos se imponía la razón de no afectar a terceros sin que éstos quisieran. Conteniendo el fumeteo, ritualizándolo y afinando las calidades del material, no se hacía sino institucionalizar en clave de respeto la contención de externalidades: dentro positivas, fuera negativas. Sin embargo, en tabernas y tascas el humo acabó dominando, y la figura del fumador pasivo adquirió incluso fuera de ellas la categoría de paria social sin voz ni voto en el asunto. Los fumadores baratos acabaron dominando, incluso entre los ricos, y perdido el gusto por las apariencias, el cigarrillo comenzó su reinado, creando la curiosa esa curiosa mala fama sobre “la peste” del tabaco en cigarro puro o pipa.

No se trata de prohibir con carácter público e imperativo. Pero lo cierto es que venimos de años donde el fumador desconsiderado hacía de su capa un sayo, y se ponía el mundo por montera cual petroquímica o papelera exoneradas de asumir sus efectos contaminantes sobre terceros. Se fumaba en metro, en el autobús, en aviones y trenes, también en las aulas, profesores y alumnos compartían en las universidades un ambiente viciado que impregnaba sus ropas y espíritus. El tabaco era señor todo poderoso y ay! de quien se atreviera a pedir respeto, contención o prudencia. Si te molesta el humo, cámbiate de sitio.

Las tendencias de este estilo deben hallar su freno en la espontánea reprobación de cada vez más individuos, convencidos de que están en su derecho cuando piden a los fumadores que no propaguen su polución en ambientes compartidos. Como reflejo de este anhelo o preferencia, aquellos agentes dedicados al servicio colectivo, de transporte, espectáculo, bebidas o viandas, toman nota y optan por ofrecer un producto desintoxicado. Zonas de no fumadores, o zonas de fumadores, que es lo propio. Otras emisiones, quizá más naturales, han sido paulatinamente proscritas de entre aquellas reglas que gobiernan el decoro social y las buenas maneras. Uno se aguanta todo tipo de gases para evitar molestias, y la vergüenza, o el pudor como mecanismo de contención natural, hacen su labor para que incluso temamos más las consecuencias interiores que las reprimendas provenientes de los otros. Con el tabaco no ha existido semejante proceso de aprendizaje e interiorización de límites. El humo, como decía, ha dominado en lo público salvo contadas excepciones.

Algunas culturas arrastran una mayor consideración, pero temo que la nuestra obedece al sálvese quien pueda unido a la crispación del conductor que no aguanta ni una: los fumadores son tan egocéntricos que rara vez asumen o entienden la posición del otro.

Un Estado maternal se dedica a propagar cierto criterio de urbanidad unido a una particular etiqueta de ciudadano bueno y solidario. Con el escudo de la salud, que junto con el de seguridad, quizá sea el mito más potente manejado por el estatismo, trata de convencer al reticente a aceptar que toda medida de restricción se hace por su bien. El bien de todos y la garantía de un respeto artificial, forzoso y bajo pena de apremio desconsiderado sobre sus bienes o persona. Así actúa el Estado cuando de disciplinar la conducta de sus súbditos se trata. Pero a pesar de la crítica, admitamos que en este concreto ámbito no le ha ido tan mal como podía parecer: los no fumadores, felices en un mundo sin humos (de tabaco), y los fumadores, agradecidos por haberles obligado a dejar de fumar. Ciudadanos mediocres y miserables que son incapaces por sí mismos tanto de hacer valer su dignidad, como de afrontar sus propios vicios con arrojo y gallardía. Siempre se espera a que llegue el Estado para que el trago sea más llevadero. ¿Obligará algún día la ley a no abandonar el gimnasio antes de finalizar el mes de enero de cada año? Muchos lo están deseando, no me cabe la menor duda al respecto.

La conclusión es la que sigue: el imperio del cigarrillo era excesivo y abusivo; el imperio de la ley no es la mejor manera de disciplinar la sensibilidad, la mesura o contención de los individuos; sea como fuere, el resultado evidente, al margen del desastre que ha supuesto para los hosteleros emprender reformas en sus locales que a partir del 1 de enero de 2011 devendrán inútiles, es que la mayoría de la población, abiertamente o con la boca pequeña, agradecen el palo legislativo. Unos porque quieren dejar de fumar y creen que no pueden. Otros porque, siendo en general incapaces de imponer su propia dignidad en el ejercicio de pedir respeto a los fumadores desconsiderados, se agazapan detrás del Estado como cobardes sin ambages. El resultado final es una mayor dependencia unida a la sensación de que sin un poder absoluto que imponga sus dictados la convivencia sería impracticable.

Saludos y Libertad!

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