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“La Arquitectura”

febrero 17, 2011

Así reza el titular de El País: Steve Jobs gana la batalla contra la arquitectura. Cualquiera diría que el magnate le ha plantado cara a la idea del hogar cubierto, a la mera construcción de muros perimetrales o el aislamiento de la intemperie. El titular se las trae, porque la noticia, en realidad, no explica ninguna peculiar animadversión del genio de Apple contra el arte de la edificación.

No obstante, la polémica suscitada es un buen ejemplo del conflicto que pueder surgir entre un propietario y quienes pretenden decidir sobre la conservación o el uso de bienes inmuebles (o muebles, en el caso de otro tipo de obras artísticas) que no les pertenecen. En los EE.UU también hay normas y ordenanzas que regulan el ejercicio libre de la edificación, al igual que existen mecanismos de protección arquitectónica. Pero no sucede de manera tan intensa y generalizada como en España, donde las administraciones públicas, vía legislación pormenorizada y estricta, han limitado tantísimo el ejercicio de la propiedad privada sobre según qué cosas, que dicha institución civil podría considerarse, sin miedo a ser inexactos, como una tutela vigilada de bienes comunales.

Creo que fue Víctor Hugo quien dijo algo así como que, las casas son de sus dueños, las fachadas de la gente. Y en parte no le faltaba razón porque en los pueblos y ciudades, o en aquellas urbanizaciones donde los distintos aprovechamientos de tipo privativo comparten zonas de uso común, no es el propietario particular, sino la comunidad, constituida de alguna manera, quien formalmente decide sobre la estética y conservación de lo indivisible. Hablo de bienes, como escaleras, descansillos o ascensores, o las propias fachadas, puertas de acceso general, e incluso ventanas, toldos y miradores de las viviendas individuales. Zonas comunes sobre las que se participa en una cuota y son determinados órganos comunales los que las administran y controlan.

El caso de Steve Jobs es distinto, porque los esfuerzos de la Sociedad Nacional de Preservación Histórica no van encaminados en defender la integridad de lo común, sino en directamente extender esta idea sobre la mera realidad artística o arquitectónica de los edificios que son íntegramente particulares. Si pertenecen a cierto estilo, fueron diseñados por un arquitecto de renombre, o se identifican con una época del pasado de la que se pretende obtener determinado arraigo histórico, la propiedad privada ha de ceder frente a los sentimientos y gustos de terceros.

La casa de Steve Jobs es independiente, no así su lindero, pero sí el edificio que pretende derribar. Le pertenece a él de la única manera que el Derecho puede defender el dominio de los bienes: material y titularmente, es suya, no hay más que hablar, y por tanto suyo es el derecho a remozarla, alterarla o sustituirla por una edificación del estilo que prefiera. Emocionalmente el Derecho no puede hacer nada, en todo caso los amantes del estilo español (todos recordamos la casa de los Walsh en pleno Beverly Hills) podrán servirse de la buena voluntad de los propietarios para documentar y fotografiar ese tipo de edificaciones a fin conservar el dato de su existencia. Pero nada más, porque lo cierto es que Steve Jobs, en el diseño de su nueva casa, sólo podrá verse limitado por mínimos criterios urbanísticos en cuanto a su ubicación dentro de la parcela, la altura máxima o su edificabilidad.

Y aquí podríamos discutir largo y tendido. Algunos creen en la posibilidad de que una concreta distribución de los usos privativos pueda imponer la existencia no sólo de bienes comunales, sino de unas reglas que les sean propias. Y no hablo sólo de la alteración de fachadas compartidas, por ejemplo, sino también de la ordenación de edificación estrictamente particular, sin linderos ni presencia sobre zonas comunes. Otros consideran factible no solo un diseño urbano donde desaparezca todo lo común, e incluso todos usos colectivos sean propiedad de particulares, sino que también semejante modelo pueda extenderse sobre las ciudades y pueblos ya existentes, planeados bajo criterios propios del municipalismo o el estatismo. Los límites entre una y otra visión generan dudas sobre la consistencia de cada postura frente a la otra, porque lo cierto es que no existe aún una solución teórica y práctica que dé respuestas coherentes en este ámbito de disputa y reflexión.

Lo que sí debe ser pacífico y respetable es que Steve Jobs haga lo que desee con su vivienda independiente, dentro de una gran parcela, y sobre la que no existen otros usos colectivos que la mera conciencia de cuatro fanáticos sobre la necesidad de conservarla sin atender a la voluntad de sus dueños. La colectivización de la estética o del arte, la utilización de palabras como Nacional, histórica o preservación, esconden el peligro de imponer un único criterio estético que acabe paralizando el proceso creativo del diseño y el arte, como partes integrantes del proceso social (léase la última parte, incluido el alegato final, de El Manantial). Miedo al cambio y la innovación, culto por el mito de lo estático, que choca curiosamente con el carácter futurista y progresista que suelen tener esos mismos entrometidos prohibicionistas. Steve Jobs destruirá un vestigio arquitectónico de un pasado que no resiste frente al gusto del propietario de la viviendas (que es él mismo, y no otro), pero sí en las obsesiones de quienes no lo son. Curioso conflicto de intereses suscitado por una simple explosión de capricho humano.

Quién sabe, quizá dentro de 50 o 100 años, la nueva casa de Steve Jobs sea investida con la máxima protección pública por el mero hecho de haber sido su morada durante un tiempo, y no tanto porque su configuración estética y arquitectónica representen un estilo digno de conservación. Repito: el capricho humano y las ganas de entrometerse en lo ajeno, no tiene límites.

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. Paula permalink
    febrero 18, 2011 9:03 pm

    Desde luego hay gente a la que le gusta fastidiar a los demás. Seguro que la casa de Mr. Apple no es el último ejemplo, ni el más señero de la arquitectura hispana de California. No obstante, tampoco entiendo el capricho de los nuevos ricos de comprarse algo caro y con supuesto glamour, o encanto, o verdadero valor cultural para luego cargárselo. ¿Es una venganza freudiana del tipo la nueva caspa destruye la antigua casta? Si quiere construirse una casa moderna, obra de un arquitecto capaz de dejar una obra para la posteridad que se compre una parcela vacía, Jobbs se lo puede permitir…

    Por otro lado, no creo que el alegato final del manantial sea el mejor ejemplo para la idea que quieres ilustrar en el post. De hecho es una suerte de premonición de la ley sinde. Al protagonista se le juzga por demoler con alevosía y nocturnidad un complejo de edificios que había diseñado y que era propiedad del constructor que le había contratado. Los destruye por no respetar su diseño y <> contra su idea original, contra su genio creativo (propiedad intelectual). El prota de Ann Raid se habría llevado muy bien con Miguel Bosé pero su libertad creadora chocaba con la libertad del dueño del inmueble de hacer con su terreno, sus materiales y, en definitiva, su casa, lo que le diera la santa gana. Vamos, que el arquitecto protagonista la cagó al no incluir en el contrato una cláusula que blindase su trabajo de alguna manera. Lo que ya no recuerdo es si ganó el juicio…
    En resumen, que el ejemplo que pones no es el mejor!

    Saludos!!!

    • febrero 21, 2011 8:29 am

      Tienes toda la razón:
      Primero, aunque Jobs esté en su derecho de hacer el cafre y dárselas de moderno, muy encaprichado tiene que estar de esa parcela para organizarla como lo ha hecho.
      Segundo, un agudo comentario sobre El Manantial, porque, efectivamente, por lo que se juzga a su protagonista la segunda vez no es por ser un innovador incomprendido, sino por llevar hasta las últimas consecuencias sus derechos de autor, y eso que fue “negro” de otro.
      Saludos!

  2. Bastiat permalink
    febrero 21, 2011 9:23 am

    ¿El derecho de propiedad absoluto o relativo?

    Esa es la cuestión.

    En el asunto del urbanismo, de la arquitectura histórica o merecedora de protección, como en la protección de determinados espacios naturales o especies animales o vegetales siempre podemos argüir que lo que tienen que hacer quienes quiera proteger tal o cual cosa, quienes quieran que se construya de tal o cual manera, lo que tienen que hacer, es, en defensa del derecho de propiedad, comprar los terrenos precisos para crear reservas naturales, y asegurar mediante contratos o convenios su existencia, o comprar terrenos y construir casas, hacer calles, poner instalaciones conforme a sus criterios y esperar a que el mercado, los clientes, decidan si lo que ellos defienden es demandado o no.

    Me resulta curioso ver algunos reportajes de arquitectos hipermodernos que se quejan de que no haya constructores o clientes que quieran hacer realidad sus, de ellos, de los arquitectos, sueños artísticos. Deberían tener claro, que ellos pueden construir sus sueños y ponerlos a la venta, es decir, correr el riesgo, y observar cuanto vale lo que ellos crean a criterio del mercado. Lo que no es de recibo es que ellos pongan precio de mercado a sus creaciones, sean cuales quieran y, encima, pretendan protección para su creatividad moderna modernísima incluso, dicen en muchos casos, progresista.

    Pues tal criterio, de igual manera, se usa para defender y proponer proteger determinadas construcciones, o para imponer determinados límites a la libertad de creación, libertad de ejecución, libertad de hacer con lo que es de un lo que quiera, bajo las leyes urbanísticas que cada alcalde logre imponer en su pueblo y que luego hará cumplir según quién sea en cada caso. Donde yo me hecho la casa tengo, al menos dos ejemplos.

    Realmente, el atractivo de las restricciones o la imposiciones a la propiedad privada están hechas de tal manera que dotan a los poderes públicos de demasiada discrecionalidad y arbitrariedad como para que cualquiera que defienda la libertad se encuentre a gusto.

    Y relativo a “el Manantial” y Ayn Rand. No creo que la objetivista sea muy del agrado de quienes se oponen a las leyes de protección intelectual. Para nada.

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