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La Reforma Laboral

junio 9, 2011

La ingenuidad tiene premio. El movimiento me gusta, porque sin él los políticos estarían demasiado cómodos en sus asientos, pero admitamos que el chabolismo de Sol, o el “o pasamos o acampamos” de ayer a las puertas del Congreso, rozan lo intolerable. Intolerable porque todo tiene un límite, y creo que la vaciedad de Sol lo ha sobrepasado. Está muy bien que haya “indignados”, que estos decidan “reunirse” de forma pacífica, que en sus reuniones permanentes, o acampadas en plena vía pública, celebren “asambleas” como régimen de gobierno y tratan de definir posturas ante casi cualquier cuestión política que pueda ocurrírsenos. Todo eso está muy bien mientras que semejantes actos de fuerza e intimidación no se conviertan en un desafío directo contra la normalidad democrática o la vigencia misma de nuestro orden constitucional. Convertidos en agentes impunes, se creen capaces de imponer su demagogia al resto de ciudadanos.

Las minorías que encuentran cierto reconocimiento entre la inmensa mayoría, acaban liderando los cambios. Nunca de manera nítida y programática, porque lo cierto es que las minorías no son ahora lo que fueron antaño, con tanta fuerza ideológica y de arrastre intelectual. El 15m es una amalgama de sandeces con escasos momentos de lucidez. Sus manifiestos nos devuelven a la caverna del socialismo, alentando viejas y caducas ideas que si fueran aplicadas como receta contra la crisis, acabarían definitivamente con cualquier esperanza para nuestra economía.

La reforma laboral, que parece haberse convertido en un nuevo filón para el movimiento, compromete la recuperación económica de España. Para que se traduzca en creación de empleo, lo principal es que suponga un cambio real a la actual situación. En España tenemos un 20% de personas que, estando dispuestas a trabajar, no logran hacerlo de manera legal. La mayoría, ni siquiera ilegalmente. Es decir, cientos de miles de esos que aparecen fichados en las listas del desempleo, trabajan, producen y resisten, a pesar de la legislación laboral, del Estado fiscal y securitario, o de los sindicatos. Plantear una reforma laboral que no ayude a que estos puestos de trabajo afloren, sería un completo suicidio. Desgraciadamente, ese parece el objetivo de nuestro gobierno: aumentar sanciones e inspecciones de trabajo, mientras que, al mismo tiempo, se resiste a flexibilizar de manera sustancial nuestro mercado laboral.

La única solución es esa: más mercado, menos Estado. Que viene a ser lo opuesto a la situación vigente, por mucho que esos ilusos de Sol crean que esta crisis y sus efectos más terribles proceden de la ausencia de regulación o el salvajismo del mercado libre. Nada más lejos de la realidad. En España producimos la riqueza que producimos. La intervención, los impuestos, las cotizaciones y cualquier tipo de regulación, únicamente representan mecanismos de redistribución. Esto, lejos de ser inocuo, muchas veces acaba convirtiéndose en un peso insuperable, incluso para el tenaz esfuerzo de los individuos que, día a día, tratan de salir adelante muy a pesar del intervencionismo. La legislación laboral no sirve para nada. Las conquistas sociales son irrelevantes. Todo depende de la productividad del trabajo y de la capacidad de negociación del trabajador en cada ámbito. Los sindicatos, en vez de cumplir una función de unidad y fuerza negociadora, se han convertido en mafias organizadas y legalmente reconocidas.

La reforma laboral que España necesita es aquella que introduzca una mayor flexibilidad a la par que reduzca los costes sociales y fiscales del trabajo. Con un 20% de paro, sólo se me ocurre que la alternativa sea realmente eso, una alternativa a la naturaleza del sistema ahora vigente. Más libertad, contra la compleja oscuridad de nuestra Legislación laboral. Menos imposición, menos cotizaciones e impuestos, mayor flexibilidad a la hora de decidir las condiciones de nuestro contrato de trabajo. Repito, tenemos un 20% de paro, salarios bajos y precariedad. ¿Acaso ha funcionado el intervencionismo sindicalista de las últimas décadas? ¿Cómo puede pretenderse que un discurso huero como el del 15m sea la única y legítima alternativa contestataria?

Probemos algo nuevo. El miedo debe dejar su lugar a la esperanza y la confianza en la capacidad que cada uno de nosotros tenemos para abrirnos paso frente a la incertidumbre. No vamos a ser más ricos porque se proteja más a unos a costa del resto. Tantísimos parados, o trabajadores en situación irregular, merecen que se levante por fin esa mentira que nos hace seguir confiando en un régimen sindical tan rígido y multiforme. Un contrato de trabajo, todas las posibilidades para la contratación, unido a la paulatina conversión de la seguridad social en un sistema de capitalización, libre y competitivo. Lo demás, no es alternativa, sino más de lo mismo.

Saludos y Libertad!

3 comentarios leave one →
  1. julio permalink
    junio 10, 2011 7:29 am

    Pues la verdad es que ‘la normalidad democrática o la vigencia misma de nuestro orden constitucional’ son precisamente las cosas que no están ni medio claras en nuestras circunstancias, y ponerlas en cuestión creo que es la principal justificación del 15M. Que los sindicateros son una de las principales rémoras con las que tenemos que lidiar, de acuerdo. Pero aun con sus salidas de tono y sus simples tonterías, el 15M creo que estaba haciendo falta y es absolutamente necesario.

    • junio 10, 2011 12:53 pm

      Estoy de acuerdo, pero me entristece que los activistas sean tan falaces en sus propuestas y argumentos. Me lleva a albergar sentimientos contradictorios.

  2. ATR permalink
    junio 10, 2011 7:44 pm

    Sigo pensando que es muy cierto que necesitamos una reforma laboral que flexibilice el mercado de trabajo y siigo pensando que los sindicatos son el gran obstáculo. Pero también es cierto que, pese a la necesidad de esta reforma, la mentalidad del empresario ha de cambiar: acogerse a cualquier subterfugio para pagar salarios indignos o para echar mano de la temporalidad más voraz no ayuda. Sé que una empresa busca beneficios, y esa es su razón de ser, pero los empresarios tienen, también, su parte de responsabilidad y no ayudan, con su actitud, ni al país ni a su propio colectivo. Hasta que no demuestren lo contrario los empresarios españoles seguirán siendo unos rancios…

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