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Ni un puto duro

julio 7, 2011

Uno no debe gastar lo que no tiene. Ni pedir prestado lo que no podrá devolver. Esa es la cruda realidad por la que atraviesan nuestras administraciones públicas. Mientras que algunas lo asumieron hace tiempo, otros, obcecados en sus particulares cosmovisiones híper-personalistas (contradictorio, no, espeluznante), se niegan a admitirlo, jugando a las promesas y los megaproyectos. Es cierto que, con o sin gusto, no queda tanta ingenuidad en nuestra clase política como para creer que el presupuesto es infinito y las elecciones pueden seguir ganándose a costa de decir con la boca chica cantidad de ayudas, inversiones y demás parafernalia a costa de desangrar a los contribuyentes.

La reforma fiscal y presupuestaria es una tarea pendiente para un sistema que, como el nuestro, ha crecido acunado entre papá-Europa y mamá-expansión crediticia e inflacionismo desbocado. Las administraciones han ido por delante de la enfermedad, adaptando su estructura de gasto a la burbuja galopante que, a su vez, provocaba ingresos fiscales prácticamente inagotables. Entre el suelo y la recaudación, todos han asumido competencias que ni siquiera por ley les incumbían, y han querido dar a los ciudadanos todo tipo de servicios y paguitas, adornadas por obra pública, transportes y adoquinamiento por doquier.

Esperanza Aguirre ha reducido un 10% su presupuesto, cada año, desde que comenzó la crisis. Eso, y que Madrid sigue siendo una región pujante que se beneficia, admitámoslo, de su condición capitalina y de centralidad, le han permitido cuadrar, más o menos, sus cuentas, y no necesitar con tanta desesperación el rescate del Estado. Estando fatal, es la que menos mal está, lo que no es mucho decir, aunque mérito no le falta a la presidenta. Por eso le sorprende que Gallardón siga prometiendo obras, ayudas y olimpiadas, con la desfachatez de quien se sabe insolvente, moroso y amigo de lo ajeno: si para pagar los desmanes y caprichos de nuestros políticos deben éstos subirnos los impuestos, apaga y vámonos.

El tono cheli y castizo de Esperanza contrasta con la cursilería de Albertito, pero a claridad y proximidad con el ciudadano de a píe no le gana nadie a la lideresa. Estos robados le hacen bien, aunque debería cuidar su lengua, porque de sobra es sabido que en las distancias cortas Aguirre es una palabrotera de tomo y lomo. Por suerte no rasca las eses (a lo Bono), y mantiene íntegro el hablar típico madrileño.

Saludos y Libertad!

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