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El visitante 7.000 millones

octubre 26, 2011

Las estadísticas dicen que el próximo lunes 31 de octubre de 2011 seremos nada menos que 7.000 millones de habitantes en el planeta tierra. En vez de celebrarlo, muchos claman alarmados, víctimas de superchería malthusiana, advirtiendo de los males del aumento de la población. Catastrofistas, ecologistas y misántropos varios, temen las consecuencias de la expansión social. Ven al Hombre como una anomalía, un artificio injustificable y dañino para un bien superior que no saben o no quieren definir con exactitud. Sea como fuere, la vida en la tierra resulta día a día más prometedora, a pesar de los desafíos y la descoordinación parcial que muchos padecen sin una aparente e inmediata solución.

Hayek dijo, creo que en La Fatal Arrogancia, que el Hombre, puede aspirar a ser más numeroso y próspero, o conformarse con ser menos numeroso y más pobre. Esta ley resulta poco intuitiva para quien no maneje la teoría social del genio austriaco. Conscientes de que la riqueza de las sociedades dependen de la extensión y la intensidad de la división del conocimiento, y que el Hombre, como ser creativo que es, genera dicho conocimiento siguiendo su particular interés en ejercicio de la función empresarial con la que está innatamente dotado, más individuos equivaldrán a más conocimiento, y consecuentemente, mayor coordinación, idoneidad de los medios y acumulación de riqueza.

Quienes no entienden esta faceta del orden social, se aferran al temor de que medios y recursos se hallan todos dados, como dados son los fines que persigue el individuo. Bajo tal incomprensión de la realidad humana, hacen estimaciones desde fotos fijas y datos parciales, extrapolando los resultados hacia un futuro que nunca podrá ser nada halagüeño. Olvidan que ni fines ni medios están dados, y que si un hombre de la edad de piedra hubiera realizado semejantes estimaciones, posiblemente habría concluido que la Roma del año 100 d.c. y sus 50 millones de habitantes en todo el arco mediterráneo, sería imposible.

Lo cierto es que el miedo a la superpoblación y sus efectos es muchas veces trasversal, pero es común y mayoritariamente izquierdista. Poniendo en práctica una política contradictoria, quienes más alertan contra los males del crecimiento de la población humana en la tierra, son aquellos que más vehementemente defienden el Estado de Bienestar. Contradicción que se explica en la naturaleza de este tipo de régimen de relaciones entre poder y mercado, o de redistribución de la riqueza. En tanto que los sistemas de bienestar clásicos recurren a una trasferencia directa de renta entre la población activa y la población pasiva, sin que medie ningún tipo de capitalización suficiente, difícilmente podrá garantizarse el equilibrio de este modelo con cada vez menos individuos produciendo en una población envejecida. La trasferencia “funciona” mientras que la base de la pirámide es más ancha que los tramos centrales y más altos. Al menos si se quiere garantizar cierta proporción entre las aportaciones realizadas, y las prestaciones medias recibidas. Nuestro actual sistema, en quiebra y permanente revisión, tiende a castigar a todos sus partícipes: los que aportan, deben hacer un mayor esfuerzo, y los que reciben, ven reducidas sus prestaciones, en tiempo, cantidad y calidad.

Bastaría entonces con que la izquierda patrocinase la natalidad, tratando que el crecimiento vegetativo fuera positivo y en unos niveles suficientes para sostener el sistema. Pero, ¿qué sucede si una población cada vez más numerosa es incapaz de prosperar y ser más rica? Este es el gran dilema del intervencionismo. Poco a poco, penalizando el ahorro, la inversión productiva, mientras se garantizan sistemas de reparto más agresivos e insostenibles, el Estado de Bienestar condena a una población menguante a la amenaza del empobrecimiento.

Lo cierto es que las sociedades prósperas tienden a reducir su tasa de natalidad. Los hábitos cambian y se tienen menos hijos por habitante. No sucede de repente ni tiene porqué tener consecuencias negativas. Todo lo contrario, ya que una elevación de los salarios hará que la inversión en bienes de capital sea más atractiva, provocando un aumento de la productividad y, consecuentemente, de la riqueza. En la medida que cada individuo provea para su futuro, ahorrando y realizando buenas inversiones, menos población no equivaldrá en absoluto a mayor precariedad, sino todo lo contrario. Es más, con salarios más altos, la tendencia será a que la tasa de natalidad crezca, posiblemente hasta cotas que impidan, a medio largo plazo, el descenso de la población. Más ricos, mejor formados, más productivos, y presumiblemente más longevos, la vida activa de los individuos tenderá igualmente a crecer, impidiendo así que un descenso brusco en el número de trabajadores influya negativamente en el nivel de vida de todos (más o menos, lo que ha pasado en occidente, a pesar del socialismo).

La máxima Hayekiana trata de combatir los miedos irracionales y metafísicos contrarios a la expansión social. Es perfectamente compatible con la deducción lógica que hemos realizado a partir de un orden de mercado más libre, donde los precios de las mercancías, incluido el trabajo, combinado con los hábitos individuales y la moral social, marcan una tendencia al ajuste espontáneo y el resultado demográfico más coordinado.

El socialismo, por su parte, además de atemorizar con sus erróneas profecías catastrofistas, juega a un juego insostenible, que empobrece a la población, la condena a la inactividad y el envejecimiento, e impide activamente que se revuelva contra estas tristes consecuencias. Es una rémora cargada de superchería, agitación y pauperización social, de la que debemos huir, a la que tenemos que combatir, y contra la que podemos blandir argumentos que son muy superiores. 

Saludos y Libertad!

5 comentarios leave one →
  1. BlindSmile permalink
    octubre 27, 2011 12:45 pm

    El crecimiento demográfico tiende a acoplarse a los recursos disponibles y a regularse según la planificación familiar. Si la población crece es porque se considera que es sostenible y se podrá crear mayor riqueza. Un descenso de la población como ocurre en Japón o Alemania tampoco debería ser un problema para sostener a una población envejecida, siempre y cuando no te expropien tus recursos, ya que vivirían su jubilación cargo al ahorro de su vida. Creo recordar ahora que Hans Herman Hoppe en su libro de como surgió la familia, sostenía que gracias a la privatización del ámbito familiar y de los hijos se pudo controlar un crecimiento demográfico desbocado. Cuando los hijos eran del común nadie se preocupaba de los costes en los que podría incurrir manteniendo al bebé, ya que, daba lo mismo, se cargaba el muerto a la comunidad. Sólo cuando se privatizó el ámbito familiar se pudieron calcular los costes y los beneficios de tener a un bebé.

    Saludos y Felicidades por el artículo.

    • octubre 27, 2011 7:25 pm

      No puedo estar más de acuerdo contigo. Un saludo!

      • Bastiat permalink
        octubre 27, 2011 8:39 pm

        Pues yo no, ni con vosotros ni con Hans Herman Hoppe.

        No hace falta retrotraerse hasta unos 70 años, en la España de la postguerra, era normal encontrar muchas familias con más de 8 hijos. Ya hacía mucho tiempo que la familia estaba “privatizada”.

        Yo suelo decir que eso era así porque no se había inventado la televisión y se iban a la cama a….. entretenerse. Y como no había métodos anti conceptivos no se había separado todavía el sexo de la procreación. Lo mismo ocurre en los países subdesarrollados en los que los medios anticonceptivos y las posibilidades económicas no permiten establecer pautas de…. comportamiento que limiten la natalidad. Es más, esto es la demostración de que no es la familia sino el desarrollo lo que frena la natalidad, y eso alejándolo de los supuestos economicistas. Si de verdad es mucho más caro tener hijos…. ¿cómo es que los pobres, los países pobres y las familias de la postguerra y anteriores son muy numerosas?

        Ciertamente lo que hay es la posibilidad de hacer de los hijos una cuadrilla de trabajadores para mantener la familia, el común, pero no sería como algo buscado, sino mas bien que se aprovechaba la circunstancia de tener muchos hijos como solución a las mayores necesidades. De hecho, a pesar de esa posibilidad, la de usarlos como mano de obra desde edades muy tempranas, lo cierto es que muchas de esas familias numerosas las pasaban canutas precisamente porque no todo el mundo lograba “colocar” a los hijos como para que la prole fuera rentable.

        Por tanto ni es la cuestión económica, posibilidad de usarlos como mano de obra, ni es la privatización de la familia de manera que la responsabilidad de los hijos fuera sólo de sus padres sino…. el impuesto sobre la renta.

        Si. Curioso. Ya. Veamos la distribución de quienes son las familias más numerosas tradicionalmente, los pudientes, a los que tener hijos no suponía un gran problema y los menos pudientes, que además tenían fuertes desgravaciones que les beneficiaban. No es una relación directa, pero si existe una cierta correlación. Son las clases medias, aquellos que pagan muchos impuestos, que tienen necesidades económicas básicas altas con menor renta que los pudientes los que ven en el hecho de tener hijos como un coste y como una rémora para la integración de la mujer en la vida laboral.

        Es pues el tener, alcanzar o mantener un cierto nivel de vida, de confort lo que está provocando la baja de la natalidad.

  2. Bastiat permalink
    octubre 27, 2011 9:39 pm

    Perdón.

    Debería decir en la primera frase del segundo párrafo: “No hace falta MAS QUE retrotraerse hasta unos 70 años”

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  1. El miedo verde al fin del mundo (ACT.) « NO A TODO

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