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La moral del Estado de Bienestar

noviembre 15, 2011

Imponer la redistribución masiva de la riqueza como medio para sufragar servicios tales como la sanidad, la educación o las pensiones, tiene consecuencias que van desde lo moral a lo económico. Sus implicaciones han provocado un tipo de mentalidad, una serie de creencias fuertemente interiorizadas, que han desembocado en conductas de riesgo, ciclos económicos y falta de competitividad generalizada.

Cuando el individuo toma decisiones, valora sus circunstancias y aprecia la utilidad que para él tienen bienes y servicios que son escasos. Así mismo, parte de una serie de condiciones generales que da por supuestas por considerarlas libres, inagotables o exigibles. A partir de ese panorama, establece su particular criterio de preferencia temporal, los fines más urgentes a perseguir, etc.

Un modelo social que reconoce el derecho a recibir sanidad, educación, o una pensión, sí o sí, genera confusión y hace a los individuos menos responsables, prácticamente ajenos al coste que tienen todos esos bienes y servicios. El Estado se interpone, y a través de impuestos que trata de disimular mediante retenciones periódicas, o su incorporación en los precios nominales, capta recursos con los que universalizar servicios que, desde ese momento, califica como públicos. El ciudadano acepta la carga fiscal, y asume que su renta disponible es la que es. También considera que los servicios públicos están todos dados, son exigibles, y por ello, son condiciones generales para la acción. Esto tiene varias consecuencias, aunque la más importante de todas es la alteración en la preferencia temporal de los ciudadanos: existe una fuerte tendencia a consumir, dilapidando la renta sin la más mínima previsión de infortunios o incapacidad futura. No es seguridad, sino la irresponsabilidad que genera incorporar estas coberturas como bienes y servicios que están dados de forma “gratuita”, universal, y por tanto, exigible, en todo caso y sin aparente posibilidad de restricción. La tasa de ahorro cae de manera dramática.

Como el Estado interviene, regula y planifica la economía, los agentes privados son incapaces de generar la actividad suficiente para que haya un crecimiento económico significativo, que realmente contribuya a enriquecer al conjunto de los partícipes. Los impuestos y la híper regulación tienen dos consecuencias: el empobrecimiento de las clases medias y medias bajas, así como la concentración del poder económico en manos de aquellos que, a su vez, consiguen introducirse en la vida del Estado a través de grupos de presión y corporación de intereses. Nace el Estado neocorporado, en un escenario donde el ahorro y la previsión ceden frente al consumismo. Llegados a este punto entra en juego el factor principal que más nos ayuda a comprender los males y quebrantos que estamos padeciendo: el crédito.

Para que haya crédito deben concurrir dos circunstancias: primero, que haya suficiente ahorro, y segundo, que quien demande dichos fondos en forma de préstamos para inversión, o para consumo, inspire la suficiente confianza a su eventual acreedor (riesgo). Para que esto último suceda debe confiarse en el acierto de las decisiones empresariales de quien solicita fondos que invertir, así como solvencia de la persona que promete el pago de sus deudas en un futuro más o menos próximo, y pone como garantía de tal cumplimiento su propia capacidad de generar rendimientos.

El Estado de Bienestar, pesa y descoordina de tal manera, que resulta inevitable recurrir a los estímulos de la economía para que ésta de al menos la sensación de estar acumulando riqueza. Gracias a la reserva fraccionaria (que los bancos presten a largo lo que reciben a corto), el dinero fiduciario (que el dinero no sea una mercancía con un valor propio en el mercado, sino que dependa, en calidad y cantidad, de la decisión arbitraria de su emisor), y la banca central (que provee de liquidez a las entidades que prestan lo que no tienen, interviniendo los tipos de interés o manipulando el dinero fiduciario de curso legal), el Estado puede hacer frente a los dos desafíos que se le plantean: la activación económica (aunque sea de en clave maniaco-depresiva) y la abundancia del crédito.

Como resultado tenemos una sociedad que vive en el mañana sin garantías de que en ese futuro relativamente inmediato vaya a ser capaz de pagar lo que hoy consume. No se ahorra lo suficiente, pero se invierte y se gasta como si el ahorro fuera ingente, prácticamente inagotable (con la ficción del inflacionismo y los bajos tipos de interés). La gente consume de manera salvaje, no guarda para la vejez, no invierte, porque considera que servicios básicos como son la sanidad y la educación de sus hijos, vienen dados, son una suerte de bienes libres, “gratuitos” e inagotables. Desde esa perspectiva se avanza hacia un abismo cada vez más profundo, gracias a las malas inversiones que provoca la dislocación de la preferencia temporal de la economía, con tipos artificialmente bajos, alargando los periodos productivos, mientras que, al mismo tiempo, el consumo no para de crecer. Vivimos como ricos, prometiendo serlo de verdad algún día, gracias a un crédito que en un mercado libre sólo podría darse si hubiera un volumen de ahorro extraordinario (lo que conllevaría un consumo de bienes presentes proporcionalmente más restringido)

La crisis que vivimos no pertenece a los mercados, sino a los Estados. Es una crisis moral, cuyas causas son menos evidentes que el consumismo desatado o el abuso del crédito vivido durante esta última década. Hay un modelo de intervención que fomenta resultados como estos. Como hemos visto en otras partes, los agentes se adaptan interesadamente al entorno institucional en el que actúan. La libertad lleva aparejada la exigencia de responsabilidades que, en nuestro caso, el Estado no solo se ha negado a reclamar, sino que también se ha dedicado a desvirtuar desde el comienzo de la expansión, hasta su dramático final.

Saludos y Libertad!

5 comentarios leave one →
  1. pravda permalink
    noviembre 16, 2011 12:18 pm

    Amén. Desde un punto de vista ético el funcionamiento de los estados con su tan cacareado “estado del bienestar” es robar a los no natos los frutos obtenidos de su condición de esclavos.

    Decían que los niños venían con un pan bajo el brazo. En realidad vienen con una losa sobre los hombros que los coetáneos de sus padres les cargan como manera de mantener artificialmente sus nivel de vida y su irredento egoísmo.

    El dinero, que en verdad es el invento que más libertad ha generado al ser humano en muchísimos siglos, ha acabado siendo monopolizado al imponer los estados su moneda sin la cual no puedes pagar impuestos y, por tanto, te quedas fuera de la ley.

    Cada vez nacemos menos libres… y a nadie parece importar. Delenda est Hispania.

  2. noviembre 16, 2011 12:52 pm

    excelente!

  3. Bastait permalink
    noviembre 16, 2011 2:16 pm

    Amén…

    No sé que añadir.

    Sólo decir y apostillar que el problema que tenemos no es en sí un problema económico si no moral.

  4. JFJ permalink
    noviembre 20, 2011 12:00 am

    El estado de bienestar es como una reserva americana de indios o de nativoamericanos para ser políticamente correcto. Tienen de todo, pero no son libres. Si deciden serlo o están hartos de sus jefes y dejan la reserva todo lo pierden.

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  1. La moral del Estado de Bienestar

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