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La responsabilidad y los mercados

noviembre 24, 2011

Viene siendo habitual leer y escuchar la utilización del término “los mercados” en cualquier comentario o referencia a la situación de crisis económica que estamos experimentando. Ha desplazado incluso a otro de los clásicos, el “neoliberalismo”. Este último tenía más sentido que el novedoso “los mercados”, ya que aquel se refería a cierta tendencia de pensamiento que miraba, sólo miraba, en los postulados típicos de la defensa del libre mercado, con el objetivo de dinamizar la vía intervencionista. Así, se pseudoliberalizaron sectores, privatizaron empresas públicas, y de alguna manera, se apostó por unas relaciones entre Estado y el resto de agentes privados que abrían vías de cooperación donde antes sólo había dominio. Nada más.

El caso es que estamos hartos de oír cómo se manipula el concepto de mercado dentro del discurso dirigista, como clara apuesta por ampliar los ámbitos de regulación centralizada. Atribuyendo responsabilidades a “los mercados”, se logra reificar un chivo expiatorio que, en píe de igualdad, en lo que a decisión y voluntad se refiere, compita con el Estado para ver quién es el más malo. Lo cierto es que semejante cosa no existe en el sentido que pretende dársele, ya que los mercados son los ámbitos de interacción donde los agentes interaccionan persiguiendo fines particulares a través de acuerdos voluntarios de intercambio, a los que sólo llegan a través de sus valoraciones subjetivas. En el mercado se interactúa, se convive, se produce y se consume, se ofrece y se demanda, se crea, se destruye, se gana y se pierde. No hay responsabilidad atribuible a “los mercados”, dado que todas las decisiones proceden de algún agente, del tipo que sea. Y es aquí donde aparece la gran diferencia entre Estado y mercado. Mientras que el segundo es un mero proceso, u orden de reglas y acciones espontáneo e institucional, el segundo, respecto al mercado, es un agente más. Pero no un agente común, sino uno con una característica que lo hace singular. El Estado representa el monopolio del uso de la violencia. Sus decisiones, sus normas e intereses formalmente perseguidos, de cara al resto de agentes, poseen la prerrogativa del imperio, la fuerza de la irresistibilidad.

El Estado actúa en el mercado, en la mayoría de las ocasiones, tratando de suplantarlo. Mientras que el mercado, resulta del proceso de interacción y cooperación voluntaria entre agentes en competencia, mediante contratos libres, y en base a reglas institucionalizadas como el Derecho, la moral o el dinero, el Estado dispone sus relaciones con el resto de agentes anulando las anteriores precondiciones.

Sucede que el Estado total es inviable. El teorema de la imposibilidad del socialismo demuestra en términos estrictamente teóricos lo que en la realidad ha sido un estrepitoso fracaso del totalitarismo político. Por esa razón, el Estado se ha visto en la obligación de mantener relativamente poco intervenidos determinados ámbitos del mercado, para centrarse en el que ha sido su causa primordial: dotarse de una función social. Empezó dedicado al orden público y la seguridad material, para acabar convirtiéndose en el benefactor redistributivo representado en su forma de “Estado social”.

El caso es que “los mercados” no compiten con el Estado en conseguir resultados satisfactorios para todos. Es el Estado quien interviene o participa en el mercado, para, dominando o interaccionando con otros agentes, lograr determinados objetivos. Del Estado proceden las decisiones que tienen relevancia política y económica. No todo sucede en el mercado, pero aun cuando así fuera, es una incorrección atribuirle directamente la responsabilidad sobre decisiones o resultados que no son ni pretendidos directamente, ni adoptados por “los mercados”, sino en ellos. Las decisiones proceden de los agentes, incluidos los Estados, que regulan parcialmente, o participan activamente dentro de los mercados. Los resultados obtenidos por cada interviniente dependen de su acierto, y de su suerte. Los resultados “generales” sólo son pretendidos por quien se cree destinado a centralizar las decisiones y planificar las consecuencias de las mismas. Esto es sencillamente imposible, pero aun con todo, por el mero hecho de pretender ciertos objetivos dentro de los mercados, los Estados, y sólo ellos, deben ser considerados responsables de todas y cada una de las consecuencias derivadas de sus acciones en el mercado, así como de cada agresión que perpetren contra el resto de agentes.

Lo que está sucediendo con la deuda pública y los altos tipos de interés a los que algunos Estados se están viendo obligados a colocar la suya, es un buen ejemplo de lo que aquí se ha explicado. El sistema monetario es un claro intento estatista por dominar un ámbito del mercado a través de la brutal intervención que supone la imposición de una moneda fiduciaria, como lo son el Euro o el Dólar, la concesión de la reserva fraccionaria a los Bancos, y la constitución de un prestador de última instancia que es el Banco Central. A pesar de ello, puede hablarse de un mercado financiero y monetario, en los resquicios que deja esa fuerte intervención (que va mucho más allá de lo explicado).

¿Qué sucede si un Estado tiene necesidades financieras y no se atreve a cubrirlas totalmente a través de la monetización de la deuda y la consiguiente generación de inflación? Pues que tendrá que acudir al mercado para captar ahorro que otros agentes ofrezcan a cambio de promesas de pago futuro. Si el Estado no es de fiar, su estabilidad está en entredicho, o lo que sea, parece razonable que al tipo de interés que toda transacción temporal tiene, se incorpore una creciente prima de riesgo ante el posible impago de la deuda. Cuando a los Estados les cuesta mucho colocar su deuda frente a otros agentes, incluidos otros Estados que la colocan más fácilmente, es por EN EL MERCADO su crédito esta por los suelos. No son los mercados, sino aquellos agentes que ofrecen dinero hoy a cambio del pago futuro de la deuda. No se trata de una decisión centralizada, que adopta ese entre que algunos pretenden, llamado “los mercados”, como demostración de cierto interés particular. Es un precio libre que procede de la conjunción de valoraciones subjetivas de multitud de agentes, incluido aquel que decide endeudarse para no quebrar. Es esta última la decisión que motiva todo esta problemática. Los Estado deciden gastar más de lo que ingresan vía impuestos, y por ello se ven obligados a buscar financiación. No hay más responsabilidad que esa.

¿Qué sucede cuando se pide al Banco Central que acuda al rescate de un Estado, comprando su deuda de forma masiva? Simplemente, que con esa decisión, que adopta el Banco Central (animado por sus dueños, que no son otros que los Estados), se acude al mercado, e interviniendo en desiguales condiciones, pretende alcanzar cierto resultado general. Es decir, se busca impedir que las decisiones de los otros agentes que participan en el mercado de deuda, alcancen completamente sus personales objetivos de máxima rentabilidad, rebajándola mediante su irrupción acaparando una gran cantidad de títulos en poco tiempo. Este es el claro ejemplo de cómo, primero se trata ingenuamente de diseñar un ámbito de intervención que permita cierto control sobre los resultados, para después, ante los errores cometidos por los Estados en la gestión de sus propios presupuestos, tomar la decisión desesperada de volver a intervenir, esta vez en mercado abierto, con la única pretensión de lograr cierto resultado general al cierre del mismo. Lo que no se mide es que, aun en el supuesto de conseguir lo inicialmente propuesto, existen consecuencias no queridas que, inevitablemente, derivan de toda intervención en el mercado.

Cuando dicha intervención la realiza un agente privado, de manera competitiva, mediante acuerdos voluntarios, y asumiendo la responsabilidad íntegra sobre sus errores, dichas consecuencias no son otras que la formación de un orden institucional de acciones. Sin embargo, cuando la intervención la realiza un Estado, o como en este caso, el Banco Central (que es su instrumento para estos quehaceres), los resultados tienen gravísimas consecuencias no queridas, que tienden a destruir precisamente el orden institucional de acciones conseguido en libertad. La monetización de deuda genera inflación, y la inflación distorsiona todas las señales del mercado, perjudicando a todos y cada uno de sus partícipes.

Saludos y Libertad!

4 comentarios leave one →
  1. noviembre 24, 2011 10:24 pm

    “…agente privado, de manera competitiva, mediante acuerdos voluntarios, y asumiendo la responsabilidad íntegra sobre sus errores”

    Lamentablemente,muchos de los “grandes actores” en el mercado de deuda pública, aun siendo privados y actuando voluntariamente NO asumen la responsabilidad de sus errores. Actúan en connivencia con los estados para que los errores de unos y otros sean pagados por el contribuyente. vía más deuda, impuestos o inflación. En España se llaman “Creadores de Mercado” y en USA “Primary Dealers”.

  2. Conpermiso permalink
    noviembre 25, 2011 2:45 am

    Mire usted por donde, es de las pocas veces que lleva razón.

    Es una pena que emplee palabras rebuscadas y circunloquios aprendidos, lugares comunes y recursos de manual, porque podría explicarlo en la mitad de palabras, mucho mejor.

    Y seguiría teniendo razón.

    La pregunta es: ¿por qué los políticos no dicen la verdad?

    Porque la realidad es que España depende de los mercados porque ha financiado a deuda de forma peligrosa para pagar lo que los españoles hemos querido disfrutar.

    (Incluidos ustedes los “liberales”, aunque luego miren para otro lado)

    • Bastiat permalink
      noviembre 27, 2011 5:34 pm

      Tienesustedpermiso…. para decir lo que quiera… pero no nos meta en esta porque los liberales no hemos gobernado España en ningún momento de esta época democrática. Nunca.

      Salvo que hable de neoliberales… y de eso no sabemos en sí qué es…

  3. pravda permalink
    noviembre 25, 2011 12:26 pm

    Es que todo el problema radica en el concepto de responsabilidad. Sólo puede existir mercado cuando los intervinientes son responsables de sus actos y no son “otros” los que pagan por los excesos de “unos”.

    Todos los totalitaristas pretenden que los derechos y obligaciones sean de “entes” y no de personas y, de esos barros, estos lodos. Los Estados no responden de sus excesos, son los ciudadanos quienes los pagamos, en las cajas de ahorro (totalmente estatalizadas) no responden sus dirigentes o accionistas, sino todos los que al final nos obligan a rescatarlos.

    Los derechos no son de “los pueblos”, del “estado” o de “las mujeres”. Los derechos o son individuales o son milongas que se llevan a la buchaca los que dirigen esos macrochiringuitos y las obligaciones o son adquiridas voluntariamente o son pufos que, como los estados irresponsables, nos encaloman a los memos “benficiarios”.

    Ay, lo que daría porque el voto no fuese secreto sino público y los votantes del partido ganador se hicieran responsables de los desmanes de sus dirigentes elegidos. Otro gallo nos cantaría. Pero claro, eso a los que manejan los Estados no les interesa, significaría mucho control, ¿verdad?

    Un saludo

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