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Europa, Estado sin Nación

diciembre 10, 2011

La CEE, primero, y la UE después, fueron concebidas como esfuerzo interestatal por ordenar y pacificar Europa. El mercado común se ha convertido en la común intervención, lo que exige una creciente burocratización de las instituciones encargadas de gestionar las facultades y competencias que la UE ha erosionado a sus Estados miembros.

La diferencia entre una organización internacional y un súper Estado se expresa tanto en elementos formales evidentes, como en la sutileza con la que se adoptan las decisiones más relevantes.

La soberanía reside en quien maneja el instrumento de poder en los momentos de crisis o excepción. Europa es Alemania con Francia. Aún con todo, la definición de competencias concede cierta autonomía al gobierno de la Unión. La soberanía pues, concebida como poder de decisión inapelable, se proyecta en un compromiso extraño, entre los dos Estados predominantes y la corporación de intereses cada vez más independiente que representa la Comisión Europea.

Existen semejanzas entre Europa y los EEUU. Semejanzas que no son de índole histórica o cultural, pero sí en lo que al proceso federativo se refiere. El avance del gobierno central y su particularidad respecto de los gobiernos de los Estados, se apoyó en el caso americano en la preexistencia de una comunidad política suficientemente definida. En Europa no sucede lo mismo, y su integración ha dependido siempre del interés estratégico, o la necesidad, de los Estados, consecuencia de la existencia de conflictos abiertos, zanjados o cerrados en falso, e intereses compartidos de distinto tipo.

Son las crisis y las guerras, incluidas las civiles (que terminan otorgando el poder absoluto a una de las partes enfrentadas), las que provocan saltos exponenciales en el grado de integración y estatización (será entonces “el soberano” quien trate de liderar la complejidad del cambio). La integración política y comercial es positiva, y no necesariamente incompatible con la autonomía de las comunidades incluidas. Se trata de una tendencia que desemboca en la definición de rasgos nacionales bastantes y consistentes a un nivel más amplio, y sin la intensidad de lazos que existe en la nación básica. Europa todavía no ha dado ese paso, y no es seguro que lo esté dando o lo vaya a dar en un futuro próximo. La nación europea sería, por razones obvias, de una especie nueva, con rasgos confederativos y un elemento común que puede no llegar a arraigar lo suficiente en un mundo que, concurrentemente, tiende hacia la integración cultural en torno a ciertos rasgos occidentales.

Lo que ahora vivimos es el reforzamiento de la estatización frente a una integración nacional que no la acompaña en grado e intensidad. Esta crisis ha contribuido a que la Unión resurja como ordenadora de los intereses compartidos y nacionales de los Estados que la forman. Para ello, y con la moneda única como elemento vertebrador, se refuerzan los pilares del protoestado europeo.

Los “federales”, capitaneados por quienes ostentan la soberanía última de la Unión, se comprometen a pactar un gobierno fiscal común, que sea fuerte y “benevolente”, lo suficientemente grande e independiente. Así mismo, y esto es fundamental, se dan los primeros pasos para consolidar un marco impositivo propio de la Unión, explorando la posibilidad de gravar las transacciones financieras, armonizar el impuesto de sociedades, y quién sabe si la fiscalidad general del ahorro. La UE pasaría de financiarse con recargos sobre el IVA, aportaciones de los Estados, y ciertos aranceles, a tener tributos propios y autogestionados. Y lo que supone un paso definitivo en cuanto a la consolidación de una banca central de tipo estatal, superando de alguna manera la singularidad del BCE frente a sus homólogos, este órgano de planificación monetaria y financiera, gestionará directamente los Fondos de Rescate temporal y permanente de la unión monetaria.

La otra pieza que falta para que el proceso federativo avance es la democratización de las instituciones políticas de la UE. La ampliación de las facultades del Parlamento Europeo, que ya es elegido por sufragio universal, no basta. El Consejo lo componen y manejan los gobiernos de los Estados, y la Comisión resulta de su compromiso, sin que el pase parlamentario sea hoy tan relevante como formalmente se pretende. La elección popular de un presidente de la Unión encargado de formar gobierno con independencia del plácet de los Estados, sí podría arrancarles este último freno confederal. La contradicción procede precisamente de la inconsistencia nacional que tiene Europa, frente a la experiencia norteamericana.

Como decía, son las crisis y las guerras, como situaciones de excepción, las que dejan al descubierto dónde radica la soberanía del aparato político. El protoestado europeo avanza en un proceso de integración e independencia fuertemente tutelado por los poderes estatales de Alemania y Francia. La unificación fiscal, la autonomía financiera, o la consolidación de la banca central, con todas o casi todas las facultades típicas (al margen de los principios fundamentales que sigan inspirando su política), refuerzan el estatismo europeo. Que éste no avance al mismo ritmo, o conforme a la naturaleza e intensidad del tipo de integración nacional, supondrá la causa de nuevas contradicciones así como de futuras crisis institucionales de la Unión. Otro elemento que contribuirá a desestabilizar este proceso es la resistencia confederal, incluso la amenaza separatista, de una fuerza tan relevante como el Reino Unido, que no es cualquier elemento discrepante o particularista en el juego de tronos de Bruselas.

Saludos y Libertad!

One Comment leave one →
  1. Bastiat permalink
    diciembre 10, 2011 5:53 pm

    Yo con este asunto tengo “el corazón partío”. Hayek

    A mí no me cabe la menor duda de que es un gran acierto la existencia del Euro como concepto integrador, como remedo, de peor calidad, pero similar posibilidad de funcionamiento, del patrón oro. Que trata de eliminar sus debilidades pero que, como se está demostrando, no ha conseguido huir de sus defectos. Su virtud es el que toda una gran región tenga la misma moneda, el oro sería igualmente una misma moneda, que los intercambios al hacerse en la misma moneda puedan ser más fluidos y más claros, que el movimiento de personas, capitales y mercancías sea aun más fácil. Su defecto… que no se ha cumplido la máxima por la cual el BCE tiene la obligación de garantizar el valor de la moneda y luchar contra la inflación.

    El BCE ha sido y está siendo utilizado como cualquier otro BC en manos de políticos que han manejado los tipos de interés a su antojo, que no se han establecido los controles necesarios para evitar los apalancamientos excesivos en el sistema bancario y, sobre todo, que no ha logrado evitar los déficits públicos y la deuda públicas insostenibles.

    El problema del Euro, a mi entender, desde fuera de la ciencia económica, está siendo más la ausencia de la disciplina presupuestaria de muchos países que han confiado más en medias de políticas keynesianas que en establecer un modelo de actuación estatal basado en el control del gasto y en evitar caer en déficits y deudas desbocadas.

    Por tanto, aunque hay que leer mucha letra pequeña, si de este paso dado se consigue establecer un techo efectivo de deuda y déficit que no ponga en peligro…. no la moneda, sino la propia viabilidad de los Estados, que son los que están a punto de quebrar, no así las grandes empresas, la mayoría, no así los pequeños negocios bien llevados, la cosa no estaría mal.

    Y el problema, para mí, mirando al futuro viene de si serán capaces de sacar las conclusiones acertadas de todo lo que está pasando. No se puede manipular la economía, no se puede buscar crear burbujas para crecer y tapar vergüenzas.

    Por tanto, si eso es lo más importante, mas alguna que otra regulación del sistema bancario, mas algunas medidas coactivas importantes, y automáticas, no pendientes de reuniones del politburó europeo, por una autoridad fuerte, el BCE o la Comisión Europea es vigilar esos aspectos no creo que sea en si demasiado negativo.

    Otra cosa sería el obligar a los países a establecer legislaciones desde fuera, imposiciones a determinados países en sus reglamentaciones para asimilarlas a los de otros, y, sobre todo, lo que me niego, es a aceptar el hecho de que se intenten armonizar los sistemas fiscales. Creo que una de las garantías de los pequeños países para poder avanzar es jugar con la baza de la ventaja comparativa que pudieran lograr con la política fiscal. Eso sí, todos teniendo en cuenta eso que ya decía arriba…. No se puede entrar en déficit ni deuda publicas excesivas.

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