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La reforma laboral

febrero 13, 2012

Salvo que medie subvención, o cualquier otra medida que compense al empresario por el sobrecoste, ningún individuo llega a disfrutar de condiciones laborales superiores a las que se alcanzarían en un mercado libre. Quien se encuentra por encima del límite, porque el valor descontado de su productividad marginal cubre suficientemente el salario/condiciones que disfruta, no recibe beneficio alguno. Quien se sitúa por debajo, directamente es expulsado del mercado de trabajo, o, en el mejor de los casos, termina siendo contratado gracias a que el Estado compensa al empresario por otros medios, que siempre saldrán del bolsillo del contribuyente.

Cuando se subvenciona el empleo mediante, por ejemplo, bonificaciones en el pago de la seguridad social, o lo que es lo mismo, reduciendo cuotas al trabajador, quitándoselas al empleador, e incluso a través de “ayudas” directas, se comete un nuevo ataque contra quienes sí superan la productividad límite. Serán los más productivos y aquellos que pueden permitirse ser “fijos” de acuerdo con las exigencias recogidas en la legislación laboral quienes soporten el coste necesario para garantizar las prestaciones y ventajas que, pese a no pagarlas, el Estado sí reconoce al resto de contratados. Es decir, quien cotiza el 100% paga bajas y pensión a quien no llega al límite o mínimo impuesto por el Estado.

Es decir. Si ponemos un límite, o un mínimo en la contratación, todo el que no lo supere o pueda soportarlo, quedará excluido del mercado. ¿Cómo reacciona el sistema para que la tasa de paro no sea tan dramáticamente elevada? Redistribuyendo una parte importante de la renta generada por quienes sí superan el límite, a través de bonificaciones y subvenciones que “compensan” al empresario por el sobrecoste que les supone contratar a quien no llega a superar dichos límites y mínimos.

Quienes a pesar de las subvenciones, o por no encontrarse en los grupos o categorías premiados con las mismas, no logran encontrar empleador, también se beneficiarán, pero en distinta medida, del expolio de aquellos trabajadores que sí superen los límites y mínimos. Éstos no sólo pagaran la subvención de los menos productivos que finalmente sean contratados, sino que mantendrán por una u otra vía a quienes no logren un puesto de trabajo. Así mismo, pagarán las pensiones contributivas, como las no contributivas de jubilados e incapacitados.

El resultado es una sociedad donde se corre el riesgo de que un número progresivamente menor de trabajadores estén obligados a mantener cierto nivel de vida al resto de ciudadanos. Los sindicatos defienden este modelo con diferentes argumentos en función de cuál sea su auditorio. A quienes trabajan les aseguran que sin límites y mínimos, sus condiciones serían inferiores, cuya falsedad ya se ha visto (técnica del miedo). A quienes aspiran a superar algún día esos límites y mínimos gracias a que su trabajo sea más valorado, se les promete que de no existir lo mismos, su penuria sería eterna (técnica de la esperanza o anhelo de estatus). Y a quienes se benefician de la redistribución, por ser trabajadores marginales, o por hallarse en alguno de los grupos protegidos, se les azuza con la siempre efectiva lucha de clases (técnica del terrorismo social). Este último argumento también sirve para contener a quienes más tienen, por preferir el expolio a la agitación y el desorden prometido.

Tendremos por un lado a gente productiva sobreexplotada, laboral y fiscalmente; y por otro, a gente menos productiva expulsada del mercado en su mayoría o subvencionada con relativo éxito, es decir, incapaces de sumar más riqueza a la que de por sí es capaz de generar el primer grupo. Fruto de una gran falacia que es incapaz de hacer más rico al conjunto de la población, no sólo no se consigue reducir las desigualdades, sino que ata a los más débiles a una situación de total precariedad o desempleo. Millones de individuos, cuyo esfuerzo contribuiría a hacer una economía más próspera y productiva, y que tendrían oportunidades de enriquecerse, elegir y realizarse personalmente, son condenados a la mediocridad, la desmoralización, el paro o el estancamiento personal y profesional.

Todo cambio que acerque más el despropósito que sufrimos en España a la libertad que tanta falta nos hace, sería un paso en la dirección correcta.

En este video se entiende a la perfección lo que he querido explicar.

Saludos y Libertad!

2 comentarios leave one →
  1. Juano permalink
    febrero 14, 2012 12:32 am

    A ver el charco en el que me voy a meter…

    Gran post, es un ejemplo puntual de algo más general a lo que le llevo dando vueltas un tiempo y para lo que no he encontrado literatura por ahora (aunque la intuición me dice que debe de haber…).

    Pendiente de currármelo un poco o bastante más, el planteamiento general es el siguiente: En el orden social, dentro de la esfera individual, todo derecho(s) ha de llevar aparejado una obligación(es). Siempre.

    El motivo es el siguiente: La relación derecho-obligación es inmutable, siempre se da igual que la sombra implica luz. Para que en el orden social la aplicación de estas instituciones sea útil el nexo de unión ha de estar en el individuo. Si éste no percibe la relación coste-beneficio de la interrelación de los dos conceptos aplicados sobre sí mismo con respecto a los demás, no puede haber acciones de corrección ni efectos positivos en el largo plazo.

    Así, de no aplicarse esta máxima, al recibir alguien un derecho aislado de toda obligación sobre su persona que lo compense, el coste (las obligaciones) recaerán sobre terceros que nada recibirán a cambio. Igual que si se le impone una obligación a alguien sin que implique un derecho, otros sacarán un beneficio de ello por el que nada habrán invertido ni realizado.
    Tal esquema, para empezar carece de todo atisbo de justicia. Además no puede producir ningún efecto positivo: el que recibe algo sin coste lo dilapidará por norma. El que sufre castigo inmerecido, como poco, pierde un incentivo primordial para colaborar al progreso del colectivo que así le trata. Y la dispersión de las obligaciones produce innumerables efectos en cadena que dan un saldo negativo para el colectivo.

    El derecho a cobrar una indemnización no acarrea ninguna obligación al que lo recibe. Pero el dinero que recibe ha de ser aportado de la riqueza que generan otros (con lo cual o bien se le reduce la remuneración injustamente, o se resta capital para inversiones productivas).
    Lo mismo ocurre con las subvenciones, ayudas y demás “estímulos” o derechos que se otorgan arbitrariamente sin una contraprestación establecida. Para que los beneficiados reciban ese beneficio, alguien tiene que pagarlo sin que reciba nada a cambio…

    De ahí que la Ley tenga que ser siempre general, igual para todos: El derecho a la vida conlleva el respeto a la vida de los demás. La propiedad privada es tan derecho como obligación.
    La generación de derechos sin obligaciones, o de obligaciones sin derechos, en el ámbito individual tiene que estar prohibido.

    Bueno, para empezar creo que vale, que podría seguir divagando un buen rato pero lo principal ya está dicho…

    Saludos…

  2. Bastiat permalink
    febrero 14, 2012 6:10 pm

    Pero muy bien dicho, Jubal.

    Y por supuesto Hayek.

    A mí me gusta decir que derecho sólo son aquellos que todos tienen en virtud de ser humanos. Y, si a caso, en virtud de pertenencia voluntaria, asumiendo costes y disfrutando beneficios, a una sociedad o grupo humano.

    Dicho esto podría decirse que el pertenecer a un estado social es algo voluntario y, por tanto, también es un derecho el tener una vivienda digna o una indemnización por accidente. Pero ocurre que en este caso la voluntariedad es difusa, no elijo dónde nacer, aunque si permanecer, y no puedo librarme de todas las obligaciones que quiera porque esa permanencia hace que se me impida por la fuerza de la ley y del Estado.

    Pero una cosa es la pertenencia voluntaria a un grupo determinado dentro de otro grupo, y otra muy distinta la pertenencia obligatoria sin posibilidad de escape. Y una cosa es la cercanía del hecho de la obligación con el hecho del disfrute del beneficio. Es la distancia lo que hace perder la conciencia de que lo que se obtiene alguien tiene que pagarlo. No es lo mismo recibir una ayuda estatal que obliga todos los demás a sufragarlo y a los que a penas conozco que recibir la caridad del vecino de al lado. Lo primero se entiende como un derecho sin obligación lo segundo me obliga para con mi vecino….

    No es extraño que la gente vote en jauría por lo primero.

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