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Los tres rostros de la tragedia

abril 6, 2012

Tres noticias ilustran una misma preocupación: el disenso que viene. España, como Serbia, tuvo su guerra civil. Cada conflicto se cerró de una manera. En España nació un nuevo consenso que mantuvo la unidad política. El régimen de los vencedores dio paso a una democracia hecha por y para todos.

La primera noticia hace referencia precisamente al otro conflicto, el serbo-bosnio, que hace 20 años incendió los Balcanes. La imagen de horror, vileza y desesperación nos parece hoy tan próxima como nos resultó en su momento. Creemos que no es posible repetir el error de 1936. Que semejante tragedia no pertenece a nuestro tiempo, que no ha lugar gracias a la democracia que nos empeñamos en manosear y maltratar. Bosnia es sólo una advertencia.

La segunda noticia es la que recoge la enésima proclama soberanista del PNV. Esta vez se marca el objetivo para 2015, cuando esperan tener un nuevo estatus político que comprenda la plena soberanía. La integración política es un bien que muchas veces obviamos por entenderlo dado y eterno. La soberanía de quien se halla integrado en un orden más amplio debe justificarse en la existencia de un disenso tan profundo y perjudicial para quien pretende la escisión, que no quepa alternativa ni vía intermedia. La autonomía política es una forma de estar, de pertenecer. La independencia política es única manera de ser frente al otro, alzando límites, rompiendo lazos. ¿Qué pasará con los vascos que quieran seguir siendo españoles? ¿Qué pasará con los vascos que, al margen de apoyar o no la secesión, mantengan propiedades y negocios fuera de su territorio? ¿Qué sucederá con los vascos que viajen, veraneen o estudien en España? ¿Qué pasará con los vascos que tengan familia fuera de sus fronteras? La violencia que encarna una secesión de este tipo, cuando no media segregación, marginación, persecución o nada por el estilo, es un tipo de violencia que siembra el odio entre hermanos, familiares y amigos. Cuando la ira es para con quien no se mantiene lazo alguno, la mejor salida es fijar una frontera desde la que plantear las futuras relaciones. Esto no es lo que sucede entre los vascos y el resto de españoles.

La última noticia se ilustra en una imagen brutal de un fosa común llena de huesos de quienes fueron asesinados en 1936 a manos de falangistas. Fosas que la izquierda más radical, un juez prevaricador y un gobierno infame, quisieron utilizar para trasladar al presente los odios y la vileza que provocaron la última guerra civil en España. No se trataba de dignificar a los muertos del bando perdedor, como en su momento se dignificaron los caídos del ganador. No se trataba de cerrar heridas, sino de abrirlas. No era necesaria una Ley para la memoria, ni un juez extralimitado, o la bajeza de tanto sectario, para que los muertos descansaran en paz, identificados y sepultados donde sus familiares quieran. En cualquier caso, la labor de los jueces no sería más que de dar salida a ese proceso, y nunca aquello para lo que no son competentes. No se pueden juzgar hoy los crímenes del franquismo, o los de frente popular, cuando nuestro régimen se asienta sobre la reconciliación y la amnistía. No puede recurrirse a la jurisdicción para que, saltándose los límites establecidos por las leyes, enjuicien sucesos cuyos posibles implicados se hallan hoy todos muertos. No sirve apelar a la imprescriptibilidad formal, ni siquiera internacional, de los llamados crímenes de genocidio y lesa humanidad. En cualquier caso, cuando el reo muere, muere con él la responsabilidad. Pertenece a los historiadores la responsabilidad de atribuir decisiones y acciones concretas.

Estas tres noticias nos plantean una misma idea: el enfrentamiento civil es siempre una posibilidad que alimenta el odio y la bajeza moral. El sectarismo, y el nacionalismo, son las fuerzas que más contribuyen a que esa trágica posibilidad adquiera visos de acabar siendo una triste realidad en nuestro país. Quien demuestra tanto empeño por sembrar la discordia, revivir odios y deshacer lazos de unión, aspira una ruptura de la convivencia que, quiera no, pasa por las atrocidades más indecibles.

Saludos y Libertad!  

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