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De buenos y malos (o culpables inmediatos)

julio 19, 2012

En esta sociedad infantilizada que vivimos, el pensamiento único y quizá el mismo sentido común, o vulgar, nos arrastra a perpetuar la dicotomía malos y buenos que es propia de la infancia. Aunque lo eliminemos de nuestro lenguaje y comprensión de los hechos ventajosos o desafortunados que nos suceden, conservamos un pensamiento tan simple como útil para afrontar desde la mínima reflexión y la ignorancia auto complaciente todo aquello que nos aflige o preocupa sobremanera.
La moral del bienestar, o pensamiento socialdemócrata responde a la perfección a este típico ejemplo de perpetuidad infantil en nuestro intelecto.
Si disfrutamos de fines de semana, vacaciones, pagas extra, pensiones y sanidad, o cualquier otra ventaja o condición satisfactoria en nuestra relación laboral, lo hacemos a costa de otros. Esos otros son los malos, y por supuesto, nosotros los buenos. El empresario es malo, bueno es el trabajador. Solo mediante la lucha de este último es posible equilibrar las relaciones entre ambos, y siempre a costa de un maligno empleador que se resiste a entregar al trabajador lo que es de justicia.
Sucede igual con los servicios de primera necesidad, o considerados como esenciales, que presta el Estado. Si disfrutamos de sanidad, educación, transportes o cualquier otro bien que se nos ocurra, lo hacemos gracias a que los malos pagan impuestos. Los malos son los ricos, los que ganan mucho y trabajan poco o nada, los capitalistas. De nuevo el trabajador se convierte en la víctima, la parte buena y sin mácula, obligado a luchar por condiciones que exige que paguen los que más tienen. En este convencimiento, cualquier deterioro de estos servicios se tribute inmediatamente a que los ricos no pagan lo suficiente y merecen mayores impuestos o regulación sobre la actividad que les permite amasar esas ingentes e injustas fortunas.
La novedad de nuestros días, y todo gracias a esta crisis y la inoperancia de nuestros políticos para gestionarla, es que este pensamiento mágico, infantil y falaz, está dejando paso a un estado de máxima perplejidad entre los ciudadanos, que asisten a un panorama dantesco donde todas las ventajas que creían aseguradas por estar soportadas por los malvados empresarios, ticos y capitalistas, están en tela de juicio por su ineficiente naturaleza e insostenible perspectiva.
Los ciudadanos están empezando a comprender que sus vacaciones, fines de semana y pagas extra se las ganaban ellos mismos con el sudor de su frente. Que la sanidad, la educación y el metro, se paga con los impuestos de la mayoría, y no con los de unos pocos y afortunados y millonarios. El Estado de Bienestar es una trampa, una manera muy cara de garantizar el acceso a determinados servicios. Cuando con los impuestos que pagamos no hay suficiente para sostener determinados servicios, toa recortar, racionalizar, establecer copagos, renunciar a prestaciones accesorias, y subir los impuestos.
Pero el pensamiento infantil e idiotizado que caracteriza a nuestras sociedades, no termina de eliminarse a pesar del baño de cruda realidad. La necesidad de encontrar culpables inmediatos nos hace dirigir nuestra mirada hacia la clase dirigente, los políticos. Son los nuevos malos. Su inoperancia nos ha conducido adonde estamos. Lejos de despertar del sueño del bienestar, la mayoría se aferra al sistema, aun a sabiendas de su insostenibilidad, y cree ingenuamente en que con otros políticos, quizá se solucione la cosa.
Pero antes de caer en que quizá los mandamases podían tener al que ver con la grave situación que padecemos, dominó ya aún domina la animadversión contra otros malos malísimos sin paliativos: los mercados. Sin definir exactamente su sustancia y condición, se hablaba y habla de los mercados como pérfidos especuladores que juegan con las necesidades financieras de los Estados sin preocuparse de que detrás del déficit se esconden servicios tan importantes como la sanidad y la educación públicas. Claro, poco a poco la gente empieza a despertar, se mira al espejo y se pregunta: acaso seré yo parte de eso que llaman “los mercados”. El que más y el que menos tiene un depósito a plazo o un fondo de inversión. Cuando el agente o el gestor le ofrece determinado producto, aunque este tenga garantizado el principal, aunque asegure una ganancia una vez concluido el plazo del préstamo, cualquier hijo de vecino se hace a sí mismo varias preguntas: ¿Merece la pena? ¿Dónde estaré yo dentro de 10 años? ¿Dónde estará la entidad a quien se lo presto? ¿Y si fuera cierto aquello de UE el euro se puede ir al garete, qué valor tendrá lo que me devuelvan dentro de unos años?… Son preguntas normales que todos nos haríamos, y que se hacen los agentes que intervienen en los mercados, y que son curiosamente esos mismos con quienes nosotros contratamos nuestros productos financieros. Pues bien, si un Estado trata de colocar bonos a una década, parece razonable que el tipo de interés exigido cubra todas esas contingencias y sirva para apaciguar nuestra incertidumbre y desconfianza. La gente, decía, empieza a olvidarse de los mercados, para concentrar su atención en los políticos. Fundamentalmente porque al principio de la crisis fueron los que se atribuyeron el papel de buenos, mientras que a otros se les hizo responsables de todo. Pero ahora ya no queda nadie que no se haya dado cuenta de que los políticos no son ni han sido trigo limpio.
El problema es que una sociedad no madura de la noche a la mañana. La perplejidad domina actualmente, y aunque se haya abierto una puerta hacia la cordura, todavía sigue siendo minoritaria y silenciosa esa marea insuficiente de individuos cansados de la gran mentira del bienestar a costa de otros. Conscientes de que el sistema de protección o nuestras ventajas laborales dependen de nosotros y nuestro esfuerzo, se está perdiendo la confianza en políticos y sindicatos como mediadores entre buenos y malos.
No sabemos dónde desembocará esta crisis, que es también moral y política, además de económica y financiera. Resolver las contradicciones que nos afligen no será fácil, y es probable que la mayoría permanecerá cómodamente instalada en el pensamiento mágico y falaz que hemos comentado. No habrá solución sin que surja un nuevo sentido común que fuerce auténticas reformas. Los que se manifiestan en defensa de sus privilegios, o se obcecan en perpetuar un sistema inviable y caduco, no hacen sino agudizar las contradicciones y calentar más y más el ánimo de quienes se saben estafados por esa mentira que representa el Estado de Bienestar.
Saludos y Libertad!

2 comentarios leave one →
  1. julio 20, 2012 1:09 am

    “Si disfrutamos de fines de semana, vacaciones, pagas extra, pensiones y sanidad, o cualquier otra ventaja o condición satisfactoria en nuestra relación laboral, lo hacemos a costa de otros. Esos otros son los malos, y por supuesto, nosotros los buenos. El empresario es malo, bueno es el trabajador. Solo mediante la lucha de este último es posible equilibrar las relaciones entre ambos, y siempre a costa de un maligno empleador que se resiste a entregar al trabajador lo que es de justicia.”
    Si crees que la socialdemocracia criminaliza al empleador, solo si crees que la socialdemocracia habla en términos morales (de moralidad, no de moral como la usas tu) de buenos y malos, entonces es que no sabes lo que es la socialdemocracia. Solo te paras en soflamas de los zerolos de la vida o la izquierda marxista. Eso NO lo defiende la socialdemocracia.

    • José Juan permalink
      julio 20, 2012 10:06 am

      Entonces, ¿qué defiende la socialdemocracia?
      La legislación laboral actual ¿no es socialdemócrata? Un ejemplo: si yo trabajo para tí y encuentro un empleador mejor que tú y que me paga más por menos, mañana me voy (o dentro de 15 días, que gano más) sin mayor problema, pero si tu encuentras alguien más capacitado que yo, que además cobra menos, me vas a tener que indemnizar para que me vaya.
      La paga extra sí sabemos que no es socialdemócrata, sino social-fascista, valga la redundancia. Porque el estado de entonces, para evitar que el trabajador ignorante se gastara todo su dinero en Dios sabe qué, le retenía parte de su salario para dárselo el 18 de julio, y así tuvieran un dinerito “extra” para celebrarlo ¡Qué contentos todos!
      Sigo necesitando que me aclaren lo de la socialdemocracia. Si no habla en términos morales, ¿porque denigra el individualismo?
      La Seguridad Social ¿no es socialdemócrata? Y si lo es, ¿no presupone un valor moral mayor, al ser obligatoria la afiliación? Porque, por más vueltas que le dé, no tengo libertad para elegir como asegurarme mi salud o mi pensión. De hecho, ya se está encargando el sistema de fagocitar muchas de la entidades de previsión social que, además, funcionaban mejor que la seguridad social. Pero claro, hay que subir los afiliados, que el sistema está quebrado, pero que no se entere nadie. Y si lo es ¿no tiene que estar dotado de un valor moral superior el que te cobra más por el mismo servicio por el mero hecho de que cobras más?

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