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La paz europea

diciembre 10, 2012

Desde la paz romana, Europa no había disfrutado de un periodo de paz como el que se inauguró en 1945 con el fin de la segunda guerra mundial. 70 millones de muertos, y la certeza de que el hombre tropieza dos, tres, y muchas más veces con la misma piedra, llevaron a los Estados democráticos del viejo continente a fundar una nueva manera de integración política y económica. El mercado común se convirtió en el escenario primordial sobre el que construir una nueva fuente de reglas y decisiones que finalmente, y tras más de medio siglo, hoy es conocida como Unión Europea. Al concederle el premio Nobel de la paz, el comité del parlamento noruego no está reconociéndole a la UE ningún mérito en su voluntad de pacificación exterior, sino, en cualquier caso, recompensando su hasta ahora satisfactoria capacidad de integración, como garantía de la paz interna de Europa.

La segunda guerra mundial no terminó en 1945. Transcurrieron muchos años de caos y venganza. Media Europa quedó bajo el yugo implacable y asesino del comunismo. La CEE primero, y la UE décadas más tarde, es el resultado de un proceso de integración política, económica y cultural que en un periodo relativamente breve de tiempo, ha incorporado Estados que hasta la fecha se habían enfrentando de forma recurrente, o que habían permanecido aislados por culpa de sus regímenes políticos. En este sentido, el proyecto europeo está siendo un auténtico éxito.

Pero como en todo, más allá de sus luces, deben destacarse sus sombras. La CEE no pudo, o no supo definir una estrategia frente al bloque soviético durante la guerra fría. Tampoco estuvo a la altura cuando Alemania recabó el apoyo de sus socios para completar el proceso de reunificación que comenzó con la caída del muro de Berlín. La UE no supo enfrentarse ni intervenir en el conflicto yugoslavo. La guerra de Bosnia puso al descubierto las miserias de la Unión, que volvieron a quedar en evidencia en el conflicto suscitado por la hasta entonces región serbia de Kosovo. La tutela de los EE.UU. ha seguido resultando indispensable en todos y cada uno de estos acontecimientos. Aun así, la integración europea puede presumir de haber creado el ámbito en el que un mayor número de individuos disfruta de paz en libertad, pese a que las instituciones comunitarias y los mecanismos de intervención que han generado, pongan en peligro esa segunda condición.

La paz europea, como lo fuera la romana, depende, ante todo, de la libertad de los individuos que actúan en el mercado sobre el que se asientan sus instituciones políticas. En la medida que este principio se vea atacado, o las fronteras de la Unión se entiendan como barreras comerciales, garantía de una supuesta prosperidad mercantilista, el proyecto político tenderá a colapsar.

Sin embargo, debemos mostrarnos optimistas. Como decía, no ha habido otro periodo de paz y prosperidad en Europa como el que venimos disfrutando en términos generales desde hace seis décadas. A la paz romana le siguieron otras, que fueron diferentes a ella porque ponían fin a guerras civiles europeas, que con los años y los siglos fueron abarcando un ámbito planetario. No es cierto que en 1945 terminase la “segunda” guerra mundial. Fueron otras muchas las disputas que llevaron el conflicto interior europeo a otros continentes.

El tratado de Roma, en 1957, no es la Conferencia de Yalta, ni los tratados de Versalles o Fráncfort, o la Conferencia de Viena, el tratado de Utrecht, la Paz de Westfalia… La fundación de la CEE representa el origen de un inaudito y esperanzador proceso de integración política que tiene una gran complejidad y un futuro incierto, pero que no por ello debe impedirnos que nos mantengamos firmes en la convicción de que los individuos somos más libres y tenemos un horizonte mucho más prometedor, cuando permanecemos unidos en proyectos políticos cada vez más amplios e integradores que nos reconozcan a nosotros mismos como principio y fin de su propia necesidad social.

Este premio Nobel es un balón de oxígeno para quienes luchamos contra el nacionalismo, además de un estímulo para que no abandonemos la ilusión europea simplemente porque el intervencionismo sea hoy un rasgo dominante en las instituciones comunitarias. Lo que importa es seguir en paz, y para lograrlo, tenemos que luchar al mismo tiempo por la libertad en el seno de la Unión.

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