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Las razones del catalanismo

diciembre 18, 2012

Teniendo en cuenta los antecedentes del nacionalismo en la historia reciente europea, resulta necesario volver una y otra vez sobre el peligro cierto que representan las tesis catalanistas para la convivencia y la libertad de todos los españoles.

El catalanismo no es un nacionalismo típico. Los que son de su clase, no han avanzado tanto, ni mucho menos logrado tan alta cota de poder dentro del Estado al que combaten.

El nacionalismo catalán es de tipo elitista, ya que lejos de encarnar las legítimas aspiraciones de un pueblo señalado, discriminado y empobrecido merced de un poder extranjero superior, Cataluña es y ha sido al menos durante los tres últimos siglos, una de las regiones más próspera de España. Sus ciudadanos han campado e influido en España, como pocos de otras tierras españolas han logrado destacar.

Los catalanes no son una etnia definida, con rasgos destacables que los hagan diferentes a sus vecinos del sur o el oeste. Es más, su sangre es netamente castellana, dada la composición demográfica que ha adquirido la región en los últimos trescientos años. Durante el siglo XVIII, su población se duplicó. En el siglo XIX otro tanto, así como en el XX. Del medio millón escaso de catalanes que había en el año 1700, hay que sumar las continuas oleadas de habitantes de otras regiones españolas, que han ido poblando Cataluña hasta nuestros días. De ahí que pueda concluirse que no hay catalán que no tenga sangre castellana corriendo por sus venas, incluidos los que lucen apellidos con solera, los cuales, en su inmensa mayoría es probable que no se remonten a más de cien o doscientos años, y sean, por lo general, adaptaciones, traducciones o meras atribuciones del lugar de nacimiento o residencia.

Dos son los elementos que hacen de Cataluña una región significada casi desde su origen. En primer lugar, la existencia de una lengua habitual y demarcable, conocida como lengua catalana, con sus avances y retrocesos, practicada por nobles y pueblo llano de manera desigual e inconstante, y siempre compartida con el espontáneamente omnipresente castellano (que por algo acabó convirtiéndose en la lengua común de los españoles). En segundo lugar, la frustración inevitable de una clase dirigente que incluso antes de la unión de los reinos de Castilla y Aragón, ya pretendía la unidad de España, con el claro objetivo de servirse de la misma para ver acrecentar su poder y predominio en la península, Europa y el mediterráneo. La historia de esa ambición tiene momentos dulces, épocas amargas, y episodios de claro enfrentamiento con el poder central.

Estos factores han sido siempre utilizados por la nobleza y élite catalanas para, parapetándose tras unas instituciones (que ya con los Reyes Católicos eran prácticamente papel mojado frente a la todopoderosa monarquía hispánica), tratar de influir y determinar el gobierno del todo. Quizá su frustración provenga de la genuina imposibilidad de que un poder tan amplio como el español, fuera dirigido bajo los intereses regionales, muy estrechos, de una élite provinciana. O tal vez dicha frustración proceda de que se quiso centralizar España desde Cataluña cuando Castilla era el punto de apoyo natural de la monarquía hispánica, por su superioridad económica y demográfica, también por América, y otras muchas razones. El caso es que la estrategia de dominación practicada por la élite catalana nunca ha acabado bien. De ahí que los momentos de debilidad o decadencia del conjunto, sean aprovechados por esta Cataluña aristocrática, para destacar, e incluso desafiar al resto del país.

Empezaba diciendo que el catalanismo pertenece a un tipo de nacionalismo cuya naturaleza no coincide plenamente con el que ha sembrado de muerte y destrucción los dos últimos siglos de historia europea. No es un nacionalismo étnico, ni siquiera cultural. Su única justificación es el mero snobismo de quien pretende desligarse de lo que considera la pesada carga de pertenecer a una unidad política más amplia.

Cataluña es España, y lo es por cómo se manifiestan hoy sus finanzas, infraestructuras, instituciones y sentido común. Algunos catalanes, quizá la mayoría, se definen frente a España, pero incluso esta es la mejor muestra de que son intrínsecamente españoles. No hay nada en Cataluña, ni siquiera la lengua que consideran identitaria, y algunos excluyente, que constituya motivo suficiente como para suponer que la convivencia entre los catalanes y el resto de los españoles deba pasar por la constitución de dos estados diferenciados.

Se habla de Madrid como si no hubiera catalanes en las instituciones políticas nacionales, en los consejos de administración de las empresas cuyo solar principal es el español o en los medios de comunicación nacionales. Se habla de expolio, como si en Cataluña no se disfrutasen de las ventajas que tiene pertenecer a un mercado más amplio, en el que generan ganancias que tributan en su región, procedentes de otros territorios. Se falsean las cuentas públicas, como si la Generalidad fuera la única administración que gasta e ingresa en la región, cuando lo único cierto es que el Estado también se manifiesta a nivel local, provincial y regional, en su función eminentemente redistributiva.

Las mentiras del catalanismo coquetean con peligrosos sentimientos que guardan un dantesco historial en nuestro continente. Plantean la necesidad de un Estado como si los catalanes fueran los palestinos de este lado del mediterráneo. Hablan del resto de España, como si no fuera su lugar de vacaciones, el hogar de su infancia, de sus padres o abuelos, la fuente de la cultura, riqueza, y el entretenimiento que practican y consumen a diario. Como si el castellano no fuera el idioma que más posibilidades de comunicación les brinda, e incluso la lengua materna de la mayoría de los catalanes.

Los peligros que encarna el independentismo catalán son muchos, pero inciertos. La ingenuidad de quienes lo defienden apunta que el resultado diferiría del presente sólo en términos políticos, y que esto, por supuesto, no traería sino ventajas para todos en el resto de órdenes, así como una mejor convivencia entre los pueblos. Pero la historia está para ilustrarnos, y desgraciadamente, para repetirse.

Lo único cierto es que España, con sus defectos, es un espacio de integración política, donde catalanes, murcianos o gallegos, participan de sus instituciones en pie de igualdad, gozando exactamente del mismo estatus ciudadano. Esta razón derriba cualquiera de las que enarbole el catalanismo, y por ello, se convierte en la única bandera legítima e imbatible en defensa de la unidad de España: ciudadanía española, como apuesta por un espacio de convivencia más amplio y libre para todos.

3 comentarios leave one →
  1. diciembre 27, 2012 2:02 am

    “Lo único cierto es que España, con sus defectos, es un espacio de integración política, donde catalanes, murcianos o gallegos, participan de sus instituciones en pie de igualdad, gozando exactamente del mismo estatus ciudadano. Esta razón derriba cualquiera de las que enarbole el catalanismo, y por ello, se convierte en la única bandera legítima e imbatible en defensa de la unidad de España: ciudadanía española, como apuesta por un espacio de convivencia más amplio y libre para todos”.
    Bravo!! Me ha encantado

  2. enero 14, 2013 4:43 pm

    “Es más, su sangre es netamente castellana, dada la composición demográfica que ha adquirido la región en los últimos trescientos años”. Visto así, ni Murcianos, ni Andaluces, ni Gallegos, ni Vascos, ni Africanos, ni Americanos, ni Castellanos, ni Europeos, etc, que se asentaron durante ese tiempo en Cataluña, no serían Catalanes, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos. ¿Que tiene que ver la sangre con la cultura y los sentimientos de aquellos que componen un país? ¿Acaso cree casual que todo y con la influencia de otras culturas distintas, la Catalana ha resistido, ha permanecido viva durante dicho tiempo? Amigo algo en la Historia se le escapa, puede que en ese “(que por algo acabó convirtiéndose en la lengua común de los españoles)”. Cataluña la componen personas que para nada miran su sangre o procedencia a las que las une una gran cantidad de factores que le son propios y que se reflejan socialmente como valores que se heredan, no es en vano que su escrito refiera:”Cataluña es y ha sido al menos durante los tres últimos siglos, una de las regiones más próspera de España.” Los Catalanes, en su mayoría, que no todos, cambiaríamos de esta frase la palabra “España” por “Península Ibérica”. Por otra parte ¿Castilla está formada solo por Castellanos de “pura sangre”? Créame de no tener tan claras las cuestiones equívocas que su escrito contiene no escribiría este comentario, aunque dudo que con ello logre hacerle cambiar su postura en el uso de los valores que definan a las personas.

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