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La autodeterminación de Cataluña

enero 24, 2013

El nacionalismo sabe que sin proceso, no hay independencia. Para forjar una masa suficiente partidaria de la secesión, no basta con proclamar hoy desde un balcón de la Generalidad el Estado Catalán, o de convocar para pasado mañana una consulta ilegal. La autodeterminación, como ruptura de un statu quo mantenido durante siglos, exige un proceso de transformación, agitación y manipulación de sentimientos, sin el que difícilmente podría lograrse el pretendido resultado.

Cierta casta, o élite catalana, lo ha intentado antes, siempre con idéntico resultado. Quizá el error fuera no entender que no bastaba con el contexto, tomado como pretexto, sino que también resultaba ineludible formar y consolidar una conciencia identitaria capaz de soportar las presumibles inclemencias de la independencia. Un proceso, que nunca ha llegado a ser tan evidente como hasta ahora, es lo que faltó en anteriores intentonas rupturistas emprendidas desde Cataluña.

Nada es nuevo, ni siquiera la estrategia de movilización que el nacionalismo mantiene desde la sonada manifestación de la Diada. La autonomía durante 30 años ha servido para construir un sentimiento nacional que ha dado sentido y contenido a la clásica rivalidad popular entre los catalanes y el resto de españoles. La tensión con Madrid, tomada como sinónimo de “gobierno de España” unas veces, y de “Estado español”, fiscalizador y distribuidor, más recientemente, ha sido una constante en la vida política de este país durante los últimos cuatro o cinco siglos. Pero no son las élites, sino el pueblo, quien soporta los procesos políticos de magnitud, como lo sería una secesión en toda regla. Y por esa razón el nacionalismo ha demandado esas “estructuras de Estado”, en forma de autonomía dentro de España, que en su día fueron ideadas por las monarquías europeas para hacerse naciones a medida, sumisas en lo fiscal y entregadas en lo militar. El discurso de Mas no sólo es confuso, sino que llama al engaño, reclamando hoy, como si no los tuviera en absoluto, recursos y potestades que el Estado español ya entregó cuando se decidió descentralizarlo en lo fundamental. En cualquier caso, detrás de semejante reivindicación se esconde la aspiración a que su Estado, o mejor dicho, la parte del Estado que ya está en manos del nacionalismo, se consolide al margen de “Madrid” y pueda así plantarse en Europa como uno más, al nivel de Eslovenia, Letonia o Irlanda…

El proceso, decía, exige al nacionalismo cumplir paso por paso la receta de la autodeterminación. Primero un acontecimiento de masas, refrendado más tarde por una convocatoria electoral, y después, articulado en un acto simbólico, pero relevante, proclamando formalmente la soberanía del pueblo catalán. En este sentido se ha completado una fase: el pueblo clama, se le da la voz y los representantes la transcriben. Con el Estatut todo esto se dislocó sin acierto ni concierto, culminando en un referéndum, legal, que aprobó sin entusiasmo un texto imposible que cuando fue recortado por el Tribunal Constitucional, no suscitó para sí la necesaria simpatía.

Lo cierto hoy es que si mañana Mas saliera al balcón de la Generalidad y proclamase el Estado catalán, correría igual suerte que Macià en 1931 y Companys en 1934. Por eso necesita su particular proceso de ruptura y agitación. Por su parte, al gobierno de España sólo le queda lo propio: hacer cumplir la ley y velar por el mantenimiento del orden constitucional. Durante los años que dure el proceso emprendido por el nacionalismo, estos dos actores, junto con PSOE y PSC, deberán cada uno de reafirmar sus posiciones llevándolas hasta la divergencia más absoluta. Esta fuerza desgarradora pondrá a prueba dos consensos: el español, en términos generales, sobre el modelo de Estado y la unidad nacional, y el estrictamente catalán, sobre su inclusión en la nación española y su continuidad dentro del Estado.

 Parece evidente que de esta no saldremos sin un profundo cambio en la organización política de España así como de su integración social. En mi opinión, no es la unidad de España lo que está más en juego, sino la vertebración misma de su Estado de Bienestar así como la capacidad del gobierno central de alimentar y reforzar la idea y el sentimiento de nación española. Son estos dos factores los más relevantes, y por ello, deberían condicionar el debate político tratando de silenciar el desafío genuinamente nacionalista, ya que éste no pretende solventar desencuentros, sino avivarlos. A los españoles debe preocuparnos cómo articular España,  no la manera de contentar a quien siempre ha querido y querrá su desaparición.

Saludos y Libertad!

3 comentarios leave one →
  1. meandmycircunstances permalink
    enero 24, 2013 1:28 pm

    No te esfuerces,leyendo las declaraciones de la banda del gobierno ó sin ir mas lejos las preguntas en la comparecencia del ministro de Hacienda y las respuestas del mismo,solo hacen pensar en lo peor.Estamos en manos de una tropa de sediciosos,”probables” delincuentes y analfabetos funcionales.
    No existe ni existira un debate intelectual de altura ni como minimo el cumplimiento de las propias leyes que esta casta creo.

  2. Gekokujo permalink
    enero 26, 2013 12:25 pm

    Un statu quo exactamente de tres siglos, en 2014, forjado en el campo de batalla. Que en Castilla se ha olvidado, pero se celebra cada año en Cataluña.

    En el fondo esto de las banderas es un poco infantil. Pero tres siglos es mucho tiempo y demuestra que la indisolubilidad del estado es bastante menos creíble que la indisolubilidad de Cataluña “en” el estado.

    Y sí, en este momento de problemas nos damos perfecta cuenta de la altura de miras de los que mandan. Poca o ninguna. De manera que urge un poco ir buscando recambios a todo el entramado político, financiero, empresarial y sindical que sólo sabe pedir su ración y al resto que le den.

    • enero 29, 2013 10:44 pm

      Castilla también tuvo su decreto de nueva planta. Perdió sus fueros, sus límites al poder real. El siglo XVIII es el de los Estados nacionales. Cataluña perdió su tren, como lo perdieron todos y cada uno de los dominios de la monarquía hispánica. Así que no hagamos distinción entre unos y otros, porque si repasamos el pasado vemos que Cataluña no soportó el coste de España como sí lo hizo Castilla, y no sufrió por ello represalia alguna, sino todo lo contrario, ya que desde 1714, esa región duplicó su población y multiplicó por mucho su riqueza, gracias precisamente a la unión definitiva del reino de España. El nacionalismo no tiene razón, sólo razones.

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