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España y sus árboles

septiembre 22, 2009

Los de “El País” no dejan pasar una a Zapatero. Aprovechan cualquier “chorradita” para sacarle los colores. Qué pena que no desarrollen el argumento y del ataque personal terminen en una rectificación de los sofismas y falacias que alimentan todo su ideario.

La superficie arbolada en España ha crecido un 130% desde 1975. Desconozco a qué es debido la elección del singular año, también hacen referencia al plan de reforestación de 1939, superado con creces en sus expectativas para el siguiente siglo. La noticia procede de la SEFC (Sociedad española de Ciencias forestales… ya se sabe, pon un “ciencia” en tu denominación social!) que, tratando de romper tópicos y falsas intuiciones, demuestra con datos que la masa arbórea, a pesar de incendios, planes urbanísticos municipales (los especuladores no harían negocio sin el previo unte de algún que otro sano y comprometido funcionario o político), cambio climático y avance de la desertificación en la península, gracias a la acción del hombre, España recupera su verdor y espesor de antaño.

El nimio bofetón que propina “El País” al Presiente del gobierno se dirige contra su artificiosa y diminuta propuesta de plantación de nuevos árboles cada año de su mandado: 45 millones, un 0,25% del total. La SEFC informa de que cada año el saldo positivo de nuevos ejemplares es de al menos 284 millones, así que, una de dos, o los ayuntamientos y las CC.AA están adoptando medidas activas de reforestación que dejan la intervención gubernamental en un discreto lugar, o son los particulares quienes, atraídos por la subvención, la devoción jardinera o váyase uno a saber, contribuyen con fuerza a tan loable propósito. Si fuera por lo primero, vía subvención, sin que un precio de mercado, bien de madera, frutas, resinas o lo que fuera señale en libertad la oportunidad de ganancia, el punto podrían apuntárselo las administraciones públicas. Claro, el punto verde pero también las nefastas consecuencias que este tipo de intervenciones pueden ocasionar en otros mercados, como el de la alimentación en sentido amplio (luego se alarman de los cuellos de botella y la subida de precios…).

Esperanza Aguirre siempre ha sido muy de plantas: como concejala de medio ambiente sembró Madrid de arbolillos, hasta en las calles más estrechas, provocando esperpentos urbanos que aun hoy perduran para perjuicio de los vecinos. Gallardón quiere quitarse de en medio unos cuantos en su visionario proyecto en el Paseo del Prado; y no estaría mal del todo, porque de los que plantó el ayuntamiento franquista hoy nos quedan desaforados y asilvestrados ejemplares que más que sombra afean saturando la avenida y ocultando las bonitas fachadas de sus edificios.

Se dice que hasta la armada invencible España era un vergel para los arborícolas. Los romanos ya hablaban de ello. La acción del hombre contribuyó a un clima más cálido, menos nueves, menos lluvia, menos humedad tal vez. Ahora, ese mismo Hombre, con otros fines y excusas, pretende intervenir en el terreno con un criterio entre lo estético y lo ecologista, pero en general con poco rigor científico. Cada árbol tiene su lugar y su altitud. Es cierto que muchos crecen donde los planten, pero al igual que dentro de ciudades, parques o jardines urbanos, la elección de la especie vegetal resulta fundamental en cuanto a estética, sostenibilidad y calidad del aire, también debe tenerse mucho cuidado de no cometer estropicios con eucaliptos o pinos negros, que por muy verdes que nos parezcan y sombra nos den, son casi peor que el terreno árido y despejado de vida.

Qué estén tranquilos los ecologistas. No solo los gobiernos, las subvenciones o los agentes privados en sus parcelas y casitas seguirán siendo motores activos en su anhelada reforestación (que por otro lado parecen negar, asustando con desiertos y estepas desangeladas). El aumento del CO2 en la atmósfera incrementa la cantidad de vegetación, devolviéndonos quizá al clima tropical que tanto echan de menos como escenario de una cultura de subsistencia pero en íntimo y “respetuoso” contacto con la Naturaleza (esa diosa pagana).

Aunque tal vez no todo el monte sea orégano, y a pesar del crecimiento neto anual, los árboles, en según qué sitios, no traigan sino desgracias y padecimientos. Que se lo digan a los habitantes del entorno de Los Ángeles, en California, donde en apenas 80 años han pasado de un Bel- Air amarillo y de matorral a un espacio plagado de ejemplares arbóreos de todas las especies imaginables… amenazado, eso sí, por los terrible y recurrentes incendios de cada verano. Lo que sí es seguro es que toda intervención genera sus consecuencias no queridas, y es de ingenuos o de ilusos creerse en la sinóptica disposición del conocimiento necesario sobre todos los elementos que intervienen en las decisiones que tomamos.

Saludos y Libertad!

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