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El 2% de Aguirre

julio 3, 2009

La caída de precios es necesaria, como lo es la bajada sistemática (aunque no uniforme) de los salarios. Desgraciadamente, y de eso vienen percatándose los economistas desde hace décadas, los salarios monetarios no son tan fáciles de disminuir. El inflacionismo los devora, cumpliendo torpemente con las consecuencias ineludibles de todo ajuste productivo. Es la manera que tienen los Estados sindicalistas no solo de robar sin ser vistos, sino de engañar a sus crédulos adictos. Los trabajadores son tratados como conejillos de indias, marionetas que manipular al antojo del gobernante (en general ignorante de todos los efectos de sus decisiones, pero siempre asesorados por economistas de lo posible, ideólogos del estatismo).

En la situación que vivimos, donde el precio de los activos debe forzosamente caer hasta niveles que hagan posible un nuevo arranque de la actividad económica, todos los obstáculos son trabas que el intervencionismo interpone entre el bienestar de los individuos y los objetivos meramente políticos de los mandatarios. Los economistas pueden dividirse en dos clases definidas: quienes estudian y tratan de comprender los procesos espontáneos de mercado y las fuerzas que los mueven, y aquellos que, manteniendo una actitud soberbia y desligada de la realidad que analizan, creen haber dado con las claves que hacen posible el diseño del orden, la suplantación del proceso, los planos de una máquina perfecta cuyo centro es el Estado y el voluntarismo de sus dirigentes.

Estos últimos alimentan la idea de que podemos salir de la crisis sin que se produzca el ajuste espontáneo e ineludible. Creen que los tipos de interés deben permanecer bajos esperando que fluya el dinero. Confían en que el precio de los activos no se desmorone comprometiendo gravemente la solvencia de toda la economía. No consideran prioritario dotar de flexibilidad y aminorar la intervención en mercados definidos, fundamentales, como es el del trabajo.

Cae el consumo, se precipitan los activos, la actividad se desmorona, crece el desempleo. Se contrae el crédito, disminuye la velocidad del dinero, y a pesar de la aparente y artificial bajada de tipos de interés, la economía se hunde en la deflación, crece el ahorro (disminuye la preferencia temporal de los agentes), esperando mayores beneficios cuanto más alejadas del consumo estén las inversiones que hoy se emprendan. Para que estas fuerzas ineludibles cumplan su función debe el intervencionismo aligerar su pesa y liberar sectores. Que fluyan los trabajadores despedidos de aquellos que fueron sobredimensionados en la fase expansiva hasta los ámbitos donde surjan hoy las oportunidades del mañana. Sin un despido ágil no habrá inmediata contratación.

La ilusión de unas cifras de desempleo moderadas en los dos últimos meses no debe plantear la sensación de recuperación. No convendría tampoco que los agentes, confiados, volvieran a reducir su ahorro e incrementasen su gasto y su deuda a los tipos que hoy procuran atraer incautos. Las falsas señales, la manipulación del gobierno, añaden desasosiego y tendencia al equívoco, a la vuelta a las andadas, pero no en un nuevo escenario de desenfreno y exuberancia, sino hacia un enquistamiento sangrante de la crisis, cayendo por los restos (al menos una década) en la más terrible depresión económica de nuestra historia.

Aguirre se baja el sueldo un 2%. Como lo suyo no es una empresa privada y su conexión con los costes y los precios de mercado de los bienes o servicios que presta es más que discutible, por no decir inexistente, nunca sabrá la Presidenta si ese 2% indiscriminado debió ser más o menos, modulable según cargo o funciones. El gesto le honra, aunque no sea la primera en tenerlo. El caso es que su decisión debería servir de impulso a unos sindicatos suicidas, que machacan a afiliados y no afiliados, que comprometen su continuidad laboral, su patrimonio y expectativas. Los salarios deben caer en escenarios de deflación. También deben hacerlo cuando los beneficios caen y queda comprometida la viabilidad de la actividad empresarial. Si todos los activos terminan cayendo, se sustituyen trabajadores por equipo capital, el empresario pierde los incentivos para mantener las plantillas actuales. El paro crece sí o sí. Que en España crezca con mayor velocidad, y lo que es llamativo, no se recicle de inmediato en sectores demandantes de trabajadores, es la anomalía que debe hacernos examinar nuestras singularidades. No se debe al modelo productivo sino a la regulación. El primer impacto puede que sí fuera un efecto de aquello, pero la estacionalidad del desempleo y la inmovilidad de trabajadores nada tienen que ver con que la construcción o los servicios fueran la base de nuestro insostenible crecimiento.

El mercado laboral tiene dos formas de ajustarse: en precio o en cantidad. Si no caen los salarios hasta niveles sostenibles en cada sector, lo hará la ocupación. Siendo esta la única opción, caerá también la actividad, se frenarán nuevas inversiones, y unido al precio del despido y la regulación atroz del mercado de trabajo, los incentivos serán tan pobres e insuficientes que dudo que surjan nuevos sectores capaces de arrancar la economía española.

Saludos y Libertad!

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